Carmen, 'La Cartonera'

Alfonso Navalón

 

Una vez caí por casualidad en Palencia a dar los coloquios de Feria. Un compromiso para salir del paso. Pero me enamoré de la ciudad y sus gentes, del encanto provinciano y de esa riqueza artística prácticamente desconocida, hasta que este año han llevado 'Las Edades del Hombre' para que el gran público vaya enterándose de lo que es aquello. Mis coloquios eran una fiesta. Primero, en el hermoso salón del Casino, luego, en el desaparecido hotel Jorge Manrique, después en el Castilla La Vieja y los últimos años en el auditorio de la casa de Cultura, pasando por el hotel Rey Don Sancho. Pero cuando llegó Chopera de empresario me puso el veto. La Diputación lo aceptó y llevaba tres años sin volver.

Ahora he tenido una reaparición tan emocionante como sencilla. Me han hecho volver los aficionados. Una noche, dando los coloquios en el hotel Indauchu durante la pasada Feria de Bilbao se me presentaron dos jóvenes, propietarios del bar 'El Coso' para contratarme la Feria de San Antolín, unos días después. Me maravilló el gesto y más todavía que siendo unos modestos empresarios se atrevieran a correr el riesgo de financiarlos. A los pocos días me llamaron con todo resuelto. Habían recogido dinero suficiente entre los aficionados y resuelta la estancia en el hotel Los Jardinillos. Así que me planté en Palencia el mismo día que empezaba la Feria, pensando que la primera noche íbamos a estar allí cuatro gatos. Resulta que otro 'navalonista' como Julián Iglesias aportó los carteles de su imprenta con una foto de hace 20 años. Y media hora antes de empezar ya estaba la sala abarrotada. Pocas veces he cubierto unos coloquios de Feria tan a gusto y con un auditorio tan fiel.

Cómo sería la cosa que el día de la desastrosa mansada de El Capea se presentó en la sala un individuo dispuesto a reventar el coloquio. Y lo pusieron de patitas en la calle. Luego resultó que era el que le servía la paja a El Capea y había querido hacer 'méritos' ante su cliente. Pero esto no hace al caso. Estando la primera tarde en la plaza, vinieron a buscarme las hijas del inolvidable doctor Dacio Crespo para cenar esa misma noche un bogavante y unas almejas, que acababa de traer desde Santander el economista Bernardo Salazar. Y al terminar el coloquio nos fuimos de copas como en los viejos tiempos, y en los bares de moda me seguían saludando como si no hubiera pasado tanto tiempo. Una mañana, paseando por la apacible frescura de la porticada calle Mayor subía una viejecita harapienta empujando un carrito lleno de cartones. Da cierto escalofrío encontrarse en medio del esplendor de las fiestas a una pobre mujer desharrapada, sola y aparentemente desvalida. Una soledad miserable en medio del derroche fiestero, produce cierto desasosiego. Me cuentan que vive sola en una casucha inmunda y que todas las mañanas recorre la ciudad recogiendo cartones para venderlos. La llaman por eso Carmen La Cartonera. Pero resulta que esa mendiga tiene más dinero que la mayoría de las palentinas que lucen sus joyas en la señorial terraza del Casino. A 'La Cartonera' le acaban de pagar ¡trescientos millones! por unos terrenos que tenía cerca de la plaza de toros. Y se comenta que antes tendría ahorrados más de cien con sus misteriosos manejos financieros.

Ver a una mendiga empujando un carrito y pensar que tiene ese montón de millones, es como para pararse a pensar si es digna de lástima o ha llegado a la sabiduría infinita de haber despreciado la fugacidad de los placeres de esta vida. El caso es que me apresuro a llamar por teléfono a Paquito Cañamero. Hace tiempo que le ando buscando una novia rica para que no tenga que soportar las ordinarieces de los taurinos, y vivir del precario sueldo de la información taurina.

¡Pacooo, acabo de encontrar a la mujer de tu vida! Veremos qué decide ahora el colega.