La sátira del 'Torito bravo'

Alfonso Navalón

 

Este otoño hablaban en Bilbao de dos actores que habían dado la nota relevante con su obra 'Torito bravo'. Escuché, sin demasiada atención, los elogios de unas amigas hacia estos dos únicos personajes que representan la vida de los toros.

Por casualidad, días después, paseaba con Juan Carlos Carreros por el puerto de un pueblecito pescador lleno de encanto y por los jardines de la iglesia, nos encontramos con Alicia, una antigua amiga, maquilladora de las compañías de ópera que pasan por el norte. Íbamos a comer a un restorán, colgado sobre el mar, frente al cuadro bravío de la ermita de San Juan de Gaztelubiche, encaramada en lo alto del risco. Una mañana de paz en aquel puerto colorista, Alicia me señaló a dos hombres (uno con barba encanecida, como los autores y actores del 'Torito bravo') y empezó a picarme la curiosidad de conocer su obra. Mira por cuánto, este martes me pilla tomando café en la casa de María y de Isabel y me quedé adormilado en el sofá ante el cuadro esplendoroso de las catedrales y la Clerecía, por un lado, y el Palacio de Fonseca, por otro. Por aquí terminaba antes el famoso Barrio Chino, del que ya no queda, como testimonio, más que la estatua de Farina y el recuerdo de doña Margot, aquella puta ilustre y generosa, que se murió pobre haciendo sayos en un hospital que hay justo detrás de la casa de estas dos profesoras.

Llamo al periódico para dictar la crónica de los miércoles porque este sol le da a uno pereza infinita y quiero dejar la tarde en blanco viendo la luz dorada de las catedrales. Me dicen, desde la redacción, que a las once ponen 'Torito bravo' en el teatro Juan del Enzina, donde vivió El Tostado, aquel obispo bajito de larga sabiduría. Y me quedé atónito al ver el teatro lleno de jóvenes. Luego siento cierto recelo ante los dos personajes mugiendo y disfrazados de toros con un fúnebre adorno de azabaches apagados. La obra está escrita por dos vascos que no entienden de toros.

La puesta en escena no puede ser más simple: un alcornoque, una cerca de piedra y el juego de luces. Dos horas me tuvieron en vilo por la riqueza de las imágenes que sugerían un diálogo satírico, donde la estética sabiduría del toro viejo contrasta con la ingenua sinceridad del 'torito lunero', poeta y enamorado que ignora ese mundo que hay detrás de las tapias de la finca. La sátira tiene momentos de ternura conmovedora, como el anochecer del toro joven, mientras la luna llena asoma detrás de la montaña, donde se recorta el famoso toro de Osborne. La historia tiene ritmo y gracia. Aitor Mazo y Patxo Tellería encarnan la vida de los dos toros relacionándolo con los humanos, el amor, el sexo y el destino inexorable del joven que no podrá salvarse de una muerte marcada. La música y los juegos de luz ponen el resto donde Lander Iglesias consigue una puesta en escena tan sencilla como grandiosa. Para los que vivimos en el campo resulta imposible admitir que dos autores ajenos al ambiente ganadero hayan logrado contar con tanto realismo esta historia. Sorprende la autenticidad del único decorado de la tapia, perfectamente reproducida, hasta con las cagadas de los pájaros. Me dejó perplejo que el toro viejo, calvo, barbudo y barrigón, dibujara unas verónicas de primoroso estilo con un mantelillo de hule.

Fui al camerino para convencerme que los autores no eran aficionados, ni cono- cían el mundillo. Ni puñetera falta que les hace para lograr una obra sobrada de frescura y de viveza. Voy a escribiros una crónica, se la mandaré a Alicia para que os la entregue otra mañana de sol en aquel puertecito de ensueño.