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¡Wences! Alfonso Navalón
Había entregado artículos para dos semanas y aparecí por casualidad en la redacción. Me sorprendió el revuelo. Ya sabes que en los periódicos tiene que pasar algo muy gordo para que los profesionales de la noticia salgan de su rutina. ¡Se ha muerto Wences! Las chavalas están nerviosas detrás de los ordenadores. Se les nota su admiración por el salmantino universal. "Era amigo tuyo y seguro que tendrás fotos suyas. Queremos hacer algo distinto. Escríbenos un par de folios. Tú sabrás mucho de su vida aventurera...". No sé por qué la muerte de Wences no me ha llenado de esa congoja que desde hace años me paraliza cuando se va algún amigo. No he vuelto a entierros, ni a misas. Porque las muertes cercanas me dejan un sabor ácido en las entrañas. Pero Wences era la serenidad misma, y su presencia te daba un sosiego especial. Llevaba bastante tiempo sin verlo y es como si no hubiera pasado nada, como si dentro de un mes o de un año volviera a encontrarlo por las calles de Alba, en su barrera de la plaza de toros una tarde de feria o en cualquier regato de la sierra bregando con una trucha bravía. Quieren fotos suyas. En los archivos de un periódico nuevo como el nuestro sólo hay testimonios recientes, cuando ya centenario le hicieron el homenaje de dedicarle una calle. Estas generaciones no conocieron al artista en su alegre juventud de los setenta años, con aquella increíble vitalidad, cuando los de su quinta llevaban ya varios años en el cementerio y los supervivientes, tullidos o tomando el sol del último verano. Para los que entonces estábamos abriéndonos paso en la vida, aquellas llegadas deslumbrantes de Wences a principios de verano eran un espectáculo insólito. Cada año traía un 'haiga' monumental, con una maleta llena de anzuelos y trebejos de pesca. Venía "a estarse sin trabajar". Venía a gastarse medio millón de los de entonces para ahorrarse los impuestos que debería pagar en Estados Unidos. Venía a pescar y a ver corridas de toros. Y a invitar a los amigos. Venía sin el menor rastro de nuevo rico, o de divo. Luego, hacía una escapada a París o a Roma o a Berlín, y en dos o tres galas sacaba el medio millón de las vacaciones. Cuando veo a estos ventrílocuos de la televisión que tienen que cambiarles la cámara para que no se les vea mover los labios en las imitaciones, recuerdo a Wences que hablaba sin mover ni un músculo de los labios y a veces se permitía mantener una conversación echando el humo del cigarro. Una tarde estábamos en el Gran Hotel tomando café y le dije que había una capea en Portugal. Él había visto de toros todo lo que se puede ver. Menos el 'forcón' de los pueblos de la raya, y en un periquete nos plantamos en Al- deaponte, merendamos un chorizo en la casa de Fuentes y volvimos a tiempo de traerme al cuartel. No sé dónde andará una foto amarilla donde aparecía con 'El Latas' Regaera, Modesto y el Poto en una capea de Fuentesaúco. Hablamos de Modesto, que antes de ser torero de plazas de carros estuvo en el seminario y tenía una memoria tan prodigiosa que te repetía de carretilla las primeras páginas de 'Sin novedad en el frente', de Erik María Ramarke. Imaginaba al ventrílocuo con aquel traje desvaído gris y azabache, como un cuadro tenebrista de la España negra, haciéndole travesuras a los toros con sus cambios de voz o imitando por teléfono la orden del gobernador, diciéndole al alcalde que le pagara veinte duros a los toreros "porque eran de su confianza". Y me lo imagino en el más allá convenciendo a San Pedro para que haga de torilero y le dé suelta al toro de San Marcos. Porque Wences sigue con nosotros. |