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Por
una parte Rosa Jiménez me recuerda que las águilas no cazan moscas.
Que no debo perder el tiempo ocupándome de gusanos del periodismo
como “la Flor de Villarino” y lo único que hago es darle notoriedad
a un ser anodino que no merece ni nombrarlo. Pero no para ahí la cosa
porque me ha llamado doña Esperanza desde Madrid, advirtiendo que
con las cosas que le digo a semejante semoviente me voy a poner en
contra a los homosexuales, que como sabeis son muchos más de los que la gente se imagina.
Pero
da la casualidad que yo no mido a nadie por el sexo, sino por el talento.
“Cada uno será lo que quiera” dice el himno de la Legión, que además
sirve de ejemplo por que entre esos bizarros soldados de donde salieron
tantos héroes, abundaban los homosexuales, prueba evidente de que
el valor no tiene nada que ver con el culo. La Santa Madre Iglesia
ha condenado sañudamente a todo este colectivo, sin darse cuenta que
los grandes viveros de maricones fueron y siguen siendo los conventos
donde los clérigos desahogaban sus represiones con sus hermanos de
Cristo.
Durante
siglos se ha ocultado al mundo la sexualidad de grandes hombres que
amaban a sus congéneres o hacía a pelo y a pluma, sobre todo en el
Renacimiento, donde la cultura y el buen gusto rompió con el fariseísmo
de la Edad Media.
Grandes
generales como Alejandro Magno
o Julio César fueron gays, como lo fue José
Antonio Primo de Rivera a pesar de la leyenda machista de La Falange.
Lo fueron los grandes genios de la pintura y las Bellas Artes del
Renacimientos y Federico García
Lorca murió alevosamente. Después de
fusilarlo le metieron el cañón de un fusil por el culo y seguían disparando
porque el franquismo no podía tolerar que un genio de la literatura
fuera maricón.
Tengo
varios y leales amigos en la acera de enfrente pero no creo que nadie
pueda ofenderse por mis licencias periodísticas con un personajillo
como la “Flor de Villarino” que física y moralmente es una vergüenza
para el gremio. Yo no me voy a ofender por las cosas que dicen de
Molés o de Fernández Román. Sencillamente porque no los considero compañeros,
sino enemigos del sagrado deber de servir y respetar al público lector
en vez de engañarlos y vivir de la mentira.
Ningún
torero se avergonzó porque Juan García Mondeño se pasara por la cama
a casi todos los monjes del Monasterio de Caleruela, porque Juan era
un tío en la plaza y en la calle.
Lo
que me joden son estos mariconzuelos de vía estrecha que se avergüenzan
de su condición y se sodomizan en el secretismo del amor cutre. Hay
tipos como Franco, a quien
sus compañeros de la Academia Militar de Zaragoza lo llamaban “Paquita la Culona”,
al que jamás se le conoció trato con mujeres y cuyas reacciones criminales
fueron las de un acomplejado que ni fumaba, ni bebía, ni jodía. No
hay ninguna foto de doña Carmen
Polo embarazada, ni testigos del parto y sobre la aparición de
la niña circulan todo tipo de comentarios, porque Franco
sólo jodía cuando firmaba penas de muerte que para él era como
el orgasmo de los impotentes.
Descargó
todo su odio persiguiendo implacablemente a los homosexuales y torturándolos
con purgas de aceite de ricino, pelándolos la cero o dándoles palizas
de muerte en los pinares de Arturo Soria. Bendita sea la hora en que
ser maricón en España no es ya un delito contra el nacional sindicalismo.
De aquellas represiones ha llegado ahora la revancha del exhibicionismo
de Boris Izaguirre o de los innumerables
gays que acaparan todos los programas de
televisión. Los homosexuales españoles, hartos de padecer atropellos
y desprecios, se han echado a la calle. Tampoco es eso. Porque el
placer del sexo es cosa de alcoba. Más íntimo.
Pero
en este clima de libertades no creo que ningún homosexual se sienta
identificado con caricaturas como este subproducto zoológico que es
“La Flor de Villarino”.
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