¡Y no mataron ningún caballo!

Aparecieron dos equinos entre los toros por la calleja del chiquero

Alfonso Navalón

 

La Junta y la Universidad han acondicionado una dehesa para el estudio y manejo del ganado bravo y para investigar, ¡qué buena falta nos hace! Pero dice Moisés Fraile que donde más cosas se aprenden es en El Berrocal. Moisés es uno de los pocos ganaderos que sabe todo lo que hay que saber del ganado bravo. Como sus hermanos y algunos más que todos conocemos, además de saberlo, lo hacen. No hay oficio, maña o remedio que no conozcan. Y sin embargo, un hombre como Moisés, que lógicamente debería estar de vuelta de todo, cada vez que viene a El Berrocal descubre algo que no sabía. O que no había visto nunca. Desde hace algún tiempo, ejerce funciones de consejero técnico y jefe de sanidad pecuaria en mi ganadería. Con todas las de la ley. No se trata de un veterinario furtivo o de un simple curandero, porque cuenta con la delegación de poderes y la autorización expresa de don Carlos Navarro, director general de ganadería del estado independiente de Tamames.

Cada vez que tengo un problema que escapa a mis alcances, llamo a Moisés y me lo resuelve en un periquete. Pero cada vez que viene, aprende una cosa nueva y se echa las manos a la cabeza: "¡Yo esto no lo había visto en mi vida!". Y luego está un rato haciendo preguntas para que se lo explique. Pero por más que yo se lo razono, hasta que no lo ve, no se lo termina de creer. Y ya digo que Moisés Fraile ha hecho en el campo con el ganado bravo todo lo imaginable. Por ejemplo: para no molestar ni bregar con los toros, se sube un vaquero a una encina con la jeringuilla de garrocha y desde allí los desparasita o los duerme para curarlos de alguna cornada o algún pajazo. Hay que tener mucha maña y mucho tiento para llevar a todos los toros (a favor de querencia) hasta rodearlos debajo de la encina donde está el vaquero y hacer tiempo a que se ponga a tiro el que quieren inyectar. Y fijaos lo fino que tiene que andar el vaquero para que no lo vean, y para no fallar cuando pasa el animal elegido.

O sea, que Moisés es de los pocos ganaderos que no tiene que aprender nada de nadie. Al estilo antiguo, se entiende. Técnicas camperas Porque el que más sabe de técnicas informatizadas, de la mezcla de genes y la alta tecnología zootécnica es, sin duda, Juampedrito Domecq. Me hubiera gustado darle este cargo de asesor pecuario al ilustre señorito jerezano, más que nada por el espectáculo de verlo llegar el viernes por la tarde, cuando abandona su despacho de ejecutivo bancario, y ofrecerle una de mis suites para que se cambiara su terno de funcionario financiero por un equipo campero de fibra acrílica de los que vienen en los folletos de El Corte Inglés. Pero no sé por qué me apaño mejor con Moisés Fraile que llega con las botas llenas de mierda de las boñigas, la ropa vieja y sucia y las manos manchadas del amarillo del distomicide. Con barba de dos días y los pelos revueltos debajo de la gorra. Y no sirve con él. Mira que ando: "Moisés, que tú eres el ganadero de más cartel de toda España, el que más cobra, el más solicitado por las figuras, y deberías cuidar la imagen porque, según se te ve, pareces el 'apajador' de Caraliebre". El caso es que se presentó el viernes un poco antes de lo previsto y me pilló sin comer. Vino pronto porque ahora las tardes no dan nada de sí y teníamos que hacer la revisión de esa media docena de animales que hay en la 'enfermería' porque en lo que más se tarda es en empajar las nubes. Y tenemos tres en tratamiento. Porque a otros tres los dejó como nuevos. El caballo, el amo Así que me puse a comer y le dije a mi gente que los fueran enchiquerando con mucha calma. Y que tuvieran la precaución de dejar atrás los caballos porque la yegua tentona tiene la maña de abrir las porteras y en cuanto nos descuidamos se mete a comerle el pienso a los toros o a los becerros. A lo mejor, los que no sois de campo, no sabéis que un caballo entra en el comedero de los toros y se hace el amo. Se apartan todos y lo dejan comer donde le da la gana. Un toro, por muy fanfarrón que sea, ve llegar al caballo y se retira del pesebre. Una de las cosas que trae de cabeza a Moisés es que en El Berrocal encerramos sin caballos ni cabestros, arreándolos a pie, como si fueran ovejas. Una corrida de toros se mete en los chiqueros en un periquete, sin un ruido. Hasta que no lo vio, no se lo creía.

Lo que más le extraña es que una vez que están en el corral los toros se calientan enseguida y se lían a desarmar puertas y a querer comernos en los quitamiedos de los chiqueros. En un segundo, dejan de ser borregos y se convierten en fieras. Cuando terminé de comer, ya estaban los cuatro toros y los tres erales encerrados. Moisés se echó las manos a la cabeza porque, en un chiquero aparte ¡estaban los dos caballos! Por lo visto, no pudieron apartarlos en el cercado y entraron por la calleja los toros revueltos con los caballos. "¿Pero cómo es posible que no le hayan sacado las tripas?". Pues ya lo ves; alta tecnología campera. ¡Esto no lo van a poder aprender en el Centro ése de Estudios Superiores del Toro de Lidia! Cuando se terminó la tarea, ya puesto el sol, nos fuimos a merendar a El Cruce de La Fuente y Moisés seguía sin encontrar explicación a lo que acababa de pasar.

"Avísame la que me preparas para la próxima visita, porque esto, si no lo veo, no lo creo...".