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El sabor de las bellotas Alfonso Navalón
Este largo puente de la Constitución ha servido para reconciliarme con la dureza de la vida del campo. Ayer eran las cinco de la tarde cuando llegaba a comer. Ayer, de pronto, me di cuenta que tenía las dos manos ensangrentadas de los desgarrones de las púas del alambre de espino. Me di cuenta que en esta mañana heladora de diciembre no se estaba mal en la solanera que cortaba el aire cierzo y de pronto me estorbaba el jersey y empezaron a caerme chorretones de sudor por el pescuezo. Entonces comprendí que estaba trabajando como no recordaba hacerlo hace mucho tiempo. Llega una etapa de la vida que empiezas a volverte comodón y si encima surge el trajín de las ferias, te acostumbras a la vida muelle de los grandes hoteles, el sibaritismo de los baños del mar y el refinamiento de las comidas en los restoranes postineros, cuando vuelves al campo no se te mete un oficio en las manos y te vuelves gruñón, sacándole defectos a lo que encuentras mal hecho. Pero te falta ya el arranque de "mientras lo mando, lo hago". Luego resulta que hoy por ti y mañana por mí, las cosas se quedan sin hacer. Haces una lista de lo que deben hacer esta semana y se la colocas en el panel que hay junto al teléfono. Cuando vuelva lo quiero ver todo hecho, pero cuando vuelves, todo sigue lo mismo o han preparado una chapuza para salir del paso. Y te vuelves a la vida cómoda de Salamanca para no llevarte más berrinches por aquello de que ojos que no ven... Hace tiempo que las vacas podían estar una semana a lo grande, aprovechando las bellotas del cercado de Las Matas, pero el cercado anda manga por hombro, se me saltan para los prados de mi pariente Gildo Grande y no quiero ya más disgustos. La última vez le puse los postes más espesos para que fueran tensando los alambres, pero ayer todo andaba poco más o menos. Me llevé por delante al vaquero y cogí unos alicates para enderezar la cerca. A las tres horas de brega ya no quedaba ni un hueco por donde puedan meter la cabeza ni las más golosas. Pero cuando volvíamos me paré a tapar un portillo del prado de Navagrande, que lleva tirado desde la víspera de Los Santos, con tan mala suerte que me tiré una piedra gorda y casi me revienta un dedo. Ahora estoy pasando el calvario para escribir esta crónica de urgencia y cada vez que me descuido y aprieto las teclas con el dedo herido, veo las estrellas y me cago en el obispo y en la madre que parió al puto portillo. Pasadas las cuatro y media se acabó la tarea y ya no volverán a tirarse las vacas. Pero a esas horas estaba reseco de la sed y muerto de hambre. No sé cuántos años hacía que no recogía bellotas del suelo. Bellotas dulces de 'El Berrocal' que me sabían a gloria cuando andaba con mi bisabuelo Xicote ayudándole a guardar las lindes cuando las fincas no estaban cercadas. Un sabor olvidado que me llevó a los tiempos en que nos juntábamos los muchachos en el campo y hacíamos lumbre para echarlas en una lata a la que hacíamos agujeros con una punta y nos sabían tan ricas como aquel cucurucho de castañas que nos costaba una peseta cuando íbamos los martes a Ciudad Rodrigo. Ayer volví a sentir el orgullo del trabajo y al llegar a casa me supieron a gloria unas patatas viudas y un filetón de la becerra brava que metemos en el arcón hecha raciones porque no hay carne más sabrosa que la de las vacas bravas que huele a tomillo y trébol maduro. Me he bebido media botella de buen vino y al terminar me repanchingué en en sillón al amor de la lumbre y la televisión sonaba sola porque me quedé dormido como un tronco. |