El Papa un ídolo televisivo

Pero desaparecen las vocaciones y los fieles.

Alfonso Navalón

 

Nos han dado una paliza soberana con el entierro del Papa y por si faltaba algo se amontona la muerte del desdichado Rainiero, la boda de Camila y el inevitable final de un borracho contumaz como el marido de Carolina...

Bueno está el interés informativo y que sepamos como anda el mundo y la huella que han dejado personajes representativos de diferente notoriedad para darnos la matraca mañana, tarde, noche y madrugada, define la orfandad intelectual de una sociedad de consumo que debe tragase todo lo que le echen. No creo que el difunto pontífice apruebe este demencial protagonismo tan contrapuesto a la sencillez y humildad de un siervo de Dios. Ni que Rainiero  sea pasto de los chismes de los programas rosas desmenuzando un pasado de su añeja dinastía plagado de frivolidades y desdichas como consecuencia de la maldición de una gitana. Lo del príncipe orejudo de los ingleses como protagonista de una boda esperpéntica que ha tenido más suspensiones que una corrida de la feria del Pilar antes de cubrir la plaza, es algo que ya se sale de madre. Bueno está que Diana fuera una cornuda, el príncipe otro cornudo, Camila, otra cornuda y el marido de Camila, cornudo y medio con resignado consentimiento. No hablemos ya de este otro príncipe alcohólico, que a pesar de tener más títulos que la Reina de Inglaterra sólo se le conoce por ser el marido de una princesa calentorra y por su desaforado camorrismo, repartiendo puñetazos y paraguazos por donde pasaba. Me parece una blasfemia, mezclar el entierro del Papa con personajes representativos de la ruindad humana, donde sus ilustres linajes están llenos de impudicia y desvergüenza.

Pero es que con lo del Papa han roto todos los incensarios imaginables, convirtiéndolo en el personaje más importante de la historia de la humanidad y barrunto que dentro de medio año será elevado a los altares y su efigie repartida por todas las iglesias de la cristiandad. No quiero meterme en berenjenales ni ganarme la santa indignación de las hordas católicas, pero este papanatismo de la invasión de Roma esta mucho mas cerca del espectáculo que del dolor por la muerte de un ser querido y respetado. El jerarca polaco ha batido todas las marcas de asomarse a un mar de multitudes. Nadie en la historia del pontificado ha viajado tanto ni ha congregado tantos millones de supuestos fieles. Ha sido las mayores relaciones públicas que podía soñar el estado vaticano. Como tal jefe de estado también está muy por encima del fervor que pudieran despertar los faraones en la entrada triunfal de Julio César cuando atravesó el Rubicón, después de conquistar medio mundo para el imperio. Ningún líder terrenal le llega a la hevilla de sus sandalias de pescador de almas. El Papa ha dejado en ridículo a las grandes concentraciones nazis ante el hechizo sectario de Hitler o las manifestaciones de la Plaza de Oriente en torno a nuestro invicto Caudillo. Juan Pablo II, ha sido el que más manos ha estrechado, el que más niños ha besado, y el que más miles de kilómetros ha recorrido y el que más se arrodilló ante el cemento de todos los aeropuertos.

Después de este esfuerzo infatigable de visitar todos los rincones del mundo y  de quitarse la mitra para colocarse el sombrero típico de cada país, nos preguntamos qué resultados evangelizadores ha dejado al oscuro porvenir de la iglesia católica. Meditemos con sensatez y atengámonos a los hechos. Juan Pablo ha llenado todos los estadios del mundo con sus misas multitudinarias. En cambio ha dejado vacías las iglesias donde los fieles aparentemente practicantes son una exigua minoría y hasta la famosa escuela de niños cantores del monasterio de Montserrat está a punto de desaparecer por falta de niños que quieren entonar el Te Deum.

Está claro que la Iglesia se está quedando sin clientela. Que los bancos de los templos solo están ocupados por mayores de cincuenta años y que en los coros de las catedrales ya no se sientan los canónigos que ofician misa en varias parroquias porque ya no quedan curas para decirlas. En la Diócesis de Ciudad Rodrigo había más de doscientos seminaristas, esperando la hora de tonsura. Ahora han tenido que cerrar el seminario por falta de vocaciones y sólo siete aspirantes acuden al instituto de Segunda Enseñanza para recibir formación laica y comparten juegos y recreos con esa juventud incivil que dicen palabrotas y compran revistas pornográficas.

El difunto papa ha sido un ídolo de masas y ha batido todas las audiencias como personaje televisivo y carismático. Pero la figura bíblica del semabrador de la buena semilla, no encuentra en su persona la tierra que la haga fértil. Ya no quedan ni curas ni fieles para dar ejemplo y ensanchar las fronteras de la doctrina de Cristo. Detrás de Juan Pablo II queda un desierto de vocaciones y de fervores. Por si fuera poco creo que Dios le pedirá cuentas de algunos asuntillos poco claros como los escándalos financieros de la Banca Vaticana, los cientos de curas y obispos mezclados en delitos de corrupción de menores, resueltos con la complicidad del silencio en vez del castigo ejemplarizante. Dios le va a pedir cuentas sobre la santificación del Marqués de Peralta, el dicharachero Escrivá de Balaguer y fundador de una poderosa secta con fuertes raíces terrenales.Tambien tendrá que explicar por qué permitió que el Opus Dei se adueñara del poder de la Curia Romana y llenara los altos cargos de la política y la economía con ejemplares  hermanos supernumerarios, que buscaban la gloria eterna desde la butaca, un ordenador y un despacho con aire acondicionado, mientras el tercer mundo se muere de hambre y de sida.

Se ha muerto un hombre abierto y cordial que se ha mantenido en su puesto soportando los sufrimientos de una larga agonía. Pero se han salido de madre magnificando su entierro, donde sea dicho de paso no había ni pobres, ni mendigos, ni enfermos en busca de un milagro. Sospecho que la fe católica no se mide por los vuelos charter que organizan las compañías de turismo.

Lo que no puede negársele es que ha roto con la historia tenebrosa del Vaticano, como centro de poder político y desmadre de costumbres licenciosas. Hubo papas sodomitas, asesinos y libinidosos hasta llegar al incesto. Frente a todo ese pasado ahí esta la voluntad indomable de Wojtyla luchando contra las injusticias, enfrentándose abiertamente a las dictaduras, al comunismo capitalista, al terrorismo y a la guerra de Irak. Pero conviviendo con todos los tiranos. ¿Quién entiende esto?

 


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