Los desvaríos de Juan Carlos en "La Gaceta"

Confunde a Manili con Pedrín Benjumea

Y se olvida de cuando toreábamos festivales

Alfonso Navalón

De vez en cuando leo lo que escribe Juan Carlos Martín Aparicio en La Gaceta, donde según me cuentan está prohibido escribir mi nombre. Admito que haya cronistas tan calzonazos para soportar este tipo de censura, pero de ahí a falsear los hechos va un abismo. No sé por qué Juan Carlos de vez en cuando me tira algún derrote sin venir a cuento, pero no le doy importancia porque casi siempre obra “apitao”por otros que no se atreven a dar la cara. Lo que me asombra es que siento algunos años más joven que yo, ande ya con la memoria senil y desenfoque los recuerdos de su propia vida. O se ponga a fabular cosas que sabemos todos.

Hace poco contó un episodio de una noche en Zaragoza donde yo fui el causante de todos aquellos disparates que vivimos juntos y cuando se pone a contarlo no tiene nada que ver con la realidad.

Veamos: Hace ya muchos años estaba servidor haciendo la feria de Zaragoza siendo empresario José Antonio Chopera, en representación de su tío Pablo y de Balañá que llevaban la plaza a medias. Una noche El Pantera me comentó que había rechazado una corrida y a esas alturas de la temporada ya no encontraban toros. Le dije que hace poco había visto una corrida en “Carreros” que podía valerle y me encargó que mandara recado al ganadero para que la llevara. Juan Carlos embarcó la corrida y se vino a Zaragoza, adelantándole que no se preocupara por la habitación porque podía compartir la mía en el Gran Hotel. Pero mira por cuanto esa noche me salió un compromiso para practicar el francés en la cama (que es como mejor se aprenden los idiomas) y no era cosa de compartir la clase con Juan Carlos. El conserje, que era amigo, me dijo que la habitación de Pedrín Benjumea iba a estar libre toda la noche porque llegaría al día siguiente. Así que dejé a Juan Carlos acomodado en la cama del feísimo torero de Palma del Río y me fui a practicar la apasionante clase de francés.

El torero adelantó el viaje y se presentó a las cinco de la mañana organizando un gran escándalo al ver su habitación ocupada por un intruso. Ya podéis imaginar el susto que se llevó Juan Carlos al despertarse frente al rostro alucinante de Benjumea. Así que pasó el resto de la noche en una butaca del salón. Lo que no me explico es a cuento de qué viene confundir a Benjumea con Manili, que entonces ni siquiera había tomado la alternativa.

Lo más gracioso ocurrió al día siguiente después de la corrida, donde conseguimos que se lidiaran cuatro toros de los ocho que trajo. Como ya se había ido la profesora de francés y por aquel entonces yo tenía muchas “conocencias” en la capital maña, nos fuimos a cenar con dos distinguidas señoritas de la alta sociedad. La mía tenía una tienda de modas. La otra era hija del gobernador militar.

Después nos fuimos a bailar al “Cancela” la discoteca de moda que luego compraría José Luis Marca. Juan Carlos estaba más a gusto que un marrano en una charca pero no pudo rematar la faena. En cambio estaba todo ufano porque al llevar a la chica, los centinelas lo saludaron militarmente al pasar con el coche por el cuerpo de gloria, mientras yo cantaba la jota de Aragón en el apartamento de la modista.

 Imprudencia temeraria

Juan Carlos en su apasionamiento por seducir a la generalita le enseñó fotos de la finca y le dio su tarjeta, quedando la chica vivamente impresionada ante la posibilidad de convertirse en terrateniente y ganadera.

Así que dando por hecho un noviazgo serio y duradero le escribió a Juan Carlos una carga con foto recordando lo bien que lo había pasado en “Cancela”. La fatalidad del destino hizo que la bella Julia, esposa de Juan Carlos, recogiera ese día el correo y se enterara de sus andanzas en Zaragoza. Ya podéis imaginaros el cirio que se armó. Fue una imprudencia temeraria.

Querido Juan Carlos: Ya que te pones a contar historias del pasado debes ofrecer al lector la verdad de lo que pasó. Y mete la cabeza en un ordenador para no confundir a Benjumea con Manili, aún siendo los dos horrorosos de fachada.

 El festival de Vitoria y el de Trujillo

Por aquel entonces fundé la “Asociación de Toreros Aficionados” para actuar desinteresadamente en cuantas obras benéficas nos solicitaran. La aventura no podía ser más apasionante y divertida y durante bastante tiempo me tocó organizar todo aquello. Como es natural me ponía fijo en todos los carteles y luego me tocaba templar gaitas con los que se quedaban fuera. A Juan Carlos los puse en casi todos los festivales porque me divertía mucho y siempre le pasaba algún disparate digno de recordar.

Juan Carlos cuenta ahora una versión que no tiene casi nada que ver con la realidad. Para empezar no menciona ni la cuarta parte de los que participaban. Recuerdo a José Luis Garcigrande, Rafael Yagüe, Pepito Villegas, Javier Arjona, Juan Pedro Domecq, Curro López Chavez (que sólo toreó en Haro), Antonio Gallardo y una sola vez también actuó Alipio Pérez Tabernero en Vitoria. Alguno se me olvidará. Como picadores iba el Conde de la Maza, que nos llevó a Vitoria en un Rolls Royce con la pierna de picar encima de la baca, para que se viera bien. Picadores fueron también Borja Domecq y Miguel Higuero. De banderillero llevábamos varios matadores de toros entre ellos  Victoriano Valencia. De mozos de espadas hacían los vaqueros de cada señorito ganadero. Yo entonces ni era señorito ni ganadero.

 El pase de la bañera

La presentación de nuestra Asociación fue en Trujillo el 12 de octubre con motivo de las celebraciones de la Hispanidad que organizó el alcalde y nos hospedamos en el lujoso parador que hay en la entrada. La habitación de Juan Carlos estaba al lado de la mía porque no quería perderme el ceremonial que se trajinaba como si fuera una figura del toreo. Desde el batín de seda hasta el manojo de medallas de oro, con pijamas y camisas con el hierro de la ganadería bordados.

Llevaba un neceser con todo tipo de colonias, cremas y demás artículos “embellecedores”. La noche anterior nos fuimos de parranda por el pueblo pero Juan Carlos y otros pocos se quedaron en el hotel conscientes de su gran responsabilidad. Cuando volví de madrugada, Juan Carlos no debía haber pegado ojo soñando con el triunfo que le esperaba. Aunque la realidad fuera todo lo contrario. Acababa de dormirme cuando sentí un gran estrépito y lamentos de mi vecino. Al entrar lo encontré en el cuarto de baño rodeado de todos los frascos y potingues del neceser. Y me explicó que como no podía dormir de los nervios se puso a ensayar la faena que pensaba hacer al día siguiente. Para darle más realismo se sentó al borde de la bañera para dar el pase del estribo. Como siempre anduvo torpe de piernas o porque se tropezara con sus prominentes juanetes, el caso es que resbaló y agarrándose a lo que pudo echó abajo la estantería donde tenía los potingues. Así pasó y así os lo cuento.

Luego en la plaza el público no guardó el menor respeto a los señoritos y hubo hasta alteración de orden público y peligro de la integridad física de Javier Sánchez Arjona que, ante la lluvia de botellas de cerveza, no se atrevía a descabellar al novillo que se había refugiado en tablas, bajo el sector de los espectadores más furibundos. Fui a darle ánimos: “¡Vamos, Javier, acaba ya!”. “Atrévete tú a pasar si tienes cojones”, me contestó señalando el montón de botellas que nos separaba del novillo.

A Juan Carlos le pasó algo muy chusco. Como no había ensayado la faena con el novillo resultó cogido en los primeros pases y el animal tuvo la rara habilidad de desnudarlos y llevarse la chaquetilla (gris perla con solapa de terciopelo negro) colgada de un pitón. El pitorreo que se armó no es para contarlo. Total que nuestra presentación en público no pudo ser más desairada.

 Le podían los nervios

Yo como “apoderado” de aquella trouppe tenía preferencia con los que había visto mucho torear en el campo y andaban sobrados de oficio. Por ejemplo, Luis Garcigrande que siendo el más poderoso de todos y el más seguro, se achicaba al ver al público y no parecía ni su sombra. Lo de Juan Carlos era todavía más grave pero lo que más me extrañó fue lo de Juan Pedro Domecq y Javier Arjona que estando tan toreados y siendo tan habilidosos con las becerras, perdían los papeles en la plaza. El mitin que dio Juan Pedrito en Vitoria fue apoteósico. El novillo le dio un topetazo y tuvimos que llevarlo a la enfermería desmayado con una lipotimia. No tenía ni un moratón ni el más leve rasguño. Simplemente estaba cagadito de miedo de la impresión.

 Lo de  Vitoria y la disolución

No es cierto como dice Juan Carlos que toreáramos en la capital alavesa el mismo día que se casó Bernabé Fernández Cobaleda con Cristina Elio. Estaba anunciado el festiva en esa fecha y allí nos presentamos para inaugurar el Hotel General Álava. Pero cayó tal aguacero que se suspendió hasta el siguiente domingo. Ese día nos enfrentamos a unos novillos de respeto y nos vinieron bien los picadores. Eran de Juan Mari Pérez Tabernero que no hizo un precio muy acomodado por tratarse de nosotros. No hubo tal triunfo de Alipio que estuvo lúcido y aseado y la cosa transcurrió con cierto decoro salvo el sainete de Juan Pedro.

A mi me tocó un mandó pero sin problemas y a la hora de matar le di los adentros y se tragó la espada sin exponer nada. Abusé de los desplantes en vista de lo tolerante que era el público y lo paradote que se quedaba el novillote en cuanto le daba cuatro pases seguidos. A Juan Carlos le causaba asombro que toreara tanto para la galería y hasta cortara la faena para hablar con el público.

Ese día hubo que disolver la asociación porque algunos se lo tomaban como si fueran toreros. Por ejemplo, Sancho Dávila se valió de nuestra organización para darse a conocer como novillero. Llevaba a su cuñado Arauz de Robles como apoderado y por las mañanas agasajaba a la prensa local con cargo  a la cuenta de todos. Así que le di puerta porque no me hacía falta aquel tinglado para torear los festivales que quisiera.

Al año siguiente hice tres en una semana (Ciudad Rodrigo, Valdemorillo y Alicante) y hasta 17 en la misma temporada. Así que a la vista que no todos actuaban por afición y que había envidias y zancadillas internas, seguí por mi cuenta para evitar quebraderos de cabeza y situaciones ridículas como la de Juan Pedrito.

 Hazte una revisión

La próxima vez que te pongas a escribir sobre estas cosas, deberías ajustarte un poco más a la realidad. Me asombra, querido Juan Carlos, que siendo bastante más joven que yo necesites ir al taller de reparaciones para que te ajusten las clavijas de la memoria. ¡Porque se te olvida todo!

 


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