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Nos
han dado una paliza soberana con el entierro del Papa y por si faltaba
algo se amontona la muerte del desdichado Rainiero, la boda de Camila
y el inevitable final de un borracho contumaz como el marido de Carolina...
Bueno
está el interés informativo y que sepamos como anda el mundo y la huella
que han dejado personajes representativos de diferente notoriedad para
darnos la matraca mañana, tarde, noche y madrugada, define la orfandad
intelectual de una sociedad de consumo que debe tragase todo lo que
le echen. No creo que el difunto pontífice apruebe este demencial protagonismo
tan contrapuesto a la sencillez y humildad de un siervo de Dios. Ni
que Rainiero sea pasto de los chismes de los programas
rosas desmenuzando un pasado de su añeja dinastía plagado de frivolidades
y desdichas como consecuencia de la maldición de una gitana. Lo del
príncipe orejudo de los ingleses como protagonista de una boda esperpéntica
que ha tenido más suspensiones que una corrida de la feria del Pilar
antes de cubrir la plaza, es algo que ya se sale de madre. Bueno está
que Diana fuera una cornuda, el príncipe otro cornudo, Camila, otra
cornuda y el marido de Camila, cornudo y medio con resignado consentimiento.
No hablemos ya de este otro príncipe alcohólico, que a pesar de tener
más títulos que la Reina de Inglaterra sólo
se le conoce por ser el marido de una princesa calentorra y por su desaforado
camorrismo, repartiendo puñetazos y paraguazos por donde pasaba. Me
parece una blasfemia, mezclar el entierro del Papa con personajes representativos
de la ruindad humana, donde sus ilustres linajes están llenos de impudicia
y desvergüenza.
Pero
es que con lo del Papa han roto todos los incensarios imaginables, convirtiéndolo
en el personaje más importante de la historia de la humanidad y barrunto
que dentro de medio año será elevado a los altares y su efigie repartida
por todas las iglesias de la cristiandad. No quiero meterme en berenjenales
ni ganarme la santa indignación de las hordas católicas, pero este papanatismo
de la invasión de Roma esta mucho mas cerca del espectáculo que del
dolor por la muerte de un ser querido y respetado. El jerarca polaco
ha batido todas las marcas de asomarse a un mar de multitudes. Nadie
en la historia del pontificado ha viajado tanto ni ha congregado tantos
millones de supuestos fieles. Ha sido las mayores relaciones públicas
que podía soñar el estado vaticano. Como tal jefe de estado también
está muy por encima del fervor que pudieran despertar los faraones en
la entrada triunfal de Julio César cuando atravesó el Rubicón, después
de conquistar medio mundo para el imperio. Ningún líder terrenal le
llega a la hevilla de sus sandalias de pescador de almas. El Papa ha
dejado en ridículo a las grandes concentraciones nazis ante el hechizo
sectario de Hitler o las manifestaciones de la Plaza de Oriente en torno
a nuestro invicto Caudillo. Juan
Pablo II, ha sido el que más manos ha estrechado, el que más niños
ha besado, y el que más miles de kilómetros ha recorrido y el que más
se arrodilló ante el cemento de todos los aeropuertos.
Después
de este esfuerzo infatigable de visitar todos los rincones del mundo
y de quitarse la mitra para colocarse el sombrero
típico de cada país, nos preguntamos qué resultados evangelizadores
ha dejado al oscuro porvenir de la iglesia católica. Meditemos con sensatez
y atengámonos a los hechos. Juan Pablo ha llenado todos los estadios
del mundo con sus misas multitudinarias. En cambio ha dejado vacías
las iglesias donde los fieles aparentemente practicantes son una exigua
minoría y hasta la famosa escuela de niños cantores del monasterio de
Montserrat está a punto de desaparecer por falta de niños que quieren
entonar el Te Deum.
Está
claro que la Iglesia
se está quedando sin clientela. Que los bancos de los templos solo están
ocupados por mayores de cincuenta años y que en los coros de las catedrales
ya no se sientan los canónigos que ofician misa en varias parroquias
porque ya no quedan curas para decirlas. En la Diócesis de Ciudad Rodrigo había más de doscientos
seminaristas, esperando la hora de tonsura. Ahora han tenido que cerrar
el seminario por falta de vocaciones y sólo siete aspirantes acuden
al instituto de Segunda Enseñanza para recibir formación laica y comparten
juegos y recreos con esa juventud incivil que dicen palabrotas y compran
revistas pornográficas.
El
difunto papa ha sido un ídolo de masas y ha batido todas las audiencias
como personaje televisivo y carismático. Pero la figura bíblica del
semabrador de la buena semilla, no encuentra en su persona
la tierra que la haga fértil. Ya no quedan ni curas ni fieles para dar
ejemplo y ensanchar las fronteras de la doctrina de Cristo. Detrás de
Juan Pablo II queda un desierto de vocaciones y de fervores. Por si
fuera poco creo que Dios le pedirá cuentas de algunos asuntillos poco
claros como los escándalos financieros de la Banca Vaticana, los cientos de curas y obispos
mezclados en delitos de corrupción de menores, resueltos con la complicidad
del silencio en vez del castigo ejemplarizante. Dios le va a pedir cuentas
sobre la santificación del Marqués de Peralta, el dicharachero Escrivá
de Balaguer y fundador de una poderosa secta con fuertes raíces terrenales.Tambien
tendrá que explicar por qué permitió que el Opus Dei se adueñara del
poder de la Curia
Romana y llenara los altos cargos de la política y
la economía con ejemplares hermanos
supernumerarios, que buscaban la gloria eterna desde la butaca, un ordenador
y un despacho con aire acondicionado, mientras el tercer mundo se muere
de hambre y de sida.
Se
ha muerto un hombre abierto y cordial que se ha mantenido en su puesto
soportando los sufrimientos de una larga agonía. Pero se han salido
de madre magnificando su entierro, donde sea dicho de paso no había
ni pobres, ni mendigos, ni enfermos en busca de un milagro. Sospecho
que la fe católica no se mide por los vuelos charter que organizan las
compañías de turismo.
Lo
que no puede negársele es que ha roto con la historia tenebrosa del
Vaticano, como centro de poder político y desmadre de costumbres licenciosas.
Hubo papas sodomitas, asesinos y libinidosos hasta llegar al incesto.
Frente a todo ese pasado ahí esta la voluntad indomable de Wojtyla luchando
contra las injusticias, enfrentándose abiertamente a las dictaduras,
al comunismo capitalista, al terrorismo y a la guerra de Irak. Pero
conviviendo con todos los tiranos. ¿Quién entiende esto?
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