La ciudad tomada

Alfonso Navalón

 

Los lunes, además del aporte montaraz de los que vienen al mercado, es el día más tonto de Salamanca. Ni sabes dónde ir, ni encuentras a nadie y cada vez escasean más las mujeres que quieran salir a cenar ese día para luego encontrarse las discotecas cerradas. Pero mira por cuánto, el pasado fue un lunes divertido y aleccionador. Nuestra capital cultural del imperio se convirtió de pronto en un campo de entrenamiento de las fuerzas de seguridad que han desplegado todo un ejercicio táctico de cómo proteger a los jefes de Estado sin actitudes sigilosas ni disimulos que evitaran ver a Salamanca como una ciudad en estado de sitio, o recordar las lejanas medidas cautelares en los llamados períodos 'de excepción'. No quiero perderme este espectáculo de ocupación de calles, desalojo de coches, vallas protectoras, policías por los tejados (dicen que también por las alcantarillas) y el helicóptero sobrevolandolas torres góticas, románicas y platerescas de nuestro conjunto histórico artístico. Recuerdo, siendo todavía estudiante, la última visita del invicto caudillo Franco a nuestra ciudad como un juego de niños al lado de los del lunes.

Claro que en tiempos de Franco no cabía la posibilidad de que a ningún terrorista se le ocurriera descerrajarle un tiro detrás de los visillos de un balcón de la plaza. Aquellas fuerzas de seguridad y aquella policía tenían tan alto sentido previsor que para ahorrar estos despliegues, tantas dietas, desplazamientos, y estos elevados costos, metían en la cárcel a los sospechosos de desafección al régimen. Y en paz: Más sencillo y más barato. Y eso que entonces, la policía y los grises tenían que hacerlo todo a mano y a ojo. Sólo tenían ficheros y confidentes. Ahora tienen ordenadores y radioteléfono. ¡Así cualquiera! Por eso no me explico este barullo de uniformes y superagentes con el sonotone en la oreja y un pequeño micrófono oculto en la palma de la mano que se acercaban a la boca como si estuvieran dándose inhalaciones con un spray anticatarral. Lo que más me ha sorprendido es la desvergüenza de los chavales. Antes le teníamos respeto y un miedo indescriptible a los hombres armados.

Resulta que harto de guardar régimen decidí ir a comer un cocido a 'El Comercio' y la calle del Pozo Amarillo estaba limpia de coches y unos hombrones como armarios vestidos de azul, patrullando con armamento completísimo. Estas cosas me producen cierto desasosiego y si los toreros asumen el riesgo de su oficio no veo la necesidad de este despliegue espectacular para formar tanto alboroto ante el remoto riesgo que puedan correr unos cuantos políticos, cuyo sacrificio de dar su vida por la patria se supone como algo elemental. Mira por cuanto se acercan unos chavales a los dos fornidos policías de azul y le dicen que con el día que hace y sin abrigo pasarán mucho frío. Los guardias se ríen y les dicen que esos trajes son antitérmicos. Y los chavales les tocan las guatas de las rodilleras como si fueran un guardameta de la Unión. Luego en la plaza otros chavales piden que les dejen ver las pistolas y otro, más audaz todavía, los invita a que "detengan al padre de éste que se dedica a la droga". No comprendo cómo en este tipo de actos públicos no vienen los chavales de las escuelas aireando las banderitas, ni la indiferencia del vecindario de nuestra plaza con casi todos los balcones vacíos y sólo algún pequeño grupo de curiosos que trabaja en oficinas se asoman esporádicamente. Dos jefes de Estado, digo yo que deberían despertar más entusiasmo patriótico. Unos leves aplausos aislados en la zona de la calle Concejo que apenas dan motivo para hacer la vistosa foto de los presidentes saludando. El desfile militar tampoco despierta fervores marciales. A mí de niño los himnos militares me ponían la carne de gallina. He visto todo esto desde un balcón y perdí la curiosidad. Sobre todo cuando no vi al Alcalde Lanzarote salir a los medios para ofrecerle las llaves de oro de la ciudad. Y me dio mucha pena que nuestro presidente resultara tan bajito al lado del francés. Y que no apareciera por ninguna parte Ana Botella.

Menos mal que me di cuenta que tenía que ir a recoger unos pantalones, porque con esto de adelgazar, han tenido que cogerle una pinza porque parecían alforjas. Tomando un café en el Novelty vi a dos pasos a ese curioso ejemplar de Miguel Ángel Rodríguez y me sorprendió que sólo llevara un guardaespaldas. Y además muy bajito.