Quemar miles de millones

Alfonso Navalón

 

Hay noticias que producen un lejano estupor entre los que llevamos una vida casi austera y nos apañamos con apenas cuarenta mil duros para remontar esa perpetua cuesta de enero del final de cada mes. Resulta que el cachalote de Tyson, campeón mundial de boxeo, ha perdido en apenas tres segundos, mil quinientos millones de pesetas, la mitad de su jornal de veinte minutos de trabajo. ¡Y luego dicen que los fontaneros cobran como bestias! Tres segundos tardó en perder la cabeza y arrancarle un pedazo de oreja al nuevo campeón. ¿Te imaginas lo que haríamos tú y yo con quinientos millones? Pues casi seguro que estupideces semejantes a la de morder la oreja a los demás.

El vértigo del dinero causa más desdichas que gozos. Y sueños como el del Sabino millonario de las quinielas, lo dejaron de nuevo en una indigencia mucho más dolorosa al conocer el derroche de un príncipe de hadas que vuelve a convertirse en rana. También los chinos de Hong Kong han rebasado los límites de la insensatez, al gastarse en una sola noche mil seiscientos millones en fuegos artificiales. Lo que se dice quemar el dinero por crear una ilusión tan fugaz como la ansiedad del nómada que pierde el agua de un oasis. Mil seiscientos millones no son nada en una ciudad supermillonaria donde se mueve la mayor fleta de Rolls Royce del mundo. Pero en las ciudades de los grandes lujos, brotan al lado las grandes miserias y donde en los apartamentos de ensueño ha costado el metro de solar diez millones de pesetas, hay otros apartamentos chinchorros donde cuarenta chinos viven amontonados en un cuchitril. Con mil quinientos millones a lo mejor se podía haber hecho algo para aliviar las angustias de esos pobres piojos de la raza humana. Los seis millones de habitantes se han echado a la calle irreflexivamente.

Para celebrar la marcha del tirano inglés, jubilosos por recobrar una libertad que ha llegado como una invasión armada con cuatro mil soldados chinos y un despliegue bélico de aviones, helicópteros, tanques y pertrechos de guerra. Algo mucho más costoso y con mayor peligro que el derroche de los fuegos de artificio. La ciudad más rica de Asia deja de ser inglesa para convertirse en China. Y en la gran plaza hay un soldado cada tres metros para garantizar el orden de la ceremonia del cambio de poderes. Sin embargo a los grandes millonarios y a los ejecutivos de dos millones de sueldo al mes, les ha entrado ya la zozobra de cómo serán las libertades dentro de un estado comunista, donde la ostentación de las limusinas va a ser una provocación para los millones de chinos que sobreviven con un cuenco de arroz insípido y una taza de té. Ahora termina un sueño de siglo y medio de aquel islote desértico y casi deshabitado que en manos inglesas se convirtió en un centro de riqueza, vicio y crímenes. Lejos quedó ya la sombra de hierro de la Reina Victoria y su corte de virreyes coloniales. Inglaterra llora ahora la perdida 'joya de la corona', un chorro de oro para sostener los palacios y los lujos de esa familia de desdichados inútiles que forman la monarquía británica. La guardia real ha roto filas en Oriente, dentro de unos días Macao será devuelto a los portugueses y mientras tanto Gibraltar sigue ahí como una burla histórica mantenida por la sinrazón.

O pudiera ser que a nadie le interesen ya los sentimientos patrióticos de la unidad nacional. A fin de cuentas la vieja España se está llenando de otros Gibraltares, donde cada vasco o cada catalán, empiezan a ser menos españoles que los llanitos de la roca de los monos. Con el agravante de que los llanitos sólo mandan en Gibraltar y aquí tenemos un catalán que es el jefe del Estado en Madrid. Las gaitas escocesas han dejado de sonar sus fanfarrias en China, el príncipe Carlos asiste, con su cabeza melancólica, doblemente coronada, al último funeral del imperio.

Pero al príncipe ahora lo único que le preocupa es encontrar un título para dignificar la presencia de la cachonda Camila en los salones de la Corte.