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Alfonso
Navalón
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Esa foto insólita que veis aquí me la mandó hace unos días Conchita Cenizo, viuda de mi querido Andrés, compañero de la Facultad de Derecho. Es una gran alegría porque no conservo casi nada de aquel festejo que acabó con mi vida como posible torero profesional. Mi padre llevaba con profundo disgusto mis correrías taurinas que nunca habían pasado de simple aficionado. Pero al día siguiente de tan memorable tarde Florentino Díaz Flores, entonces apoderado de Victoriano Posada, citó a mi padre en el Novelty para hacerme un contrato de apoderamiento y empezar a torear novilladas con picadores, considerando que ya no necesitaba andar en festejos menores. Decía que estaba puesto de sobra. Mi padre, que conocía por dentro el mundillo del toro por haber sido amigo de Chicuelo y de Cagancho, dijo que antes muerto, que un hijo torero es peor que si le sale una hija puta. Como sería el disgusto que ese mismo día le prometí que no volvía a torear. Regalé los trastos y estuve cuatro años sin pisar un tentadero. Cuando mi padre comprendió que se me había pasado el sarampión, me dio permiso para torear en abril de 1958 un festival que organizaba el cura a beneficio de la iglesia del pueblo. Volví a cortar un rabo y desde entonces, hasta 1983, no dejé de torear festivales y cientos de tentaderos. Esta es mi verdadera historia torera, jamás actué como profesional ni siquiera tuve carnet de novillero. Por tanto son falsas esas murmuraciones de que soy un torero frustrado, fracasado o amargado. Con más de cuarenta años he toreado junto a todas las figuras, desde Bienvenida, Ordóñez, Antoñete, Curro Vázquez, Dámaso González, Litri padre, Capea, Manzanares, Robles, El Viti, Manolo Escudero, Andrés Vázquez... La última vez fue en un festival con Antoñete y Roberto Domínguez. Corté el último rabo y el chófer de cuadrillas fue mi hijo Alfonso que tenía nueve años y los guardias querían ponerle una multa. Fue en la plaza de mi pueblo, en el mismo sitio y el mismo día que maté el primer novillo en público cuando tenía catorce años. La
historia de la foto A principios de los cincuenta llegaron de Madrid una comisión para fundar la Casa Charra en la capital de España. Venían con el cartel rematado pero querían encontrar un estudiante que supiera torear para llevar gente universitaria a la plaza. Hasta mi llegada a la universidad sólo había un estudiante que toreaba festivales. Era Constancio Núñez, pero estaba ya cuajadito en años preparando las oposiciones a Juez. El empresario de la plaz era Teodoro Matilla, abuelo del lince de Toño y de Jorge que son ahora los acaparadores del mercado taurino. Matilla vio el negocio claro: “Pues yo tengo ahí un estudiante de Derecho que lo conoce toda Salamanca y además cortó aquí un rabo el jueves de la Ascención” y me fueron a buscar: “la fecha se fijó para el día de El Pilar, 12 de octubre, y como no tenía traje corto decidí vestirme de charro una idea que tenía hace tiempo porque me daba rabia que ningún torero de Salamanca hubiera toreado jamás con un traje mucho más campero y solemne que el de los andaluces. En el desván de mi casa había un arca llena de ropa de charra de mis abuelas y uno impecable mi abuelo Julián que me sentaba como un guante. Sobre todo las botas de charol con lazos de seda que tenían un poco de tacón y pensaba molestar para torear. Los novillos los tenía Matilla como sobrantes de la temporada y eran de Juan Luis Fraile, el padre Moisés, Nicolás, Lorenzo y Juan Luis, ahora de moda en en todas las ferias. Y no salieron muy allá. El de Enrique Orive saltó tres veces al callejón y se vio negro para matarlo. Como en los festivales los aficionados no entran en sorteo, me dejaron el que no quiso nadie y fue el único que no dejó de embestir en toda la faena. Una cena con Marujita Díaz Pero vayamos por partes. Los de Madrid trajeron de madrina a unas artistas de cine que era costumbre entonces para presidir los festivales y a la Duquesa de Alba, que entonces estaba liada con Manolo González (supuesto padre de “La Ratona” esa que se casó con “MiniFran”), la llevaban a todas partes porque montaba muy bien a caballo ( y por lo visto también a pie). A mi me pusieron a Marujita Díaz que con sus veinte años era un pimpollo en perfecto uso. Por aquel entonces no creo que hubiera sobrepasado los primeros veintiseis hombres de su vida amorosa. Para prepararme ante semenjante compromiso lógico sería que hiciera un par de tentaderos o matar dieciseis toros a puerta cerrada como hace el muchachín de Capea. Juan Luis Fraile que era amigo de mi padre, quiso meterme unas vacas en “El Puerto de la Calderilla” pero yo tenía la cabeza en otras cosas y además venía muy toreado en todas las capeas de la raya de Portugal y me sentía puesto de sobra. Así que la víspera me dijo el presidente de Madrid que debía acompañar a cenar a Marujita Díaz, al Candil, gentilmente invitados por la organización. Pensaron que lo más indicado era universitario culto y respetuoso porque cualquier torero le tiraría los tejos. Recuerdo que unas se me iban y otras se me venían porque Marujita era un pimpollo y me echaba unas miradas picantonas que encendían. Pero en el toreo era sagrado cuidarse las vísperas. Además los curas decía que joder era malísimo porque se secaba el tuétano de los huesos. Y se me fue viva. Para vestirme fue ella. Me pusieron de mozo de espadas al pobre Zorita, un limpiabotas de la Plaza Mayor que ya le hacía cosas a Victoriano Posada y luego fue mozo de espadas de El Capea. Como el traje de charro no tiene bragueta y lleva unos cordones a los lados, Zorita no acertaba y no digamos con la botonadura de plata y la otra botonadura de las corvas de los calzones. Saqué de banderilleros a Pedro “El Aldeano” que aparece en la foto con gorrilla visera en la vuelta al ruedo y a Manolo Romero. Al llegar al patio de cuadrillas, causó buena impresión el traje de charro que es mucho más rico, más ceremonial y más torero que el campero de corto. Pero hubo un torero que al verme dijo: “¿Dónde va este chufla?”. Y Manolo Romero le pegó un corte: “Cuidaito con ese chufla que te puede pegar un repaso en cuanto te descuides”... Y ya estuve encabronado toda la tarde con aquella guasa. Como aviso me crucé en un quite que le tocaba a él porque toreaba por delante. Lo hice aposta sabiendo que la gente me lo iba a perdonar porque un simple estudiante no tiene por qué saber de turnos. En la faena salí a por todas: Dos largas cambiadas de rodillas para abrir boca, después de torear de capa le hice un quite de frente por detrás. Pedí las banderillas, suerte que no había practicado jamás. Me quité la chaquetilla porque no me daban juego los brazos. Como no sabía banderillear le puse los dos pares al quiebro dejándolo llegar mucho. Con la muleta le di todos los pases que vienen en el Cossío y acabé con tres molinetes de rodillas, el desplante del teléfono y una estocada fulminante. La plaza crujía, más que nada porque no esperaban que un estudiante pudiera formar un lío como aquel. Me dieron la primera pata que se cortaba en esta plaza y creo que la única. Al terminar la vuelta al ruedo me dijo el peón Pedro El Aldeano: “Da gusto torear contigo, ¡no he dado ni un capotazo!”. Cuatro kilómetros a hombros Pero lo más grande fue el recorrido de la salida a hombros. Yo estaba entonces en el Colegio Mayor Fray Luis de León que está pegando a la Catedral. Los estudiantes me llevaron desde la plaza en hombros hasta allí. Calculo que habrá más de cuatro kilómetros. Llegamos a la hora de cenar. Porque me bajaban en los bares para que se me pasara la sofoquina de la faena y más de cuatro perdieron el sentido por el camino. Esa fue mi segunda y última actuación en Salamanca. Cuando después de una larga noche de farra me quedé en la habitación, recordé a mi padre y llamé al sereno del Colegio que tenía un hijo queriendo ser torero y con la pena que os podeis imaginar le señalé el capote, la muleta y demás trebejos de torear: Dale esto a tu hijo que a mi ya no me hace falta”. Andando el tiempo el hijo del sereno tomó la alternativa en Toledo de mano de El Viti y con El Cordobés de testigo. ¿Por qué no escribiré mis memorias? |
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