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El
abuso del pico de la muleta para engañar a los toros y al público
arranca de la época de Manolete
pero el que lo implantó como base de sus faenas fue Paco
Muñoz, un torero madrileño de mucho cartel que rápidamente ganó
millones para comprarse una gran finca, cerca de Peñaranda de Bracamonte.
Se supone que Paco murió trágicamente suicidándose desde el puente
del Tajo de Toledo pero hay fundamentos para pensar que vive en
Méjico porque el cadáver nunca fue identificado legalmente y hay
testigos de verlo acogido en el rancho de Cantinflas.
Tanto se especializó en lo del pico que lo llamaban
PIQUITO Muñoz.
El
que le dio el empujón definitivo a la trampa fue José
Fuentes que cargó con el sambenito mientras lo practicaban todos
los demás. En Madrid la tomaron con Fuentes
y en cuanto empezaba a citar en los tendidos tronaba el grito de
“Picooooooooo”
hasta sacarlo de quicio y tener que cortar las faenas. En un San
isidro la gente empezó la bronca desde el principio de la faena.
Fuentes trataba de rectificar y hacia alardes de citar con la muleta
plana. Se callaba el público pero a los tres pases volvía a las
andadas porque tenía muy arraigado el vicio. No sabiendo cómo calmar
al público tuvo el gesto teatral de irse a la barrera y pedirle
al mozo de espadar unas tijeras. Le cortó más de una cuarta al pico
de la muleta y volvió al toro entre las aclamaciones del público
que valoraba aquello como un sincero arrepentimiento. Pero al pase
siguiente la bronca sonó todavía más fuerte. Efectivamente, Fuentes
cortó la tela pero volvía a citar con la muleta atravesada. Como
le faltaba tela el toro no iba tan lejos pero seguía el truco. La
plaza no se dejó engañar y con aquella facilidad que tenían para
improvisar cantinelas cantaron a coro: “¡Tampoco es eso!” para demostrarle al
torero que no se arreglaba con contar un trozo de la muleta si no
en colocarla plana, para no echar al toro fuera.
Aquella
afición no hubiera delirado con los pares de El Fandi y Ferrari, ni
con las estocadas al capón y un tiempo de Joselito. Sabían lo que
querían y distinguían lo bueno de la trampa.
Hace
falta que alguien haga un milagro para que Las Ventas recuperen
el prestigio y la autoridad que han perdido. Hace falta acaba con
esa prensa vendida que desorienta a los nuevos aficionados dándoles
gato por liebre.
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