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Victoriano Posada se sincera "Sólo me jugué la vida una vez, y fue en salamanca" Alfonso Navalón
"Yo siempre fui un torero con más cabeza que valor. Usaba delante del toro los conocimientos y la técnica. Pero valor, yo no tenía más que el justito para estar allí". Habíamos quedado a comer en el 'Valencia' el último día de su estancia en Salamanca, antes de salir hacia su casa ecuatoriana de Guayaquil. Era una cita aplazada desde que terminó la Feria. Son muchos años de recuerdos con este personaje entrañable y sencillo. Una amistad antigua, de cuando vivía en una modestísima casa enfrente del Cinema Salamanca, junto a la calle Zamora, mimado por su paciente madre. Victoriano era un muchacho delgaducho y frágil, rubio como un inglés. Sin pinta de torero. Pero se propuso llegar y lo consiguió. Tenía calidad y sentido del temple. Y finura. Fue la primera gran baza de Florentino Díaz Flores, cuando todavía la economía de la casa se sustentaba de la pequeña frutería que regentaba la 'señá' Tránsito en la carretera de la Estación, antes de la aventura de 'Saldos Flores'. Florentino acababa su experiencia como apoderado de Marcos de Celis y El Turia. Y puso sus ilusiones en este chaval rubito y prudente que entonces ayudaba a la casa ganando unas pesetas como camarero de 'El Roco', un bar americano que había puesto, en la calle Toro, el buenazo de Jaime Coquilla. Aquel invierno, invadió Salamanca una legión de novilleros de rompe y rasga y casi ninguno llegó a nada: Parrita de Triana, Curro Ballesteros, Rogelio Madrid (que luego hizo cine), Los Pirri, El Tino, Miguel Guerrero... Luego, en la Pensión Barragués de la plaza de España, dirigía el negocio la opulenta Juanita que, al decir de las gentes, era la querida de don Cesáreo, el famoso Cura de Valverde, y luego acabó protegiendo a Miguel Flores, al que apoderaba, a su manera, mi tío Tomás Ramajo. En esa pensión de Juanita, vivían dos toreritos educados con aires distinguidos: Joaquín Bernadó y Victoriano Valencia. También llegaron Pepe Cáceres y el mexicano Jaime Bravo. Al poco tiempo, llegó, con lo justo para no pasar hambre, un venezolano desbocarrado y procaz que venía a comerse el mundo y, en febrero, debutó en Barcelona, saliendo en hombros. Esa misma temporada, ya fue figura destacada de los novilleros. Se llamaba César Girón, con una personalidad arrolladora y una casta de torero como ha habido muy pocos. Un día, recién llegado a Ciudad Rodrigo, estaba con su amigo el cura de Espeja y, de pronto, se le quedó mirando los botones de la sotana: "¡Qué barbaridad, don Lorenzo, todo bragueta!". Y tenía razón porque, al final, la bragueta le obligó a colgar los hábitos. "Tengo que ser como ése" En medio de esta jauría de hambrientos de gloria, se propuso ser torero el tímido camarero Victoriano Posada, sin más ayuda que la audacia del Sr. Flores. Entonces ya era figura Ordóñez y acababa de consagrarse Jumillano. Lo tenía difícil Victoriano, que no estaba en la línea de los valientes arrolladores, ni tenía una personalidad desconcertante como Miguelín. Ni era un superclase como Antoñete, que acabó la temporada a la cabeza de los novilleros, cuando lo apoderaba González Vera. Victoriano tenía buenas maneras y, en la plaza, era tan prudente y tan modosito como en la calle. Pero tenía tesón y ganas de que su madre dejara de subir tantas escaleras en la casita humilde del último piso. Victoriano cuajó una carrera llena de dignidad, y se ganó el respeto de los públicos y de los taurinos. En América, conoció a una mujer a su medida, y allí se quedó para siempre, en su Guayaquil, viviendo con desahogo, pero sin perder jamás la corrección y los buenos modales, que le han granjeado muchos amigos. Sigue llevando a su Salamanca metida en el alma y, cuando llega septiembre, se viene todos los años a recordar sus raíces. Y aquí se queda casi dos meses, hasta que llegan los primeros fríos y vuelve al calor del mar y de sus hijos, que ya se han abierto camino en la vida. Un hombre sencillo y feliz, que no habla con el despecho de los toreros viejos ni guarda rencor para nadie. Recorre los caminos de su infancia y apenas frecuenta los mentideros del taurinismo. Anda siempre con los amigos de su época humilde y vive a su aire en Villamayor, en el chalet de uno de aquellos amigos de entonces. Se ha dedicado a pintar escenas de toros con el mismo estilo sencillo y claro con que manejaba la muleta; y conserva intacta su afición porque, en América, me lo encontraba en las grandes ferias, alojado con su señora en los hoteles de lujo. Victoriano se lleva una gran alegría cuando tropieza por esos mundos con algún salmantino, y todos los años, en la feria de Quito, comíamos juntos un día, aunque habláramos muy poco de toros. Simplemente, por recordar aquella Salamanca de los años 50. Y aquella tarde, cuando nos fuimos juntos a ver torear a Jumillano en Peñaranda, al salir, apretó los labios y me dijo: "El año que viene, tengo que ser como ése...". |