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Viaje a los toros de la nieve La ganadería de bañuelos pasta a más de 1000 metros de altitud Alfonso Navalón
Cuando el empresario burgalés Antonio Bañuelos decidió llevar más allá su afición a la fiesta y se convirtió en ganadero de bravo, en pleno Páramo de Masa, muy pocos pensaban que a la vuelta de unos años llegaría a ser una de las vacadas que más 'tinta' vertió a su favor, gracias a la bravura y nobleza de la que hace gala en las plazas. Todo empezó a principios de la década, en concreto el 31 de diciembre de 1992, cuando este burgalés, empresario de peletería adquiere la finca La Cabañuela, una magnífica explotación de 600 hectáreas situada al norte de la capital, en el término de Hontemín. Posteriormente decide formar la ganadería y compra a la familia Prado-Eulate el hierro de La Unión que -primero- se denominó Torreblanca y posteriormente pasó a llevar el nombre de la titular, doña Paloma Eulate y Aznar. Pocos meses más tarde, en julio de 1993, llegaban a La Cabañuela las primeras 95 vacas procedentes de El Toñarejo, la finca andaluza de esta conocida familia sita en el término gaditano de Medina Sidonia, adaptándose perfectamente al nuevo territorio, a pesar de las enormes diferencias climatológicas y, por tanto, de alimentación con respecto a su procedencia. Los sementales utilizados pertenecían a los hierros de Torrestrella y Torrealta, cuyos frutos, a tenor del evidente resultado han dado un juego sensacional. Pero para que todo pudiera ser una realidad, con anterioridad, el dueño bebió de las fuentes de la bravura, conoció el mundo del toro bravo y los entresijos que rodean su mundillo en lecciones aprendidas en el Campo Charro, en concreto en la finca Montalvo, de manos de Juan Mari Pérez-Tabernero, a quien Bañuelos define "como la representación perfecta del caballero español". Allí escuchó silenciosamente los sabios consejos del criador salmantino, los mismos que ha llevado a la práctica como si fuera una religión. Luego, después de la prematura muerte de Juan Mari, fue su hijo, Juan Ignacio, el que apoyó, asesoró e informó al nuevo criador burgalés de todo lo que hace falta saber de una ganadería, sin olvidar las dificultades que se deben superar en el camino tortuoso que rodea los vericuetos de la fiesta brava. Luego, Antonio Bañuelos le dio su toque personal a esos conocimientos, al poner en marcha una ganadería con una características especiales y personalidad propia, dada su climatología, altitud, alimentación... Altitud Una de las dudas principales era que, anteriormente, ninguna ganadería había pastado en una finca enclavada a más de 1050 metros sobre el nivel del mar, donde las temperaturas son más bien propias del nórdico y durante ocho largos meses, el mercurio baja con frecuencia los límites de cero grados. Sirva el ejemplo que las heladas son continuas durante ese tiempo, con lo cual la primavera se retrasa en comparación a otros puntos del país; por ejemplo, la aparición de la hoja en los robles no se produce hasta bien entrado el mes de mayo. Por otro lado, la humedad hace que la hierba se mantenga verde hasta mediado el otoño, gracias al rocío de la mañana y a varios manantiales, todos ellos muy generosos en calidad y cantidad. Las especiales condiciones de La Cabañuela han hecho posible que los ciclos productivos -las parideras- se tengan que adaptar a las producciones de pasto y estaciones. Así, los lotes se separan en torno a la segunda semana de mayo, con el fin de que las crías nazcan a partir de febrero, tiempo en el que las horas de luz solar aumentan notablemente y los fríos comienzan a remitir, con lo cual las posibilidades de supervivencia son seguras. Estandarte de Burgos La ganadería de Bañuelos se ha convertido en el principal estandarte que aporta Burgos a la fiesta. A falta de figuras del toreo, sus éxitos y triunfos son un poco los de todos, que los viven y jalean como algo propio. Para ello ha contribuido a que su dueño siente mucho el terruño castellano, en definitiva todo lo que sea burgalés o relacionado con la tierra tiene en él a su mayor defensor. Sirvan los siguientes detalles: la divisa de la ganadería (rojo carmesí y pardo) está formada por los colores de la bandera burgalesa. Por otro lado, el macho de cada camada herrado con el número 1 recibe el heroico nombre de Campeador, en recuerdo de don Rodrigo Díaz 'El Cid Campeador', el burgalés más importante de siempre, quien vio la luz en Vivar, villa situada al lado mismo de La Cabañuela. Grandes titulares Durante las semanas previas a la pasada Feria de San Pedro y San Pablo, Antonio Bañuelos vivía con la intranquilidad propia de quien acaparaba máximo protagonismo en el ciclo ferial de su ciudad. Había debutado el año anterior, en jornada histórica, tanto para la feria, que veía por primera vez una ganadería 'paisana' en los carteles, como para él, en tarde que significaba un duro examen ante el más exigente tribunal. Por si fuera poco, en el coso de El Plantío se encontraba la elite de la prensa taurina nacional, con lo cual la responsabilidad era mucho mayor, si cabe, por lo que, a la mañana siguiente, toda España estaría al tanto del juego que desarrollaran 'Los toros de la nieve', famosos desde el momento en que llegaron a una zona tan septentrional, donde pocos creían que se podrían adaptar. Caballero, Liria y Víctor Puerto formaban parte de la terna anunciada en aquel debut, terna que cortó un total de seis orejas, mientras que el sexto toro era premiado con los honores de la vuelta al ruedo, con salida triunfal a hombros de toreros y ganadero. Aquel día empezaba la leyenda de una ganadería que, en el inmediato futuro, escribiría muchas de las páginas más bellas de la temporada de 1999, donde se produjo un hecho del que se ha vertido mucha tinta: el indulto de Gamarro. La triunfal corrida de 1998 fue el mejor salvoconducto para lidiar al siguiente año con las dos máximas atracciones del momento. La fecha fue el dos de julio, en un mano a mano formado por Ponce y El Juli que acabó con el taquillaje desde días antes e hizo que se desplazasen hasta las orillas del Arlanzón cientos de aficionados de toda España. Antes del paseíllo, antonio Bañuelos, sabedor de la responsabilidad que acaparaba, se mostraba tranquilo ante sus amigos, pero la procesión iba por dentro, pues era consciente de que varios toros romperían a bravos. Eran 'los toros de la nieve', los que esperaban en el chiquero para protagonizar un festejo memorable, de esos en los que el personal sale toreando de salón por las calles, recordando todos y cada uno de los instantes vividos, sobre todo en la lidia del quinto, el famoso Gamarro que dio un recital de bravura, en una perfecta simbiosis que tuvo a Enrique Ponce como 'director de orquesta'. Gamarro fue magnífico, de gran clase, de los que sueñan con lidiar los ganaderos, los que dictan clases de bravura sobre las arenas y, ante todo, defienden su casta y sangre brava, la misma que ha servido para crear el espectáculo más bello de cuantos existen, donde el arte y el riesgo crean las estampas más bonitas que se puedan soñar y han inspirado a los más grandes protagonistas de las letras, los pinceles... Todo aquello valió para que Gamarro fuera indultado; es decir, que recibió los máximos honores a que pueda aspirar un toro en la plaza. Se había ganado el derecho a vivir, a disfrutar para siempre de los placeres de la vida en el medio natural donde cuatro años antes vio la luz, en el Páramo burgalés que de esta forma abría una página en su historia. Cuando se concedió el indulto, la plaza entera irrumpió en una ovación de gala, de las que hacen época, mientras que Bañuelos no pudo evitar las lágrimas, en unos momentos plenos de emoción, incapaces de interrumpir los numerosos abrazos y parabienes de amigos y conocidos que recibía en unos instantes alborozados, de los que sirven para darle a la fiesta categoría y realce. Luego, Gamarro fue curado en los corrales de la plaza por el equipo de veterinarios y trasladado posteriormente a La Cabañuela, donde despertó la admiración de cientos de personas que no quisieron perderse el histórico momento. En poco tiempo, antes de los plazos previstos se recuperó con normalidad, sin sobresaltos y ahora ha empezado sus labores de semental, al empezar a cubrir una punta de vacas, ante la admiración de todos los aficionados y la envidia de sus hermanos que ven como uno de ellos ha puesto tan alto el listón al ser coronado como rey de la bravura. Ahora, todos tratarán de imitarlo y en la plaza derramarán bravura y casta para soñar con volver a La Cabañuela, como Gamarro para continuar aumentando la leyenda de 'los toros de la nieve'. Futuro Ahora, ante el futuro de las reses de La Cabañuela, se abre un magnífico porvenir. Sirva la referencia que para la temporada del 2000, la camada va a ser 'rifada' entre las principales figuras del toreo, que sueñan con que salga por la puerta de toriles otro Gamarro, para deleite y grandeza de la fiesta. Tal es el momento dulce de la ganadería, que allí han estado los veedores de Enrique Ponce, de Julián López 'El Juli', de José Tomás..., para que puedan ser estoqueados por éstos en las ferias más elitistas de la geografía nacional. Los toros de la nieve se han convertido en una de las bellas realidades de la cabaña brava, gracias a la casta y nobleza de la que hacen gala. |