Se ha perdido la cátedra de los tentaderos.

Alfonso Navalón

 

Durante muchos años la única escuela de hacer toreros eran las capeas magníficamente descritas en un libro de Eugenio Noel, el primero y el más furioso antitaurino de la historia que siendo un acérrimo enemigo de la fiesta y del flamenquismo demostró ser un gran aficionado al vivir intensamente el mundo de la corridas pueblerinas.

Era un aprendizaje durísimo y muchas veces cruel porque los soñadores de toreros tenían que pasar tragos dificilísimos. Casi todo el ganado era de media casta o estaban toreados varias veces. Sobre todo las vacas cinqueñas. Pero además estaba el peligro de los públicos rurales, muchas veces más crueles que los toros, cuando el torerillo venia huyendo del marrajo. El publico le daba garrotazos en las manos al tratar de subirse a las talanqueras o a los carros. Si estaban mal los apedreaban o los tiraban al pilón. Tenia que dormir en pajares y matar el hambre robando gallinas, uvas, higos y melones.

Luego se humanizó todo mucho más y los tentaderos fueron la mejor escuela para conocer los secretos de la lidia. Pero la mayoría de los aspirantes tenían que pasar también su calvario de colarse en los trenes burlando el revisor, ir en bicicletas o hacer dedo en las carreteras, El destino de los que estaban invitados era la tapia y muchas veces volvían sin dar ni un muletazo porque la figura de turno dejaba las vacas muy agotadas o al ganadero no le daba la gana que salieran.

Viven como señoritos.

Ahora todo se ha humanizado y hasta los más modestos van en coche propio hasta degenerar en los que tienen padrino y llegan impecablemente vestidos, con mozo de espadas y un banderillero para que los ayude a parar las vacas difíciles. Antes los toreros vivían en casa de los ganaderos y se pasaban largas temporadas aprendiendo los secretos del toro en el campo y las enseñanzas de los viejos mayorales o de los toreros antiguos que los acompañaban como consejeros y maestros.

Ahora van y vienen en el día, desde Madrid a Salamanca. Torean mecánicamente un par de vacas y no se paran a las tertulias de la merienda donde antes se comentaba minuciosamente el juego de las vacas y el comportamiento de los toreros. Antes se iba a los tentaderos para aprender con las vacas difíciles para estar preparados cuando le salga en el ruedo un toro con problemas. Ahora a las malas se las quitan de en medio sin pelearse, sin tratar de dominarlas y se divierten con la noble docilona que se deja dar cien pases sin mirar al torero. Recuerdo lo que se aprendía en cada tentadero con Domingo Ortega, las dos veces que estuve en su finca, o con Pepe Luis Vázquez que nos pasábamos semanas enteras por las ganaderías andaluzas, con Antonio Bienvenida, pongo por caso de grandes figuras que iban al campo con la responsabilidad y la desmedida afición que conservaban después de retirados.

Las vacas toreadas.

Luego está lo de las vacas toreadas que ahora ha desaparecido como eficaz preparación de los grandes toreros. Todas las figuras de antes cuando ya habían toreado un numero considerable de becerras y la temporada ya estaba cerca les gustaba medirse con las vacas viejas que lo que más le valía para ponerse a punto. Porque muchas salían "olvidadas" y eran lo más parecido al toro porque embestían con más aplomo y tenían más respeto y mas trapío que las becerras Hasta hace 20 años todos los toreros de cierto fuste le pedían a los ganaderos amigos dos o tres tentaderos de diez o doce vacas toreadas y para darle mas realismo se ponían un traje de luces viejo, con la excepción de Luis Miguel Dominguin que trajo la horrenda moda de torear con chándal en el campo

El placer de hacerle faena a un a vaca toreada no se podía sentir con una becerra por mucha clase que tenga. De los muchos toreros grandes que han pasado por mi ganadería me gustaba sobre todo ve a los viejos ya retirados. Un día llegó Manolo Escudero, con cerca de sesenta años para recoger un novillo que iba, sin sortear, para un festival que toreábamos juntos en Navarra y en ese momento llegó un camión con veinte vacas que le había comprado a Beca Belmonte, todas paridas con macho, para hacer un negociete porque no me interesaba el encaste Núñez, teniendo en casa las gracilianas de Manuel Arranz. Cuando las desembarcamos en el corral Manolo Escudero sentí la tentación de torearlas y le apartamos las tres que más le gustaron. Lo ayude con el capote pero el solito las toreo a todas con la muleta y además eligió con acierto porque solo una salió con resabios y peligro Las otras dos fueron noblotas y muy suaves Escudero toreo a placer y aquí viene lo mas gracioso porque cuando más confiado estaba tiro la muleta y salió corriendo despavorido. La causa de su repentino pánico era que le había picado una avispa de un pequeño enjambre que había en un agujero de la pared de la plaza. No le dio miedo de una vaca gorda y astifina y perdió los nervios por la picadura de una abeja insignificante.

No quieren aprender

Fijaros como cambian los tiempos: Un día estábamos tentando con Manzanares y el Capea (¡las vueltas que da la vida!) y por equivocación salió una vaca toreada que le tocaba a Manzanares. Al primer capotazo se dio cuenta y se metió en el burladero. Le explique que es bueno enfrentarse al ganado toreado para aprender a estar luego ante un toro difícil. Contestó "No me he puesto jamás delante de una toreada" ¡Ni pienso ponerme!. Pues en eso no te pareces a Joselito El Gallo que se enfrento a camadas enteras de vacas toreadas de Veragua y Miura para conocer todos los secretos de la Lidia. No me extraña que luego estuviera doce temporadas seguidas sin cortar ni una solo oreja en Madrid porque no entendía los toros que no le gustaban. En cambio a esa misma vaca salió el Capea y se arto de darle pases . Desde entonces cada vez que Capea iba a mi casa le gastaba la broma de soltarle una vaca toreada hasta que una le atropello contra la puerta de salida (su querencia natural) y ya no volví a darle ningún susto.


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