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¿Qué hacen los curas y los policías? Alfonso Navalón
Volvemos al colegio. Después de dos semanas de alivio por el atragantón de las ferias, hay que enfrentarse con los dos folios en blanco de esta columna, que muchas veces es un desahogo íntimo y otras un alarido contra los atropellos y las villanías de quienes deberían dar ejemplo de mesura, tolerancia y sensatez. Escribo desde La Rioja, donde las buenas gentes de Calahorra se han echado a la calle para evitar la bestialidad de los tecnócratas de la política derribando el histórico puente de hierro, cercano a la Catedral. Un puente construido a mediados del siglo diecinueve y cuya estructura metálica fue presentada en la Exposición Universal de París en 1887. Un puente que hasta hoy era una reliquia histórica, un testimonio único de nuestro patrimonio histórico en el arte y la tecnología de las obras metálicas. Pero el poder del Estado avasalla una vez más la sensibilidad de los contribuyentes y cada mañana que la gente se pone delante de las grúas, el capitán de la Guardia Civil acude con las Fuerzas 'de orden público' a zarandear y disolver la libertad de expresión del pueblo llano. Otra vez las metralletas y las porras haciéndose 'respetar' por seres indefensos. Al final el poder ofrece una solución de paños calientes: conservar las barandillas y celosías para colocarlas en el mamotreto de hormigón del puente nuevo, para que la posteridad siga avergonzándose de semejante plasta. La cabeza cuadrada de los políticos y los ingenieros que viven de la picaresca de hinchar los presupuestos, ha vencido a la cultura y a la historia. En plena feria de Salamanca, mientras escribía la crónica de la corrida, las llamaradas de un fuego siniestro estaban destrozando una parte valiosa de nuestro tesoro monumental. Se ha destruido el famoso colegio carvajal y los alrededores del bucólico huerto de Calixto y Melibea. Y todo porque la mayoría de nuestros tesoros artísticos sigue siendo un negocio privado de la incultura y la irresponsabilidad del todavía todopoderoso clero. El colegio Carvajal empezó siendo el capricho de un canónigo cuya descarada falta de formación cristiana quedó reflejada en los estatutos fundacionales. Estaba el canónigo redactándolos cuando se le antojó comer anguilas, y como volviera su criado de vacío, supo indignado que la última anguila del mercado se la había llevado un zapatero remendón, negándose a cederla para la gula del poderoso clérigo. Llevado de su sagrada ira ordenó: "En este colegio podrán estudiar gratis todos los niños pobres de Salamanca ¡menos los hijos de los zapateros!". Y así quedó sentenciado para mayor gloria de Dios, exaltación de la caridad cristiana y el amor al prójimo. Ahora, por la desidia del clero y por su tradicional egoísmo especulativo, el colegio Carvajal estaba abandonado y en él buscaban cobijo las bandas juveniles como escenario de sus orgías de droga y sexo. ¿Dónde cojones estaba el celo apostólico de las autoridades eclesiásticas, que por menos motivos quemaban a sus semejantes en la hoguera? ¿Por dónde andan las numerosas fuerzas policiales para no enterarse de lo que pasa en el corazón del barrio histórico? Desgraciadamente, gran parte de nuestro patrimonio artístico está en manos de estas sectas inciviles o de estos vigilantes del orden que sólo sirven para poner multas. En las ordenanzas municipales y en la oronda vida de los parásitos del clero no está prevista la 'guardia y custodia de nuestros tesoros artísticos'. ¡Nuestros! porque son patrimonio sagrado del despreciable pueblo que los mantiene. |