La otra broma de Habacuc Cobaleda

 

Cambió las becerras por cuatreñas

Alfonso Navalón

 Todo lo contrario al tentadero de Villavieja fue la encerrona que me preparó el marido de dona Eusebia Galache. Es Habacuc Cobaleda el ganadero más divertido de Salamanca, siempre propenso a la broma y el buen humor. Todavía ahora con más de noventa años se mantiene jovial y aprovecha cualquier conversación para dar la nota de humor. Resulta que yo iba mucho a los tenderos de su cuñado Paco Galache, en la dehesa de “Hernandinos” donde vivía en los inviernos Manolete. Paco era un hombre muy prudente y a pesar de las duras críticas que dediqué muchas veces a sus solicitados “guirlaches” manteníamos una buena amistad. Incluso mi hermano Carlos le cambió dos partes de la Dehesa del Águila por un piso en la plazuela de San Juan de Sahagún donde vivió con su mujer Encarnita hasta su muerte.

 Paco era muy cumplidor con sus amigos. Cada vez que iba a tentar a su casa siempre me elegía las eralitas más cómodas y de mejor nota para que me fuera contento. Recuerdo que un día de Santiago me llamó para echar un mano a mano  con la disculpa de probar las primeras crías de un semental nuevo. Paco toreaba muy bien dentro de un estilo amanoletado pero como era muy tímido evitaba torear con público. Aquel día encerró cuatro becerras para los dos y salieron tan nobletas que cuando yo terminé de torear la segunda dijo: “Por hoy ya hemos matado el vicio. Así que dejamos las otras dos para otro día y las cogemos con más ganas…”

 Cuando al cabo de muchos años de conocernos, su cuñado Habacuc me invitó a tentar en su finca me acompañó Paco Galache porque “este cuñado es el mismo demonio y es capaz de gastarte alguna de las suyas…” Decía esto mientras subías las escalerillas de los chiqueros y yo andaba preparando los trastes de torear.

 De pronto lo oía discutir con Habacuc muy enfadado: “Esto no se hace con un amigo”. Y el otro muerto de risa le contestaba: “Pues si anda siempre pidiendo los toros grandes, creí que también le gustarían las vacas así”. Pasmadito me quedé cuando en vez de  cuatro becerras me encontré enchiqueradas unas vacas grandes, cuajadas y cornalonas.

 No había ningún torero y sólo me acompañaban dos aficionados de Madrid que de vez en cuando les gustaba dar unos pases cuando salía una becerra fácil. Uno era Eduardo González Velayos, presidente del Colegio de Aparejadores de Madrid y miembro del Consejo de Administración de Las Ventas. El otro Manolo Sánchez Cano que tenía un negocio de automóviles. Se quedaron de piedra al ver las “becerritas” con las que esperaban divertirse. Además el ruedo estaba lleno de hoyos y el travieso ganadero esperaba pasarlo en grande a costa de nuestros miedos.

 Pero lo pasamos muy bien porque entonces las urcolas de aquella ganadería salían con mucha clase y nobleza. Se dejaron torear divinamente y tomaban la muleta con tanta bondad que no asustaban sus tremendos pitones.

 Luego en la casa, el ganadero nos dio una merienda por todo lo alto y siguieron las bromas porque le hicimos una foto con un sable de gala que tenía colgado en el salón. De cuando era capitán de caballería.  

 


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