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Un animal doméstico Alfonso Navalón
Mi amigo Fernando, el notario del pelo blanco, anda loco por que le cuente la historia de una noche en el tren con una recién casada, que iba enfrente de mí en el mismo apartamento. Y a oscuras. Y yo le voy dando largas cada vez que nos encontramos en 'El Florida' a echar un cigarro de picadura de 'Gener'. Le doy largas porque me da apuro escribir sobre estas verdulerías ahora que me he convertido en una especie de marido ejemplar. Por otra parte, me da vergüenza reconocer que llevo una vida recatada, casera y más propia de un católico de derechas que de una persona normal como siempre fui, hasta que esta mujer, por no sé qué extraño milagro, me ha convertido en un ser asquerosamente decente, monógamo y fiel. Y me paso en casa junto a ella las semanas enteras sin echar de menos todos aquellos lances que llenaron mi vida de sobresaltos y aventuras. Las pocas veces que 'subo' a Salamanca atravesando el Tormes, todo ese ramillete de mujeres deseables a las que invariablemente les echaba los tejos en cuanto las tenía a tiro, se asombran ahora de mi comedimiento y de que no se me escapen las manos para pulsar sus caderas o deslizar ladinamente la yema de los dedos por la gloriosa ascensión de sus muslos. Dicen que en la vida de los grandes libertinos siempre llega una mujer que las venga a todas. A mí debe haberme llegado esa hora. Carmen me ha convertido en un animal doméstico. Y lo que más me jode es que aparte de no echar de menos lo otro, encima me siento a gusto. Cualquier día de éstos tendré que ir al médico, porque entre lo de Carmen y lo del nieto estoy siendo el hazmerreír de todos mis amigos. Lo del nieto es que ya ni me atrevo a contarlo, porque me ha puesto más tonto que a una burra primeriza con el buche. Fernando, el notario, me sonsaca para que le cuente lo del tren, que es de las cosas más apasionantes que le puede pasar a cualquiera y más a mí, que por aquel entonces estaba recién llegado a Madrid y andaba descubriendo el mundo a bozal quitado. No sé si iba a Andalucía o a Valencia para dar una de las primeras conferencias, cuando mi fama como crítico empezaba a despertar la curiosidad de las gentes. Como andaba escaso de cuartos, me fui en un exprés de madrugada para ahorrarme la fonda. Era pleno invierno y tenía que atravesar las heladas llanuras de La Mancha. Ya sabéis cómo eran los trenes de entonces, y que el frío de aquella época no es como el de ahora. Entonces, recuerdo, que los adoquines de las calles de Albacete se levantaban con los hielos. Y como el frío nos empuja al calor, en aquel apartamento de gutapercha íbamos como piojos en costura, pegaditos los unos a los otros. Así que, echamos el cierre para que no entraran más y apagamos las luces para dormir lo que buenamente pudiéramos con el traqueteo de las juntas de los raíles, con el que era bastante fácil coger el sueño. Yo llevaba entonces una capa de paño de Béjar color ala de mosca con el broche de filigrana de plata hecho de encargo en los talleres de la joyería de Vasconcellos, de Ciudad Rodrigo. La capa la heredé de mi padre que la lucía mucho mejor que yo, porque además llevaba sombrero. Yo no tenía edad para llevar sombrero y ponerse una capa sin sombrero es una catetez, pero como no tenía dinero para comprarme un abrigo inglés azul como el de mi amigo Miguel Altares, le daba aire a la capa de mi padre por las calles de Madrid, tan guapamente. Además, la capa tenía las vueltas de terciopelo. Una banda roja y otra verde, que casualmente serían luego los colores de la divisa de mi ganadería. Ya veis que llevo un rato enredando para no contaros la historia de la recién casada. Más que nada porque conociendo a Carmen se puede coger un rebote y estar de morro ocho días. O echarme de casa. Y luego, por lo del niño. Un abuelo tiene que tener ya algo de formalidad. |