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Animal de campo Alfonso Navalón
Ya no sé si soy un animal de campo o un urbano. Llevaba más de un mes sin aparecer por la finca. Todos los días llamaba por teléfono, y todos los días me agarraba un berrinche monumental. El ganado andaba manga por hombro, las vacas se salían casi todos los días a la carretera, cinco novillos siguen perdidos por las innumerables cercas de las Matas de la Alameda, como los jabalíes. Unos días ni siquiera los ven, otros cuando ya los tienen encaminados se les escapan y me figuro que los vecinos estarán por arriba, pidiendo el oro y el moro por los daños, menos mal que en los secadales del agostadero poco perjuicio podrán hacer. Pero no hay manera de meter a la gente en vereda. Todos los días le digo dónde hay que poner una docena de postes con alambre de espino y todos los días me contestan que mañana lo harán, que si no funcionan las motosierras, que si el tractor se ha quedado averiado El caso es que el vaquero no da golpe. Me llevan los demonios. Juro no pisar el campo hasta que no esté todo en orden. Todavía no han apartado los toros de la última corrida. Todavía hay con ellos cuatro novillos revueltos. Se han muerto dos becerros de los desahijados. No han desparasitado las cuatro vacas flacas, llevan dos días sin echarle tacos y el ganado debe estar desesperado. Por eso se saltan las paredes. Y con esta zozobra me echo a las calles de Salamanca, que sigue siendo una de las ciudades más apacibles del mundo para darse la gran vida. Pero estos días hay que medirse con las salidas. Todavía dura la resaca de la feria y la polvareda que han levantado los coloquios y algunas crónicas. Y no es cosa de andarse parando a cada paso dando explicaciones de esto, de lo otro y de lo de más allá. Los del Guiller son los más alborotados, que si parece mentira, que si es mucho. Y venga explicaciones. Otros dicen que muy bien que a esta gente hay que tenerla a raya, que ya estamos hartos de señoritos déspotas. Así que el deseado descanso de los trajines de la feria no acaba de llegar. Salgo alguna noche a cenar de tapadillo, a sitios discretos y dos noches sentí la tentación de salir de copas, por ejemplo, a ver el nuevo 'Garamond' y da la casualidad de que una de esas noches estaban por allí todos los invitados de una boda de rumbo, 'la jett' salmantina. En medio del barullo me llevo la sorpresa de la reconciliación de un amigo íntimo del difunto Juan Mari Pérez Tabernero, que llevaba muchos años sin hablarme y vino espontáneamente a darme las gracias por la crónica de la corrida de Montalvo; ¡Mal vamos! En esta feria hice las paces con tres o cuatro enemigos 'de toda la vida', a este paso me voy a convertir en una persona normal, que es algo aburridísimo. El día que me quede sin enemigos voy a morirme de aburrimiento. Menos mal que Tito Leopoldo ha vuelto a mirarme con malos ojos. Después de casi un año de excelentes relaciones se ha mostrado indignadísimo por lo que escribí de un supuesto amigo suyo. Algunos todavía no se han dado cuenta de la clase de amigos que tienen. Porque una cosa es el peloteo y otra la amistad. Los verdaderos amigos apenas llegan a la docena. Y sólo se conocen cuando llegan las cosas mal dadas. 'Amicus certus in re incerta' es una frase de los sabios latinos que sigue en pie. Y para bien o para mal se demuestra cada día. Ésta ha sido la feria de los cuentos, chismes y bulos. Menos mal que en el barullo de la discoteca compruebo la jubilosa renovación de mis lectores y partidarios. En los coloquios el noventa por ciento eran jóvenes. Normalmente los cronistas de toros escriben y hablan para maduros y pensionistas. Ahora lo mío es como la letra del 'Cara al sol' porque vuelve a reír la primavera junto a este pobre vejestorio. Ni a Cristo le pasó nada semejante cuando predicaba el evangelio. El caso es que ya he vuelto al campo. En un día se ha puesto casi todo en orden. Hemos apartado la corrida. He recuperado doce vacas perdidas, y el ganado come a sus horas. Al volver a casa me di cuenta de la carga de agua que llevaba encima. Me seco a la lumbre de la chimenea. Me chirrían todos los huesos. Ceno deprisa y milagrosamente a las diez de la noche estoy en la cama. Echo de menos la cazuela de leche migada. Mañana no faltará. He vuelto, por unos días, a ser un animal de campo. Me hacía mucha falta. ¡Ah!, Agustín el de 'El Ercilla' se ha salido de madre en una 'carta al director', mañana le contestaré |