El nido de las torcaces

Después del martirio de San Isidro se impone una cura de desintoxicación

 

Alfonso Navalón

 

Ha sido una feria agotadora, donde lo de menos era el esfuerzo físico de tener que estar en muchas partes para atender los compromisos y vivir el reencuentro de amigos leales, después de tantos años de ausencia. Lo peor era la tortura de soportar tarde tras tarde una feria interminable donde raras veces veías algo parecido al toro bravo y a lo que debe ser un torero con oficio y dignidad. Y luego hacer un esfuerzo de imaginación para sacar un coloquio lúcido sin argumentos para entretener a un auditorio exigente, que gracias a sus conocimientos y afición, cada noche me brindaban temas para salir adelante.

He vuelto a Salamanca como al regresar de una guerra. Y por si faltaba algo, esta feria desdichada ha supuesto un brusco enfrentamiento con José Antonio Chopera, donde el amor propio de cada uno estuvo a punto de saltar en pedazos una vieja amistad donde cada cual supo mantener las obligaciones de profesionales opuestas, con respeto y dignidad. Me conmovió que ya al final de la feria fuera él quien tuviera el gesto de humildad de darme ese abrazo que tanto deseábamos los dos. Vamos a ver si en los años que nos quedan de vida, no surge otro incidente para enseñarnos los dientes, ni darle gusto a más de cuatro hijos de puta.

El caso es que ya estoy otra vez en esa esquina de Salamanca donde mi balcón se abre a los amarillos trigales de La Armuña, hasta hace poco volaban por aquí bandos de perdices hasta que las cosechadoras acabaron con los nidos y las escopetas repetidoras con el canto de los machos en celo. Un amanecer contemplé atónito como en la gran plaza de la urbanización, picoteaban los pájaros silvestres alrededor de los contenedores, de los restos de las meriendas de los niños, de las migas de pan. Allí estaban las palomas torcaces que siempre han vivido entre los encinares lejanos a los pueblos.

Las tórtolas, con sus nidos en las ramas bajeras de las fresnedas, las cutuvias sobreviviendo con su color terrizo, que pasabas a su lado sin distinguirlas, pegaditas al nido. Y allí estaban también las alondras, cuando nos dolía el cuello de mirar al cielo para escuchar su canto y averiguar al lado de qué nube se quedaban inmóviles, llenando los barbechos con sus gorgueos. El campo, con los pesticidas, los cazadores y la desaparición de las espigas que olvidaban los segadores, los ha dejado sin sustento y ahora se buscan la vida en las orillas de las ciudades como los emigrantes hambrientos que vienen buscando nuestros desperdicios laborales. Pero se me olvidaba citar las chiribitas saltarinas de los peñascales y las pesqueras de los regatos. Las chiribitas han sido siempre unos pajarillos traviesos que se dejaban acercar y luego salían volando para posarse otra vez provocativas, engañándote con otro vuelo respingón.

Antes de San Isidro una pareja de torcaces, se asentó en la gran plaza y eligieron el refugio de uno de los árboles para quedarse en el vecindario. Y con gran sorpresa vi que estaban empezando a hacer el nido. Increíble que una torcaz apegada a la soledad de los grandes encinares, se atreviera a hacer su casa entre los focos de la plaza, la algarabía de los niños jugando en los columpios, la estridencia de las motos, el ruido de la música y durante la madrugada con el parpadeo de los televisores y los chismorreos de los programas telebasura. Estas palomas hacen el nido con infinitos viajes trayendo cada vez un solo palito, para luego irlos trenzando y dejando un hueco para que no se caigan los huevos. Las veía pasar bajo los soportales de hormigón con un palo seco en el pico que sabe Dios hasta donde habían ido a buscarlo. Así que decidí colocar junto al árbol un puñado de pajas, palos y pequeños troncos de flores secas para evitarle tantos viajes. Una mañana viendo al barrendero recoger lo que consideraba una basura, le confié mi secreto del nido y al poco rato volvió con un puñado grande para solidarizarse con esta secreta colaboración a las obras del nido.

Desde el balcón las veía multiplicar sus viajes hasta trenzar su nido en uno de los abrigos de las ramas altas. Y luego vino el cortejo de los arrullos, hasta que la hembra se acomodó para incubar los huevos.

Así que me fui al largo viaje de San Isidro, sabiendo que al volver vería a la pareja dándole de comer a los polluelos.

Recordaba los lejanos años de la niñez, cuando descubrir un nido en el campo o en las moreras de las escuelas era un acontecimiento para toda la pandilla. Recordaba cómo mi bisabuelo me subía a sus hombros para que viera los nidos de las tórtolas en los fresnos de la rivera advirtiendo que no los tocara porque luego los aborrecían. Recuerdo los castigos del maestro cuando alguno robaba los huevos o mataba los pajarillos. Así los niños de los pueblos aprendíamos a respetar los nidos y a disfrutar espiando las idas y venidas de la pareja para meterles la comida en aquellos picos desmesurados de los pajarillos que se parecían a las bocas de las ranas.

Cuando volví de San Isidro abrí el balcón pensando que ya estarían piando las crías de las torcaces. Pero una parte del árbol estaba destrozado y los niños de la ciudad, que ahora se crían con los video juegos y saben manejar el ordenador desde pequeños, se habían subido, rompiendo las ramas y destrozando el nido. Muy cerca de allí estaban la pareja de torcaces, inmóviles en el alero del tejado, contemplaban las ruinas de aquella casita que tanto les costó hacer. Ahora no saben donde ir. Ahora ya no es tiempo de empezar otro nido porque ya no queda tiempo de poner los huevos ni criar polluelos. Y me quedé muy triste pensando en el alma de esos niños que destrozan los juguetes a las dos horas de comprarlos. Porque no saben que un juguete era un acontecimiento, cuando los niños no sabíamos manejar el ordenador ni teníamos video-juegos.


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