A don Esbelto

Alfonso Navalón

 

El Innombrable en el mundillo taurino es un gacetillero andaluz que en ferias escribe en el periódico de los fachas salmantinos. Se le llama así porque es gafe y nada más mentarlo sucede alguna desgracia. Ya sé que mi amigo el esbelto letrado no se refería a mí en tal sentido, sino a las severísimas órdenes impartidas en su periódico para que no se mencione mi nombre. Por eso en la Avenida de los Cipreses soy el 'Innombrable'. Salvo Pedro Casado, que algunas veces hasta me nombra porque no entra en estas guerras infantiles. Don Esbelto, que es disciplinado y ejemplarizante, no quiere abusar de su categoría estelar y acepta las normas como si fuera un humilde asalariado. En cambio, en este periódico había más motivos para no nombrarte, pero aquí nadie pone coto a nuestra amistad. Sólo por eso no voy a pasarme en la respuesta. Pero esta situación de pintoresca beligerancia por escribir en medios distintos, supongo que no te frenará el día que tengas que hacerme el epitafio. Y hasta me imagino que ya lo tienes medio hecho, porque me has dicho muchas veces que el día que me muera vas a disfrutar echándome flores. Pero, tiempo al tiempo, esa crónica te la dedicaré primero, y barrunto que te vas a quedar con la gana de escribir tu sentido responso literario. No olvides que los ricos católicos y de derechas suelen morirse antes que nosotros, los que éramos rojos; aunque, bien mirado, yo he vivido mucho mejor que la mayoría de los fachas y he golfeado sin tapujos, y eso que tú, a lo zorro, también has sacado buena tajada. Mientras tanto, que se retrase todo lo posible la congoja de verte convertido en estatua yacente con hábito de la hermandad del Cristo de Cabrera y la Cruz de San Raimundo de Peñafort sobre el pecho. Tú vas a ser un muerto de mucho respeto. Yo en cambio todavía no sé de qué me vestirán, porque me voy a morir sintiéndome todavía pandereta de la Tuna y no me parece serio que me amortajen de esta guisa. Tampoco es cosa que me pongan los zahones, porque no los uso más que para torear, y jamás han servido para ejercer de señorito terrateniente. Lo tuyo es mucho más fácil porque con el hábito de cofrade o la toga quedas de lo más propio. Bueno será que nos tomemos a broma estas cosas tan serias, porque de aquí a entonces tendremos que soportar más privaciones de las previstas. Mayormente yo, que además he caído en las limitaciones del monógamo y considero ya cerrada mi apretada hoja de servicios galantes. Reconoce que esto limita mucho el arco vital. Tú en cambio tienes todos los requisitos para ser un atildado viejo verde, porque en cuanto te quites ese buche que estás echando recuperarás la espigada apostura manoletista y, como además eres discreto y paciente, no te faltarán ocasiones de lances placenteros. Pero líbrete Dios que se entere doña Lisarda, porque entonces eres hombre muerto, como lo fui yo cuando mi difunta esposa me pilló en pelotas en el sofá del palco de la plaza con aquella francesa que era profesora de lengua española. Reconoce que una mujer con dominio de la lengua nos puede buscar la ruina llegando a ciertas edades. Guárdate de las expertas en lenguas. Ya estarás mosqueándote al ver que esta crónica se va por los cerros de Úbeda, pero en el fondo sólo trato de escandalizar un poco a los pacatos gobernantes de tu periódico. No tiene fundamento eso de declararme innombrable. Ni el miedo que me tienen. Es curioso que cuando debería estar jubilado me sigan mentando por el ancho mundo. Me ha sorprendido que esta feria media Salamanca se acostara conmigo escuchando los coloquios televisados, mientras ese pequeño grupo de conservadores se empeñan en negarme. Por eso, valoro más el calor humano de tu crónica burlando las normas. Pero ya va siendo hora que recobres la raíz de lo lígrimo, sobre todo ahora que andas descubriendo encinas. Estás en lo cierto sospechando que iba a tirarte algún puyazo, porque de tus años vividos en Madrid se te ha pegado la gilipollez de confundir la ll con la y griega. Se te ha olvidado aquello de pollo, pollino y poyo. Ya que los correctores de tu periódico no se enteran, un estilista del idioma como tú no puede escribir puya con elle. O sea, que la puya te la has puesto tú solito. Y vamos a seguir los dos con ese respeto que nos tuvimos siempre. Si te sales con la tuya y me muero antes, cuando esté en las últimas pensaré: «¿Qué escribirá mañana Alberto en la puta Gaceta?»...