EL TOREO ES COMO UN SUEÑO

El cuarto había salido huyendo de los capotes, y le dio abundantes coces al peto las cuatro veces que salió huyendo del picador. Descompuesto en banderillas, cuando Antoñete toma la muleta con el público en contra, el toro está emplazado en los medios y reculando al ver al torero. Antoñete se va a los medios, se dobla con él con torerísimo empaque y, sin más, se va lejos, dejándose ver, y cita al natural. El manso va pegando oleadas y el viejo torero, serio y sobrio, lo embarca en soberbios naturales, sin ceder ni un palmo de terreno. No lo entendían, era todo demasiado sencillo y demasiado grandioso. De pronto estalla el primer olé cerrado y rotundo. Antoñete ha rematado el último natural abanicando el costillar, y le ha dejado la muleta en el hocico y la pierna adelantada para echárselo a la hombrera en un pase de pecho antológico. Ya es suya la plaza. Los ignorantes no protestan. Los aficionados se mueren de gusto viéndolo. El toro escarba y recula. Otra tanda de naturales con el medio pecho por delante y la muleta mecida y limpia. Cambia de mano y abre el compás de los derechazos, y luego el regusto de los recortes, de las trincheras a dos manos, del desmayo del remate dejando la muleta muerta debajo del belfo y saliendo airoso sin mirar al toro, seguro que había quedado allí, fijo y dominado. Estábamos soñando el toreo sentido y desgranado con pasmosa naturalidad. Yo que Antoñete no hubiera recibido aquella oreja. Estas cosas no se pueden medir por un pañuelo de más o de menos que saque el funcionario del palco.

Estas faenas sólo se pueden medir por la huella que dejan en el recuerdo, y la recompensa justa hubiera sido una flor nada más. Perdona, lector, que después de ver esto no empuerque la crónica hablando del segundo espada. No sería elegante mezclar la grandeza de unos muletazos cargados de solemnidad con la vulgaridad de unos trapazos que hacían reír a la gente.


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