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¿Dónde está la plaza de Madrid? El desencanto de la corrida concurso |
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Alfonso Navalón |
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Contemplé el primer gran compromiso de la afición madrileña desde la comodidad de la delantera de un palco, localidad adecuada para los que ya vamos vencidos por los años. Tienes barandillas para apoyarte y banco con respaldo. El sopor del aburrimiento o de una buena comida, te lleva a la tregua de una cabezadita, sin llegar a los extremos de Ignacio Aguirre que invariablemente se pasaba dormido los tres primeros toros con la modorra del güisqui. Este es uno de los disparates de esta plaza. El tal Aguirre Borrell, tenía cédula de gran aficionado entre la afición madrileña y formaba parte de varios jurados, cuando es notorio que no se enteraba de la mitad de la corrida. Ni me fijé si estaba Ángel Luis Bienvenida, respetado como una vaca sagrada y con tan poco contenido como el hermano del traficante de armas. Es el símbolo de la dinastía Bienvenida, donde sólo ejerció como acompañante de su hermano Antonio y su brevísimo paso por los ruedos no dejó rastro para que ahora le concendan trato de "maestro" cuando desapareció del escalafón sin haber entrado en combate. Cualquier tercerín del toreo, tiene un historial más digno: Chanito, Paco Corpas, El Puri, Santiago Luguillano estuvieron más tiempo y con más honra dentro del traje de luces. Y nadie los conoce. Pero vayamos a la realidad de media plaza vacía cuando se había convocado la resurrección de las olvidadas corridas concurso, con el aliciente de competir solamente toros de Santa Coloma. Había espectación y llegaron grupos de Bilbao, de Logroño, de Zaragoza, Salamanca o Castellón para estar en la rueda de prensa mañanera más forasteros que madrileños. Lo demás es para olvidarlo. La casta de Santa Coloma como supuesta reserva de la bravura se diluyó en seis toros vulgares, donde no apareció lo que buscaba el público. El primero de La Quinta jamás debió pasar el reconocimiento por su escaso trapío. Y nadie protestó. El sexto de los nietos de José Escobar y supuesto descenciente de los míticos gracilianos, con hechuras totalmente fuera de tipo, demostró que de sus orígenes sólo tenía el nombre. Fue delirante la ovación de salida al de Victorino como prueba de la manipulación del público cuando el toro no hizo honor a la leyenda. El de Adolfo Martín, con más cuajo, fue asesinado en varas, saliendo del primer puyazo entre dos charcos de sangre. El público, supuestamente entendido, no se enteró de nada y sólo ante los hechos consumados, abroncaron al picador cuando ya se iba. No faltó un toro de Cuadri que se negó a ir al caballo. Ante lo cual abandoné la localidad para seguir la corrida desde los monitores de los bares, donde encontré a muchos viejos aficionados que decidideron acabar el festejo de espaldas al ruedo, ante la decepción de una tarde sin toros ni toreros. Había entre estos entendidos una clara decepción, ante el triste porvenir de seguir soportando los borregos de Domecq, Atanasio o Núñez del Cuvillo. No queda otra cosa. La añorada bravura de Santa Coloma también ha huido de las plazas para darle la razón a los toreristas del clavel que sólo van a pedir orejas sin mirar al toro más que como un colaborador de la figura. Ahora nadie podrá reprocharle al empresario que haya llenado San Isidro de ganaderías dulzonas para complacer a esos clientes de las entradas caras que el domingo estaban vacías. Los del clavel se habían ido a la corrida rosa de Ronda y a la de Sevilla, donde una vez más el toro ha sido sólo una disculpa para consagrar a El Cid, un torero largos años perdido y que por lo visto, ahora es el mejor. No he tenido prisa en escribir este comentarios que seguramente se publicará una semana después de los hechos. En casos como este no hay ninguna urgencia en dar las malas noticias. Lo raro es que después de tan
mala tarde y ante el panorama que se avecina, se empeñan que vuelva
a dar los coloquios en San Isidro. Y encima, televisados. Hacía más
de veinticinco años que se acabaron aquellas reuniones multitudinarias
de medianoche donde se marcaba el pulso de la feria y donde se ponía
a cada cual en su sitio. Ahora tengo la curiosidad de saber si quedan
en Madrid medio millar de aficionados para debatir sobre una fiesta
que se nos muere de asco. |