Un Jueves Santo campero

Dos tentaderos a la misma hora y en la misma finca

Alfonso Navalón

Llamó desde Madrid Higinio Luis Severino encareciendo que atienda bien a unos amigos franceses que viven la pasión de los toros y quieren conocer una ganadería por dentro. “Llévatelos a El Berrocal, les enseñas todo y mételos entre los toros para que le hagan muchas fotos”.

Pensé que con la carretera plagada de coches con esa masa enloquecida que busca desaforadamente el goce de unas vacaciones, era mucho más sensato acercarnos a la sierra de Tamames y echar un día en las dos ganaderías de moda, donde los Hermanos Fraile tienen siempre las puertas abiertas para un viejo amigo. A mi edad y con lo que he vivido es difícil ya apasionarse por casi nada pero no podía imaginar que nos esperaba un día de campo tan hermoso. Amaneció soleado luego se encapotó amenazando lluvia y con el vendaval era impensable hacer un tentadero.

Los franceses estaban en la gloria ante el panorama de echar el día entero entre las cordiales atenciones de los ganaderos y observando toro por toro que este año verán en San Isidro, en Bilbao, en Salamanca y en Francia.

Reparto de fincas

Primero entramos en “El Pilar”, donde nos esperaba Moisés para recorrer los distintos cercados del mejor escaparate de Salamanca donde vamos viendo las corridas de más trapío, las medianas y las más terciadas. De pronto pienso que hace diez años aquí no había nada.

Conocí la finca entera en manos del padre y del abuelo, con los cuatro hermanos aprendiendo el oficio desde niños. Luego partieron. Juan Luis se fue a “Cojos” con sus gracilianos bravísimos, Nicolás se marchó a “Valdefresno”. Lorenzo se quedó en la casa familiar y Moisés con una esquina donde no había ni un solo acomodo y tenía que usar el encerradero y la plaza de su hermano. Hubo tiempos difíciles antes de llegar a la concordia que lo une ahora. Es una alegría ver cómo cada uno ha ido hacia arriba. Nicolás fue el primero que le dio la vuelta a su finca con una hermosa casa que la llamaban el Falcon Crest de Tavera. Cercados magníficamente tapiados, corrales y chiqueros pensados para no darle ni un mal rato al ganado y una plaza con un palco como una sala de estar.

Nuestro inolvidable Juan Luis se lo encontró casi todo hecho en “Cojos” y Lorenzo sólo tuvo que hacer unos cercados nuevos y mejorar los nuevos acomodos que tenía.

Moisés no tenía más que las encinas y los valles. Los cercados eran viejos y destartalados, con el alambre de espino que se caía a pedazos y cada dos por tres tenían que andar de noche recogiendo los toros que se escapaban a la carretera. Un chalecito de nada y una piscina. Cerca de la casa se veía el único signo de ostentación. Media fanega de tierra con un bebedero y cercada con malla espesa de tres metros de alta. Allí llamaba la atención de las visitas un hermoso ciervo con más cuernos que los gilipollas que salen en la televisión rosa. De pronto Moisés levantó una nave enorme para almacenar forraje, otra para los tractores, amplió la casa con un gran salón y más dormitorios. Un despacho para él y otro para su hijo, el físico, que tiene en el ordenador más datos que llevaba su abuelo en la cabeza y en una libreta de hule.

La comida y los dos mensajes

Hizo luego los corrales y el embarcadero más completo de todo el Campo Charro. Este año puso nuevas todas las cercas de la carretera y construyó una plaza a todo lujo.

Todas estas maravillas las vieron los franceses por la mañana y nos fuimos a comer a Tamames, en el restorán de la plaza, donde aparte del jamón de bellota, mis amigos se relamían con unas virutas de foie tan bueno como el que hacen ellos. En estas estábamos chuperreteando las costillas de un tostón recién asado, cuando llamó Lorenzo que nos esperaba a las cinco en su plaza para tentar cuatro becerras. Los franceses se morían de gusto ante los nuevos atractivos del viaje.

Pero a los diez minutos llamó Moisés que en vista que se había calmado el aire iba a encerrar unas eralas para que mis amigos vieran un tentadero. ¿Qué hacer? En el Puerto se anunció a las cinco y Moisés dijo que empezaba media hora más tarde. Así que vimos dos vacas en cada plaza. Tan cerca una de la otra que oíamos las voces del picador de la finca vecina. Que no eran tales picadores, porque como en Semana Santa los vaqueros se van de fiesta, se subieron al caballo tentón, un hijo de cada amo. Picó mucho mejor el de Lorenzo que el físico, las cosas como son.

Y aquí nos teneis de una plaza a otra perdiendo el culo para no perdernos detalle. En el Puerto torearon Juan Andrés González, reciente triunfador del certamen de novilleros de los Chopera y un chaval de Madrid con buenas maneras. Los dos tienen en común la generosa ayuda de dos románticos del toreo. Uno es Miguel Flores. Infatigable descubridor de toreros que llegan a figuras y se van a manos más poderosas. A Juan Andrés lo ayuda sin reservas Erótides Rubio que entrega a su pasión torera una parte importante del dineral que gana con su agencia de seguros. En El Pilar tentaban los hijos del fotógrafo Blanco y esa gran persona que es Iker Cobo.

Dos vacas para una tesis

En las dos plazas pasaron cosas muy parecidas para demostrar que por mucho que sepas siempre se aprende algo nuevo en el campo. Dos vacas de distinto encaste se comportaron casi lo mismo: corretonas y distraídas de salida, luego fueron al caballo tontamente, acudían todas las veces que las llamaban pero no apretaban con fijeza.

La del Puerto fue más desconcertante por iba al peto de menos a más. Primero al paso, luego con alegría y apretando muy bien. De pronto, a medio camino, se fue derecha a la pared sin hacer caso al picador.  Había que ver luego a esta mansa comerse la muleta y embestir a una velocidad como dejar sin fuelle al torero. En El Pilar pasó lo mismo. La tontorrona que andaba distraída no le dio respiro a Javier Blanco y como se hacía de noche  y ya molestaba el frío, tuvieron que darle puerta cuando le quedaba cuerda para cansar a otros dos toreros.

Bien está que asistiéramos a dos tentaderos pero ya era imposble participar de las dos meriendas a la misma hora: Así que nos quedamos donde Moisés porque en El Puerto había más seriedad y no era cosa de perderse las maldades que me dedican la mujer del ganadero, su hija la médica y Elena, la mujer del veterinario, que son tres peligros de armas tomar. Lo que siento es que me perdí la pitanza de El Puerto que suele ser más completa que la de su cuñada. Y me perdí llevarle a Borja unos filetes de becerra brava que estaban despiezando para meterla en el arcón y evitarse el clembuterol y demás mierdas que le echan en los cebaderos para el engorde acelerado. Una añoja brava es un privilegio para los mejores paladares. Ya se me hizo la boca agua cuando al ver que no andaban muy diestros en cortar los filetes de solomillos cogí el cuchillo para explicarle que los cortes deben hacerse siempre cercenando las vetas y nunca paralelamente.

Daba gusto meterle el cuchillo a aquella carne tierna y roja que sólo necesita un espolvoreo de sal para pegarte un homenaje memorable. Y si quieres puedes añadir unos ajitos finos y esparramarle un poco de perejil, pero sólo como adorno, sin quitarle a la carne su verdadero sabor.

¡Que no se te olvide Lorenzo! Mándame unos filetes aunque sea por correo certificado. No veas el hambre que le entra a Borja cuando sale del colegio. A propósito del nieto. El otro día los de tráfico pararon a su madre porque no llevaba puesto el cinturón. Y el crío al darse cuenta que le estaban multando les echó una bronca y se hartó de decirles perrerías.

Hace tiempo que no pasaba un día tan feliz porque últimamente parece que me ha mirado un tuerto y todo son desdichas y berrinches. Para colmo me han salido dos vacas con brucelosis en el último saneamiento. Pero este Jueves Santo se remató con otra alegría. Resulta que Daniel, el hijo del matrimonio francés es un aficionado exigente y entendido. Trabaja en Madrid en una importante cadena hotelera y además, domina todos los secretos de la informática. Por Madrid se han corrido las voces que voy a dar los coloquios de San Isidro y la gente está como loca porque después de veinte años de ausencia el personal los sigue añorando. Sobre todo después de la desvergüenza de mis imitadores que que son incapaces de juntar una veintena de escuchantes y de aguantar las falsedades que les cuenta el Prostituto Fenicio y sus acólitos. Daniel por su cuenta ya me ha buscado un magnífico hotel con salón para acoger a fieles y curiosos. Anda en tratos con una televisión y además se ha buscado un compañero para que televise los coloquios por Internet a todo el mundo. Muy encima estamos ya de la isidrada pero tengo la corazonada de una aparición gloriosa.

A eso de la medianoche me dice por teléfono José Antonio Chopera: “¡No seas cabronazo y no vayas a dar los coloquios que me jodes la feria!”


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