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San Isidro: Mucha pena y poca gloria A
"El Pantera" le han cortado las garras |
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Alfonso Navalón |
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Me está costando un esfuerzo enorme acabar esta interminable feria de San Isidro. Cuando escribo esta crónica llevamos padecidos más de doce festejos, donde sólo en un par de tardes nos dieron motivos para recordar lo que fue el oficio de los buenos toreros y la clase de los toros bravos. Aquí han quedado ya sentenciados cerca de 20 toreros, cuyo cartel debería bajar mucho en épocas normales y otros que no merecen vestirse de luces. De los que se han hundido puedo citar a Fernando Cepeda que ha sido la esperanza de la afición de Madrid, soñando que era un torero de arte. Uceda Leal es otro falso ídolo de Madrid que se derrumba sin otro mérito que sus certeras estocadas. Matías Tejela ha estado por debajo de la calidad de sexto toro de El Pilar. A El Fandi no lo tragan en Madrid pero seguirá circulando por las ferias con sus alardes en banderillas. Manzanares y Eduardo Gallo pasarán mucho tiempo sin volver a Las Ventas después de su lamentable falta de ilusión y de sitio para estar decentemente delante del toro. Gallo fue una triste sombra de lo que esperábamos muchos. Rivera Ordóñez se llevó la bronca más sonora de la feria. César Jiménez no logró entrar en la feria. Salvador Vega ni se coloca en el sitio ni es capaz de ganar un paso para poder ligar. Fernando Cruz está para debutar con caballos y sin condiciones para presentarse en Madrid. Dávila Miura demostró su bastedad de un oficio campero, comparable a las maneras del pobre Capeíta, que seguirá largo tiempo sin presentarse en Madrid, si es que alguna vez comete la osadía de hacer el paseíllo en esta plaza. Hasta esta primera mitad de la feria se ha salvado el coraje de Chaves, la solidez de Javier Valverde con dos faenas llenas de seguridad. Serafín Marín aprovechó el único toro bueno de la corrida y sólo han triunfado con peso César Rincón y El Cid que otra vez demostró su incompetencia al matar. Al cabo de más de sesenta toros sólo han triunfado dos veteranos y han aumentado cartel cuatro de los nuevos. Los demás ya pueden ir cambiando de oficio o salir a la plaza con más ambición. Uceda Leal, Cepeda, Manzanares y Gallo han sido los grandes náufragos. En otro orden el público está perdiendo la confianza ante los bandazos y errores de la nueva empresa donde suponíamos que José Antonio Chopera sería el responsable y lo han desairado dejándolo en funciones de subalternas, como a un capitán de la reserva. Ignoro cuanto tiempo durará esta situación y lo que tardará Chopera en tirar la toalla, si no renuncia definitivamente a su antiguo historial de imponer su voluntad con el poder absoluto que siempre tuvo. Y ahora se lo niegan. La feria y la empresa van cuesta abajo. El malestar del público (pesa la ausencia del "8") crece cada tarde. Y el escándalo de la reventa alcanza cotas intolerables. El divorcio entre los que pagan y los que se llevan el dinero se palpa ya en todos los ambientes. Veremos cuánto tardan en llegar los trámites de la separación. El trato de los Lozano Después de tantos años sin venir a San Isidro la mayor sorpresa ha sido una llamada de Pablo Lozano para comer juntos a principios de la próxima semana. Mientras los de la prensa están que bufan por el mal trato que les dispensa Chopera, el mayor enemigo que tuvieron los Lozano en la crítica taurina recibe un trato cordial por su parte y aunque ya estoy en la otra orilla para tomar partido por nadie no deja de sorprenderte que mis enemigos históricos, a los que desbarate la jugada del rabo de Palomo, me traten con mayor afecto que José Antonio Chopera cuyas pruebas de amistad constan en las hemerotecas desde hace muchos años en las muchas crónicas dedicadas, al calor de unos sentimientos que creía recíprocos. Mis maltratados enemigos siempre me dieron sitio y caballerosidad. Ahora José Antonio pretendía imponerme un despotismo, que no puede ejercer, ni estoy dispuesto a tolerarle. Ignoro los desequilibrios emocionales o financieros que lo han llevado a esta situación ni lo que le costará dormir, recordando lo mucho que ha sido y lo poquito que pinta ahora en Madrid. Debe sentir lo mismo que los toreros cuando se ven obligados a convertirse en peones a las órdenes de un recién llegado a los carteles. Algo parecido le pasó a Paco Alcalde cuando tuvo que vestirse de plata y soportar las broncas de su sobrino político Fran Rivera. Lo que no voy a permitirle a un viejo amigo es que se comporte ahora como un patán maleducado cuando lo suponía inteligente y con un sentido de la ironía fuera de lo normal. Debe estarlo pasando muy mal para perder los papeles con este lamentable comportamiento que sólo es responsabilidad suya por meterse en este guirigay donde pensaba ser general y manda menos que un cabo furriel. Lo llamaban "El Pantera" y le han cortado las garras. |