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El ganadero: maltratado por todos Es la víctima de negociantes y autoridades Alfonso Navalón
Tenía la ganadería en entredicho porque le faltaba fuerza. Victoriano Valencia, cuando apoderaba a El Juli, se negó a matar mi segunda corrida porque tenía miedo a un escándalo, después de lo flojos que salieron el pasado año en Gijón. Ahora, después de echar cuatro toros en Zamora y cortar las orejas a todos, resulta que tampoco me los quieren por exceso de fuerzas. Si fuera Domecq, podría contaros una milonga de mi sabiduría y mis sacrificios para conseguir ratificar el defecto de las caídas. Pero os juro que no hice nada por evitarlo. Sencillamente, el piso de Zamora estaba normal y no era un barbecho como el ruedo de Gijón, o el más reciente de la inauguración de Fuentesaúco. Victoriano Valencia y compañía dijeron que era una pena que unos toros con tanta calidad y tanto temple no se pudieran echar en ferias buenas por las caídas. No quisieron reconocer que el concejal de Festejos de Gijón había echado varios camiones de arena de playa en el ruedo. El concejal estaba libre de culpa. Los toros, no. Ahora, durante todo el invierno me han estado dando la tabarra de que los corra de cercado, que todos los días hay que darles una carrera para que luego den buen juego en la playa. Y yo, que no soy Domecq, les decía que los leones y las panteras no hacen gimnasia en la selva y bien fuertes que están. Que el toro hay que criarlo natural y bastante gimnasia hacen ellos en esas peleas en cuanto empieza la primavera. A la hora de la verdad resulta que los toros sacaron fuerza. Mucha más de la que pensaban los toreros y sus cuidadores. Y como no salieron de trapo, ni se cayeron, resulta que tampoco los quieren. Es como si al dueño de un restorán le rechazan un guiso muy caro porque está soso y cuando lo remedia también lo rechazan porque sabe a sal. O sea, que para ser ganadero en estos tiempos hay que acertar con el animal híbrido, más bien escaso de fuerza, bajito de agujas, cómodo de pitones (y si no, ponerlos en el mueco), de embestida sosa, que no repita, que no mire al torero, que deje estar y colocarse; que no sea bravo, ni agresivo. Un animal medio imbécil, medio domesticado y lo menos parecido a lo que entendemos por bravo o de 'lidia'. Que no presente ni un problema. Porque la figura y los que viven a costa suya están aquí para llevárselo rápido y sin riesgos. Y como los toros bravos dan sofocones, volteretas y, a veces, cornadas, está prohibido criarlos si quieres figurar en los carteles de cierta categoría. Veterinarios Luego, tienes que pasar la odisea de los veterinarios. Quiero dejar a un lado a los pocos competentes, a los que se han criado en el campo, o los que son hijos de la tierra y antes de ir a la Facultad ya sabían entablillar la pata de una oveja, librar una vaca, ahijar un ternero. Y luego aprender con las técnicas y la teoría. Pero a los que reconocen dos o tres corridas al año y citan al toro en los corrales con unas cuartillas para estrellarlos contra los burladeros porque es su forma de saber si están cojos o tuertos... A ésos habría que reconocerlos antes a ellos e incapacitarlos para que no cometan más atropellos. Crías un toro durante cuatro años y llega un listo de éstos y dice: "No vale". Y ya no sirve de nada ni el toro ni los cuatro años de sacrificios. Pero a ese mismo toro, a la media hora o al día siguiente lo vuelven a reconocer y lo dan por válido. Me habían contado muchas cosas de los veterinarios y presidentes de Zamora. Tantas que ellos mismos me advirtieron: "No se crea las cosas que cuentan de nosotros, ya verá como queda conforme del reconocimiento de la corrida". Para empezar, después de rechazar cuatro de los ocho toros presentados les razoné que esos ocho toros pasaban de sobra en Valladolid o Salamanca, y el presidente contestó que estaba perfectamente de acuerdo: "Ésta es una buena corrida para Salamanca, ¡pero tenga en cuenta que estamos en Zamora!". A ver qué le dices a un tío así. Luego, lo indignante es que no sepan siquiera que un toro en el viaje pierde más de treinta kilos y que en cuanto bebe agua los recupera. Fue cuando organizaron el sainete de pesarse los tres veterinarios y el presidente porque creían que Chopera tenía la báscula trucada. Ver a los responsables de la corrida entrar por la trampilla de los toros y acomodarse para el pesaje es algo inconcebible. Y lo más grande es que entre los cuatro pesaron menos que el toro... Digo yo que también los veterinarios y los presidentes deben dar el peso reglamentario, según la categoría de la plaza y mucho más si mantienen que Zamora es mucho más importante que Salamanca, Valladolid y Palencia. O sea, que un veterinario puede cargarse un toro con sólo echarle una mirada. También se da el caso de que si un toro mira mal a un torerín de insignificante presencia física, le entra tan canguelo que ordena al picador asesinarlo debajo del peto. Y mucho más si el toro derriba y al salir estrella a un banderillero contra la barrera. La 'desgracia' de varas del segundo se desarrolló en un clima de terror. Todos hasta las trancas. Porque si el insignificante torerín hubiera tenido dos dedos de frente, pudo ver que al salir del segundo puyazo metió bien la cabeza y siguió los vuelos del capote. Pero había que asesinarlo y lo asesinaron. Lo más curioso fue la reacción del público. La bronca fue de escándalo durante el asesinato de los picadores. De pronto, el toro, destrozado parecía inválido total y el presidente atropellando lo que ordena el reglamente lo mandó a los corrales. Pero el toro se rehízo. Se negó a seguir a los cabestros. Lo cual, digo yo, no es mala señal. Y digo que vengan toreros a él. Pero no salió nadie, cuando lo lógico era que el insignificante torerín hubiera salido a matarlo para ahorrar tiempo. Lo intentó valerosamente..., ¡desde dentro del callejón! Y el público no le pitó. En Madrid, en Logroño, o donde se valoran los detalles de la casta, a un toro así, que resucitó de entre los muertos le pegan una ovación de órdago. Porque tuvo emoción y porque al insignificante torerín se le puso cara de 'cagalera y oro con cabos verdes'. Un público que se precie disfruta viendo perder los papeles a estas figuritas que cada tarde hacen alardes ante toros inválidos y desmochados. Si en Madrid hubieran visto al insignificante torerín cagadito de miedo intentando descabellar desde dentro del callejón con pulso de parkinson, se organiza un pitorreo histórico y ese toro hubiera pasado a la historia. |