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Zabala
pertenecía a esa tribu de críticos que no les gustaba relacionarse con
los toreros en general. Otra cosa es que perdiera el culo ante determinadas
figuras y no tuvieran el menor reparo en codearse con los empresarios,
ganaderos y apoderados de más poder e influencia. No se hablaba con
los subalternos, mozos de espada ni con los toreros modestos para “guardar
las distancias” y darse a respetar. Tampoco iban Zabala o Corrochano a los hoteles donde paraban los toreros. Por eso luego
escribían la cantidad de tonterías propias de los que conocen la fiesta
de oídas. Sólo por fuera.
Por
ejemplo Corrochano, considerado
como el santón de los críticos, escribió aquella crónica tan celebrada
por los ignorantes: “Cinco verónicas
sin enmendarse”. Si hubiera conocido los secretos del toreo sabría
que eso es técnicamente imposible. Ni ha nacido ni nacerá nadie capaz
de dar cinco verónicas sin moverse. Sencillamente porque a la segunda
o la tercera el toro te come la salida y tienes que ganar pasos o perderlos.
Otra
cosa es cuando el toro ya está picado y colocándose el torero cerca
de las tablas y dándole la salida hacia el tercio que pueda dar varios
estatuarios sin moverse. Pero de salida con el capote es imposible.
Otra barbaridad de Corrochano
fue aquello de “Belmonte
acabó con los terrenos del toro”. Sencillamente confundía los terrenos
con la distancia. Se pueden acortar las distancias y citar con los pitones
rozando la cadera. Pero es imposible dar un lance con la salida hacia
los adentros. Una verónica en la raya de picadores y vaciando el toro
hacia las tablas es ponerse en los terrenos que son del toro y la cogida
es inevitable. Por cambiar los terrenos y colocarse el torero donde
le corresponde al toro mataron a Manolete haciendo la “suerte contraria”
en vez de la natural respetando la salida del toro.
El
mismísimo Rafael El Gallo,
uno de los artistas más inteligentes que pisaron los ruedos, otro toro
le partió el esternón y estuvo al borde de la muerte y el mismo Antonio Bienvenida, dominador de todas
las suertes, recibió otra cornada gravísima por colocarse en el sitio
por donde debería salir el toro. Y se lo llevó por delante.
De
las necedades que escribió Zabala sería tarea de negros recopilarlas todas. Hay una monumental que
repetía a cada paso cuando quería cantar la gloria de algún torero:
“Hizo la faena asentándose en los talones”
o “clavando los talones en la
arena”. ¡Ignorante! Si echas el peso del cuerpo sobre los talones
te caes de espaldas. El toreo es todo lo contrario, hay que echar el
cuerpo hacia delante para ganar terreno (ganar pasos) y apoyarse en
la planta de los pies. Cuando se carga la suerte, el talón de la pierna
retrasada siempre queda en el aire. Cuando se torea de verdad, se asienta
la pierna contraria pero la otra queda prácticamente de puntillas. ¿Cómo
va a asentar los talones?
Recojo
estas tres blasfemias de dos cronistas respetados por el público del
clavel pero repudiados por los verdaderos aficionados. Y sobre todo
por los profesionales del toreo que conocen los secretos de la lidia.
Sólo se puede conocer la entraña del toreo, toreando o estando muy cerca
de los que torean. Aunque conozco a muchos toreros que son malísimos
aficionados. Sólo se puede saber de toros viviéndolo en el campo. Se
aprende más en una hora hablando con un vaquero que en mil páginas del
Cossío.
Cuando
ya llevaba veinte años de crítico y creí que lo sabía todo, estuve una
noche de copas con “El Chocolate”
un picador de Tomás Campuzano
y me di cuenta que no sabía casi nada. Sabía lo de citar por derecho,
echar el palo, reunirse y luego vaciar la embestida. Pero eso es sólo
el abecedario.
Me
dieron las claras del día en la feria de Palencia hablando con “Chocolate”
y sólo entonces aprendí lo que no sabe casi nadie de las diferentes
formas de picar. Por ejemplo, la colocación del estribo izquierdo que
aparentemente no interviene en la suerte y basta con fijarse en él para
saber qué clase de picador está encima del caballo.
Yo
entonces era un pontífice de la literatura taurina y me tuvo que dar
lecciones un picador, probablemente analfabeto, pero un sabio en su
oficio. Hasta que no se habla muchas horas con los banderilleros, mozos
de espadas y mayorales no puedes aprender de toros. Antes de hablar
con Chocolate había hecho cientos de tentaderos
con picadores de la talla de Ambrosio
Martín. Cientos de vacas y sementales pasaron por mis manos y no
sabía lo que aprendí una sola noche en Palencia.
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