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¡A
coger algarrobas! (I) (La vergüenza de unos futbolistas pijos)
Alfonso Navalón
A esta piara de irresponsables que dicen representar a la selección española de fútbol había que darles un escarmiento sonado. Desde el bocazas del entrenador hasta el 'mítico' Zubizarreta se merecen un castigo ejemplarizante, al caer derrotados por un modesto equipo tercermundista que al menos supo sudar la camiseta y justificar un jornal, que al lado de las retribuciones millonarias de nuestros gandules, no se llevan más que una propinilla. Pero por lo menos le echan cojones. En estos casos deploro que España en vez de una democracia no tuviera una dictadura. Si el invicto caudillo tuvo la inmensa misericordia de perdonarles la vida a muchos supervivientes del ejército rojo, estimulado su desarrollo muscular para construir la Basílica del Valle de los Caídos y por Dios y por España cargaban con enormes bloques de granito para purgar su terrible pecado de salir derrotados en nuestra gloriosa cruzada. Para mantenerlos en forma nuestro generoso caudillo los sobrealimentaba con caldo aguate donde bailaban unas cuantas lentejas con los gusanos que alojaban cada una. Bien sabe Dios que entre mis personajes favoritos no están ni Franco, ni Hitler, ni Videla ni Pinochet. Pero si en estos momentos Dios me permitiera encarnar a cualquiera de estos benefactores de la humanidad, lo del bocazas del seleccionador y los maulas de los futbolistas lo arreglaba en un periquete: Los ponía a coger garrobas de sol a sol. Y no escribo algarrobas porque a estos jornaleros los llamaban 'garroberos' en la Castilla del hambre. Si en vez de tanto hotel de lujo, tanto cocinero privado, tanto médico, tanto masajista, tanto psicólogo y tanto yacusi, los tuvieran una semana con el gancho y la manija, seguro que salían al campo con más espíritu de lucha. Porque esto de los entrenamientos, las tácticas de relajamiento muscular y las teóricas de pizarra ya está visto que son una soplapollez a la hora de batirse el cobre en el campo. Si el presidente de la Federación Española de Fútbol no fuera otro soplagaitas que sólo sabe derrochar millones. Si tuviera un mínimo de cultura del deporte español, sabría por ejemplo que el famoso salto de Alvarado, en México lo ejecutó un montaraz sufrido que fue garrobero en su primera juventud. Pizarro que era más bien flacucho, adquirió su temple heroico gracias a las privaciones que pasó como porquero en Trujillo. De otro modo hubiera sido imposible conquistar todo un imperio con trece muertos de hambre. Pero aquella gente estaban entrenados racionalmente, como lo estaba el hercúleo Cabeza de Vaca. Casi todos fueron garroberos, menos los vascos que en vez de hacer futin como estos desaprensivos, levantaban piedras de doscientos kilos o se partían las manos haciendo restrallar la pelota contra el frontón. Ni el Villar ése ni el bocazas del seleccionador tienen la menor idea de que el ejército más adecuado para nuestros insignes futbolistas es ponerlos a coger garrobas. Un entrenamiento completísimo donde ejercitan todos los músculos del cuerpo, dándole elasticidad y reflejos para superar cualquier imprevisto en el terreno de juego. Consiste esta tabla de movimientos en estar en el tajo a punto de día, colocarse en la izquierda como una manija de cuero y agarrar con la derecha el gancho de hierro. Lo demás ya es coser y cantar. Como el paso lo marca el mayoral de la cuadrilla no hay más que seguirlo. Se doblan los riñones hasta dar con las narices a una cuarta del suelo. Se abarca con la manija un puñado de algarrobas y con la derecha se pega un tirón del gancho a ras de la tierra. Cada vuelta, sin levantar cabeza, era entre doscientos a quinientos metros (según la besana) se bebía un trago de agua (por la mañana fresca y calentorra a partir de las diez), se paraba media hora a las nueve para almorzar, torreznos, pan y vino a discreción. El vino era el linimento de aquellos atletas. A la una se paraban dos horas para comer y una breve siesta. El menú elaborado por el entrenador era invariablemente garbanzos. Seguían con doblango rengadero hasta las siete, donde tomaban el gazpacho de pan y cebolla con el aceite justo para no provocar ardores de estómago. Y otra vez surco arriba y surco abajo hasta que pasadas las diez de la noche se marchaba el sol por Portugal. Cenaban patatas y leche migada. Como quiera que este noble deporte del garrobero merece ser tratado con las debidas explicaciones técnicas y se me acaba el espacio, seguiremos el próximo día con esta fórmula mágica para lograr que nuestros gloriosos futbolistas regresen a la patria ondeando banderas victoriosas y no con el oprobio de la derrota. |