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Todo
lo contrario al tentadero de Villavieja
fue la encerrona que me preparó el marido de dona Eusebia Galache. Es Habacuc Cobaleda
el ganadero más divertido de Salamanca, siempre propenso a la broma
y el buen humor. Todavía ahora con más de noventa años se mantiene
jovial y aprovecha cualquier conversación para dar la nota de humor.
Resulta que yo iba mucho a los tenderos de su cuñado Paco
Galache, en la dehesa de “Hernandinos”
donde vivía en los inviernos Manolete.
Paco era un hombre muy prudente y a pesar de las duras críticas
que dediqué muchas veces a sus solicitados “guirlaches” manteníamos
una buena amistad. Incluso mi hermano Carlos
le cambió dos partes de la Dehesa del Águila por un piso en la plazuela
de San Juan de Sahagún donde vivió con
su mujer Encarnita hasta su muerte.
Paco
era muy cumplidor con sus amigos. Cada vez que iba a tentar a su
casa siempre me elegía las eralitas más cómodas y de mejor nota
para que me fuera contento. Recuerdo que un día de Santiago me llamó
para echar un mano a mano con la disculpa de probar las primeras crías
de un semental nuevo. Paco toreaba muy bien dentro de un estilo
amanoletado pero como era muy tímido evitaba torear con
público. Aquel día encerró cuatro becerras para los dos y salieron
tan nobletas que cuando yo terminé de torear la segunda dijo: “Por hoy ya hemos matado el vicio. Así que dejamos las otras dos para
otro día y las cogemos con más ganas…”
Cuando
al cabo de muchos años de conocernos, su cuñado Habacuc
me invitó a tentar en su finca me acompañó Paco
Galache porque “este cuñado
es el mismo demonio y es capaz de gastarte alguna de las suyas…”
Decía esto mientras subías las escalerillas de los chiqueros y yo
andaba preparando los trastes de torear.
De
pronto lo oía discutir con Habacuc
muy enfadado: “Esto no se
hace con un amigo”. Y el otro muerto de risa le contestaba:
“Pues si anda siempre pidiendo los toros grandes, creí que también le
gustarían las vacas así”. Pasmadito me quedé cuando en vez de
cuatro becerras me encontré enchiqueradas unas
vacas grandes, cuajadas y cornalonas.
No
había ningún torero y sólo me acompañaban dos aficionados de Madrid
que de vez en cuando les gustaba dar unos pases cuando salía una
becerra fácil. Uno era Eduardo González Velayos,
presidente del Colegio de Aparejadores de Madrid y miembro del Consejo
de Administración de Las Ventas. El otro
Manolo Sánchez Cano que tenía un negocio de automóviles. Se
quedaron de piedra al ver las “becerritas” con las que esperaban
divertirse. Además el ruedo estaba lleno de hoyos y el travieso
ganadero esperaba pasarlo en grande a costa de nuestros miedos.
Pero
lo pasamos muy bien porque entonces las urcolas
de aquella ganadería salían con mucha clase y nobleza. Se dejaron
torear divinamente y tomaban la muleta con tanta bondad que no asustaban
sus tremendos pitones.
Luego
en la casa, el ganadero nos dio una merienda por todo lo alto y
siguieron las bromas porque le hicimos una foto con un sable de
gala que tenía colgado en el salón. De cuando era capitán de caballería.
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