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Llamó
desde Madrid Higinio Luis Severino
encareciendo que atienda bien a unos amigos franceses que viven la pasión
de los toros y quieren conocer una ganadería por dentro. “Llévatelos a El Berrocal, les enseñas todo y mételos entre los toros
para que le hagan muchas fotos”.
Pensé
que con la carretera plagada de coches con esa masa enloquecida que
busca desaforadamente el goce de unas vacaciones, era mucho más sensato
acercarnos a la sierra de Tamames y echar un día en las dos ganaderías
de moda, donde los Hermanos Fraile tienen siempre las puertas
abiertas para un viejo amigo. A mi edad y con lo que he vivido es difícil
ya apasionarse por casi nada pero no podía imaginar que nos esperaba
un día de campo tan hermoso. Amaneció soleado luego se encapotó amenazando
lluvia y con el vendaval era impensable hacer un tentadero.
Los
franceses estaban en la gloria ante el panorama de echar el día entero
entre las cordiales atenciones de los ganaderos y observando toro por
toro que este año verán en San Isidro, en Bilbao, en Salamanca y en
Francia.
Reparto de fincas
Primero
entramos en “El Pilar”, donde nos esperaba Moisés
para recorrer los distintos cercados del mejor escaparate de Salamanca
donde vamos viendo las corridas de más trapío, las medianas y las más
terciadas. De pronto pienso que hace diez años aquí no había nada.
Conocí
la finca entera en manos del padre y del abuelo, con los cuatro hermanos
aprendiendo el oficio desde niños. Luego partieron. Juan Luis se fue
a “Cojos” con sus gracilianos bravísimos, Nicolás se marchó a “Valdefresno”.
Lorenzo se quedó en la casa familiar y Moisés con una esquina donde
no había ni un solo acomodo y tenía que usar el encerradero y la plaza
de su hermano. Hubo tiempos difíciles antes de llegar a la concordia
que lo une ahora. Es una alegría ver cómo cada uno ha ido hacia arriba.
Nicolás fue el primero que le dio la vuelta a su finca con una hermosa
casa que la llamaban el Falcon Crest de Tavera. Cercados magníficamente
tapiados, corrales y chiqueros pensados para no darle ni un mal rato
al ganado y una plaza con un palco como una sala de estar.
Nuestro
inolvidable Juan Luis se lo encontró casi todo hecho en “Cojos” y Lorenzo
sólo tuvo que hacer unos cercados nuevos y mejorar los nuevos acomodos
que tenía.
Moisés
no tenía más que las encinas y los valles. Los cercados eran viejos
y destartalados, con el alambre de espino que se caía a pedazos y cada
dos por tres tenían que andar de noche recogiendo los toros que se escapaban
a la carretera. Un chalecito de nada y una piscina. Cerca de la casa
se veía el único signo de ostentación. Media fanega de tierra con un
bebedero y cercada con malla espesa de tres metros de alta. Allí llamaba
la atención de las visitas un hermoso ciervo con más cuernos que los
gilipollas que salen en la televisión rosa. De pronto Moisés levantó
una nave enorme para almacenar forraje, otra para los tractores, amplió
la casa con un gran salón y más dormitorios. Un despacho para él y otro
para su hijo, el físico, que tiene en el ordenador más datos que llevaba
su abuelo en la cabeza y en una libreta de hule.
La comida y los dos mensajes
Hizo
luego los corrales y el embarcadero más completo de todo el Campo Charro.
Este año puso nuevas todas las cercas de la carretera y construyó una
plaza a todo lujo.
Todas
estas maravillas las vieron los franceses por la mañana y nos fuimos
a comer a Tamames, en el restorán de la plaza, donde aparte del jamón
de bellota, mis amigos se relamían con unas virutas de foie tan bueno
como el que hacen ellos. En estas estábamos chuperreteando las costillas
de un tostón recién asado, cuando llamó Lorenzo que nos esperaba a las
cinco en su plaza para tentar cuatro becerras. Los franceses se morían
de gusto ante los nuevos atractivos del viaje.
Pero
a los diez minutos llamó Moisés que en vista que se había calmado el
aire iba a encerrar unas eralas para que mis amigos vieran un tentadero.
¿Qué hacer? En el Puerto se anunció a las cinco y Moisés dijo que empezaba
media hora más tarde. Así que vimos dos vacas en cada plaza. Tan cerca
una de la otra que oíamos las voces del picador de la finca vecina.
Que no eran tales picadores, porque como en Semana Santa los vaqueros
se van de fiesta, se subieron al caballo tentón, un hijo de cada amo.
Picó mucho mejor el de Lorenzo que el físico, las cosas como son.
Y
aquí nos teneis de una plaza a otra perdiendo el culo para no perdernos
detalle. En el Puerto torearon Juan
Andrés González, reciente triunfador del certamen de novilleros
de los Chopera y un chaval de Madrid con buenas maneras. Los dos tienen
en común la generosa ayuda de dos románticos del toreo. Uno es Miguel
Flores. Infatigable descubridor de toreros que llegan a figuras y se
van a manos más poderosas. A Juan Andrés lo ayuda sin reservas Erótides
Rubio que entrega a su pasión torera una parte importante del dineral
que gana con su agencia de seguros. En El Pilar tentaban los hijos del
fotógrafo Blanco y esa gran persona que es Iker Cobo.
Dos
vacas para una tesis
En
las dos plazas pasaron cosas muy parecidas para demostrar que por mucho
que sepas siempre se aprende algo nuevo en el campo. Dos vacas de distinto
encaste se comportaron casi lo mismo: corretonas y distraídas de salida,
luego fueron al caballo tontamente, acudían todas las veces que las
llamaban pero no apretaban con fijeza.
La
del Puerto fue más desconcertante por iba al peto de menos a más. Primero
al paso, luego con alegría y apretando muy bien. De pronto, a medio
camino, se fue derecha a la pared sin hacer caso al picador.
Había que ver luego a esta mansa comerse la muleta y embestir
a una velocidad como dejar sin fuelle al torero. En El Pilar pasó lo
mismo. La tontorrona que andaba distraída no le dio respiro a Javier
Blanco y como se hacía de noche y
ya molestaba el frío, tuvieron que darle puerta cuando le quedaba cuerda
para cansar a otros dos toreros.
Bien
está que asistiéramos a dos tentaderos pero ya era imposble participar
de las dos meriendas a la misma hora: Así que nos quedamos donde Moisés
porque en El Puerto había más seriedad y no era cosa de perderse las
maldades que me dedican la mujer del ganadero, su hija la médica y Elena,
la mujer del veterinario, que son tres peligros de armas tomar. Lo que
siento es que me perdí la pitanza de El Puerto que suele ser más completa
que la de su cuñada. Y me perdí llevarle a Borja unos filetes de becerra
brava que estaban despiezando para meterla en el arcón y evitarse el
clembuterol y demás mierdas que le echan en los cebaderos para el engorde
acelerado. Una añoja brava es un privilegio para los mejores paladares.
Ya se me hizo la boca agua cuando al ver que no andaban muy diestros
en cortar los filetes de solomillos cogí el cuchillo para explicarle
que los cortes deben hacerse siempre cercenando las vetas y nunca paralelamente.
Daba
gusto meterle el cuchillo a aquella carne tierna y roja que sólo necesita
un espolvoreo de sal para pegarte un homenaje memorable. Y si quieres
puedes añadir unos ajitos finos y esparramarle un poco de perejil, pero
sólo como adorno, sin quitarle a la carne su verdadero sabor.
¡Que
no se te olvide Lorenzo! Mándame unos filetes aunque sea por correo
certificado. No veas el hambre que le entra a Borja cuando sale del
colegio. A propósito del nieto. El otro día los de tráfico pararon a
su madre porque no llevaba puesto el cinturón. Y el crío al darse cuenta
que le estaban multando les echó una bronca y se hartó de decirles perrerías.
Hace
tiempo que no pasaba un día tan feliz porque últimamente parece que
me ha mirado un tuerto y todo son desdichas y berrinches. Para colmo
me han salido dos vacas con brucelosis en el último saneamiento. Pero
este Jueves Santo se remató con otra alegría. Resulta que Daniel, el
hijo del matrimonio francés es un aficionado exigente y entendido. Trabaja
en Madrid en una importante cadena hotelera y además, domina todos los
secretos de la informática. Por Madrid se han corrido las voces que
voy a dar los coloquios de San Isidro y la gente está como loca porque
después de veinte años de ausencia el personal los sigue añorando. Sobre
todo después de la desvergüenza de mis imitadores que que son incapaces
de juntar una veintena de escuchantes y de aguantar las falsedades que
les cuenta el Prostituto Fenicio y sus acólitos. Daniel por su
cuenta ya me ha buscado un magnífico hotel con salón para acoger a fieles
y curiosos. Anda en tratos con una televisión y además se ha buscado
un compañero para que televise los coloquios por Internet a todo el
mundo. Muy encima estamos ya de la isidrada pero tengo la corazonada
de una aparición gloriosa.
A
eso de la medianoche me dice por teléfono José Antonio Chopera:
“¡No seas cabronazo y no vayas a dar los coloquios que me jodes la
feria!”
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