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La farsa televisada de Santander. El Cid pueblerino y triunfalista. |
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Alfonso Navalón |
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Ya nos había dicho Miguel Malaleche, presidente de las tertulias de "El Portal", que por nada del mundo iba a colaborar con las estafas televisadas del Fenicio. Que el no ponía la corrida de Santander porque de entrada le parecía un montaje descarado del engañabobos para llevarse un puñado de millones. Acababa de llegar de pasar dos días en el Berrocal para consolarme de tener una de las pocas fincas donde hay agua para que no se te mueran las vacas de sed, como les va a pasar a más de cuatro. Porque jamás se ha conocido un verano más cruel. Me había resignado a no ver la corrida. No me movía más interés que ver hasta donde llegaba la desvergüenza de la farsa pregonada a bombo y platillo durante más de un mes como el acontecimiento del año. Pero como en alguna parte había que tomar unos pinchos antes de ir a la cama decidí ver la segunda mitad del festejo en el bar Nachi, porque tragarla entera ya sería masoquismo. Iba más que nada por escuchar las falsedades del Fenicio, aunque ya no me falta ningún dato para saber hasta donde llega su caradura a la hora de darle la vuelta a la tortilla y poner por las nubes a sus "contribuyentes" o disculpar sus fracasos. Lo más gracioso es que Nachi, había puesto la corrida con la condición de quitarle la voz, porque no quiere que se le revuelvan las tripas escuchado mentiras ni consentir que engañen a sus clientes. Rincón no debió salir. Puestas así las cosas es imposible disculpar la penosa actuación del bravísimo Cesar Rincón, recién salido de una cornada y completamente falto de ánimos y de sitio. Cesar sabe que ya le queda poco tiempo para llevarse el dinero pero después de pasar tantos malos tragos no iba a hacerle ascos a un montón de millones y con la "garantía" de los suaves y bondadosos Jandillas. Todo había sido montado para que fuera un éxito y eligieron una de las borreguerias más apetitosas para los toreros. A Cesar le tocaron los huesos duros de la mansedumbre con genio. En otra ocasión se habría montado encima. Pero esa noche le pesaba el cuerpo herido y le fallaron los arrestos. No había más que ver la cara de sufrimiento y de impotencia, incluso cuando brindó al publico creyendo que podía hacer faena. Cesar no fue ni la sombra de otras tardes. No podía con la teleguilla. Dentro de sus desdichas los pocos muletazos limpios y templados fueron suyos, aunque los robara a favor de obra y sin confianza en lo que estaba haciendo. A Rincón le esperan horas muy amargas para mantener el cartel de San Isidro. Público fácil y torero trabajador. En cambio lo de El Cid es un camino de rosas, El publico está convencido que es la máxima figura y además uno de los mejores toreros de la historia. Lo de ser el tuerto en el país de los ciegos está ahora demasiado fácil. Con Ponce y El Juli eliminados en San Isidro sin toreros jóvenes que pidan paso la voluntad de El Cid parece un milagro en medio de tanto cantamañanas. La prensa vendida y el caprichoso publico de Madrid le han entregado el cetro del toreo. El público feriante se lo ha creído y van a la plaza para aplaudir todo lo que haga. Y lo que hizo en Santander fue demostrar el bajo nivel del toreo actual y el conformismo triunfalista de un publico que ya no distingue el trapazo del pase templado, ni la vulgaridad con la mínima estética exigible. El Cid tiene mala planta, malos andares, actitudes vulgares. No sabe andarle a los toros, ni andar en la plaza con un mínimo de torería. Todo lo que hace es pueblerino, con actitudes propias de capea de plaza de carros. Pero su voluntad cautiva a la gente. Le basta su afán de agradar para que le regalen las vergonzantes orejas del cuarto y la apoteosis del sexto donde después de fallar tanto matando, todavía se empeñaron en regalarle otra oreja. Ya está dicho que es un torero vulgar, sin maneras, sin calidad, sin arte, todo en el es tosco, reiterativo y sin repertorio. Pero lo peor es que estamos ante un gran ventajista que abusa en todos los pases de los trucos más corrientes. Cita con el pico de la muleta y la pierna retrasada. Cuando el toro mete la cabeza lo echa fuera de la muleta en vez de torear sobre la cadera. No da ni un solo pase de pecho porque los vacía al contrario de lo que marcan los cánones. El Cid no saca los toros por la hombrera contraria, si no muy fuera del brazo que lleva la muleta. Justamente lo que hacían los antiguos toreros de las capeas, con los toros resabiados. En resumen: Hacia muchos años que no veía torear tan mal ni a un público tan convencido de estar viendo una faena histórica. Es una pena que no pudiéramos escuchar el sonido para asombrarnos de la cantidad de elogios irracionales que debieron dedicarle. Lo cierto es que cada trapazo, cada enganchón, cada trallazo echándolo fuera, despertaba encendidas ovaciones. Sabíamos que el toreo estaba bajo mínimos, que no hay ni uno solo con el empaque, el dominio y el arte que debe tener una figura del toreo, pero no podía imaginar que a la cabeza del escalafón esté un ciudadano desgarbado, con pinta de cabo de gastadores de la guardia civil y cuya mayor virtud es que demuestra mucha voluntad y ganas de dar muchos pases seguidos.
Lo de la noche de Santiago en Santander es uno de los pegapases
más ridículos del último medio siglo. Porque El Cordobés, que era
tan tosco y afanoso como este mozatón, trajo el ridículo del salto
de la rana para una sociedad de golfos, de nuevos ricos horteras
y de pobre gente que iba a tirarle conejos y melones, porque a todos
los pobres le hubiera gustado ser como El Benítez. Del hambre a
los millones. Ahora el publico de las telesbasuras va también a
los toros, por eso no saben distinguir un pase de un trapazo de
El Cid. Pero como cada Gran Hermano, la Casa de tu vida o la Operación
Triunfo, el populacho necesita un triunfador. Y le ha tocado a El
Cid que es perseverante y machacón. Aunque no sepa torear. Pero
eso no importa. |