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Paseando por un cementerio La soledad del jefe de prensa |
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Alfonso Navalón |
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Ya dije que a media corrida el aburrimiento y el frío me echaron de una cómoda delantera de palco. En Madrid queda el recurso que si el festejo va mal te bajas a los bares y sigues la corrida por los monitores si es que pudiera pasar algo que valga la pena. Es la primera vez en más de medio siglo de aficionado que me pasaba una cosa así. Y creo que acerté. Porque rodeando la barra estaban otros muchos que han recorrido todas las ferias de España, como el primo de Julio Robles y dos seguidores de José Tomás que me daban la tabarra en todas partes. Aquello parecía un velatorio. Pero hubo dos personajes que centraron este matiz pesimista de la tarde. Pacorro, un viejo banderillero y José Manuel Carril que durante muchos años ha sido el jefe de prensa de Las Ventas, acabaron riñendo por una tontería de nada. Carril quiere dejar la suite del Hotel Wellington para volverse a su pueblo. Pacorro se extraña que viviendo gratis en un hotel de lujo quiera marcharse. Y Carril pone cara de perro para explicarle que no ha vivido de gorra y paga religiosamente su estancia. Pacorro se engalla y se va. Conserva todavía hechuras de torero y esa cara de malo de película del Oeste. A Pacorro lo he visto muchas madrugadas de copas metido en la golfería de los toreros antiguos. Ahora se irá a casa a ver la televisión y cenar verduras con agua mineral. Carril se ha salvado de los estragos de los años conservando ese aire especial de los de "Madridolid", su casticismo en el hablar y esa recámara de pícaro o de enterado. Se le nota fuera de ambiente. Como un personaje que sobra en el cuadro. Y se quiere ir. Ya no es el jefe de prensa de los Lozano que le dieron cobijo y autoridad, cuando el periodismo empezaba a ponérsele difícil. Y de pronto se vio con más mando que un redactor jefe. Como si fuera el director de "El Norte de Castilla" porque toda la prensa de Madrid y los que venían de provincias en días señalados tenían que pasar por su despacho a hacerle la reverencia. Carril era el amo de los pases de prensa. El que podía dar una localidad magnífica (incluso unas barreras que habían sobrado a última hora) o un pase sin numerar y "colócate en las escalerillas o donde te salga del pijo". Ahora anda por allí con aire de hastío. Su despacho está cerrado y nadie figura en su puesto. Dice que ha desaparecido la mesa de ordenadores y que sólo hay unas cabinas telefónicas en la sala vacía. Echa de menos muchas cosas dando a entender que el cambio de empresario no tiene previstas muchas cosas para que todo funcione con regularidad. Carril sale por el desolladero
y se pierde en esa terrible soledad de las multitudes de las grandes
ciudades. Está pasando ese trance desolador de "haber sido" cuando
cada mañana se convierte en el hastío de no tener nada que hacer.
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