Contestando tres mensajes

Al italiano Carlo, a Concepción en Canadá y a Carmen, una capeísta encabronada

Alfonso Navalón

 

De los últimos mensajes recibidos por esta tribu de románticos que me siguen leyendo hay dos que me han hecho cosquillas en el alma y escarbando con nostalgia en los recuerdos de una juventud que se fue hace un montón de años. Me han despertado melancolía y cariño. Sobre todo por la fidelidad que permanece a pesar del tiempo.

No sé si Luis Francisco Concepción que vive en Montreal, por encima del déspota de Bush, sabrá que cuando yo estudiaba sexto de bachiller en Salamanca me paraba siempre en el escaparate de un fotógrafo taurino. Se llamaba Horna y tenía el estudio en la calle de la Rúa, frente a la Casa de las Conchas.

Era un viejecito paciente, orondo y gran aficionado porque iba a los tentaderos con los toreros nuevos, los que casi no se habían vestido de luces y pasaban los duros inviernos, viajando como podían a las fincas donde había tentadero a esperar que el ganadero se dignara dejarle dar unos muletazos. Los había pobres de solemnidad y otros con más posibles que vivían decorosamente en un pensión.

Uno de estos era un novillerito prometedor que se anunciaba como Luis Mª Concepción y se gastó un dineral en una docena de fotos que adornaban la vitrina del viejo fotógrafo de la Rúa. Había una que coincidía con mis hechuras. Naturalmente, estaba casi de espaldas porque siendo un mozo bien parecido yo era bastante más guapo. El caso es que podían confundirlo conmigo.

Yo entonces iba a muchos tentaderos pero casi no tenía fotos toreando. Tenía en cambio un amorío tonto con una chavala que vivía en Las Teresianas y para deslumbrarla entré en la tienda del fotógrafo y compré la de tu padre que parecía mía.

La esperé al salir de clase y se la entregué dedicada: ¡Toma para que te convenzas de lo bien que toreo! Y aquel anochecer en el Patio Chico de la Catedral me dio su primer beso. Un beso que iba dedicado a la foto de tu padre. Ahora con el paso de los años ya no me avergüenza confesarlo porque en aquella época era difícil ligar y había que echar mano de todos los recursos. Como esta historia no la conoce ni tu padre te la cuento correspondiendo a cariño que me tienes sin conocernos.

Carísimo Carlo Crosta: Todavía conservo en "El Berrocal" el recuerdo que me trajisteis hace ya un montón de años, con el anagrama de vuestra insólita Peña, sobre la bota de la querida Italia. Al cabo de tanto tiempo tengo un pequeño lío por si se trata de la misma peña que la de Milán. De todas las formas tú estabas mucho tiempo en Madrid. Gozando de una fiesta más auténtica que la de ahora y de otras corridas de distinta índole con las que dabas gusto al cuerpo y al espíritu porque tú eres de los que se asomaban a los tendidos con alma de Casanova. Y doy fe que alcanzaste grandes éxitos. Ahora que nos van venciendo los años recuerdo tu apostura y los ratos felices que le robábamos a la vida bohemia y ensoñadora. ¡No te quedará pena de lo que has corrido!

Recuero aquella vez que fui a dar una conferencia a Milán. Recuerdo la visita al Duomo, a los frescos de Miguel Ángel (¿O era de Leonardo Da Vinci?) que estaban restaurando en una vieja iglesia y a la soberbia galería comercial decimonónica. Con sus brillantes cristaleras. Allí nos encontramos a un famoso ganadero portugués, católico y de derechas que iba con una mujer espléndida (tan distinta de su pacata señora) y se quedó de piedra al verse descubierto en su horrendo pecado de adulterio. Aquel viaje (aparte de poner a prueba mi sabiduría torera en el coloquio) se remató con una cena memorable donde no faltó la langosta ni los exquisitos vinos. Ya ves que somos "amigos" perdidos, ya por tantos años, porque ha bastante un mensaje tuyo para reverdecer aquellos recuerdos inolvidables. Ahí va mi abrazo. Y si vienes por aquí, ¡llámame!

Pd.: A mi todavía no se me arrugan los pantalones. Supongo que a ti tampoco.

Carmen

Lla capeísta está molesta porque me ocupo de dos toreros tan malos como los que ella tiene el pésimo gusto de admirar.

No puedo dejar de hablar de los dos. Del padre porque quiere hacerse pasar pos figura, cuando sólo fue un torero rabiosete y tramposillo sin clase ni empaque de figura. Al hijo porque es mucho peor que otros jóvenes con méritos para ser toreros y les está quitando el puesto al gozar de un montaje. Si no fuera hijo de El Capea ni siquiera habría debutado con picadores por que manifiesta bastedad y torpeza.

Pero el chico da juego y como yo no vivo de contar mentiras como casi todos los lameculos del periodismo, me divierto contando la verdad que otros ocultan. Y porque toda la vida los castellanos se han reído del tonto del pueblo. ¿Comprendes, Carmen? ¡Qué te alivies!


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