VOLVER A "TERRONES"
Nostalgias de un ganadero que se hartó de serlo
Alfonso Navalón
Mi hija Estrella me ha invitado a un viaje a Egipto. Desde antiguo he sentido fascinación por todo lo que rodea al Nilo y el recuerdo de una de las primeras culturas de la humanidad. Pero me he quedado en Salamanca. Después de tantas aventuras por el ancho mundo se me han quitado las ganas de viajar, aunque a veces me pesa esta rutina de dejar pasar los días sin hacer casi nada. No sé si me arrepentiré de haber despreciado los estancos de este viaje pero hace ya dos años que tengo pendiente una estancia de quince días en Costa Rica que es lo poquito que me queda de conocer de El Caribe y sigo aplazando este salto al Atlántico. El caso es que le di el billete de Egipto a mi hermano Carlos a cambio de un agitado fin de semana en el Campo Charro donde se me juntaron las alegrías y con la tristeza de comprobar el paso del tiempo.
Hará ya treinta años que no volvía a la finca de "Terrones" con uno de los caseríos más antañones del campo bravo. Allí pasé muchas horas felices haciendo tentaderos en dos ganaderías que ya desaparecieron. El hierro de la estrella o de la flor del inolvidable Carlines Sánchez Rico y el de sus primas hermanas María y Carlota, más conocidas por "las Chagas" que por cierto, no se hablaban entre ellos. Así que cuando iba a ver a Carlines no podía visitar a sus primas. Y viceversa. Andaba entonces escribiendo esa pena de libro olvidado por mi pereza que es el "Viaje a los toros del Sol". Las dos hermanas solteronas me preparaban unas comidas primorosas y unas natillas sólo comparables a las que hacía la montaraza de "Cerroalto" cuando íbamos varios días a los tentaderos de Jardón con Julio Aparicio y Andrés Vázquez y la flor y nata del toreo tratándose de los empresarios de Madrid y San Sebastián.
Entre las dos casonas de "Terrones" estaba el palacio que perteneció a un obispo y que siempre está cerrado. Estas dos familias tan apegadas a las tradiciones y tan sobrias en sus costumbres (poco amigas de recibir extraños) me cogieron un cariño especial por mis raíces camperas y les sorprendió que un crítico taurino viviera y supiera de la entraña ganadera. El caso es que Carlines, con toda su fama de tacaño, me regaló una noche cuando ya salía a tomar el coche, un par de botos de becerro hechos por el artista de Narros de Matalayegua que junto al de Carrascal se llevaban la palma de calzar a los ganaderos de postín y a las figuras del toreo. Por aquella época un torero no tenía categoría hasta que no estrenaba unos botos de estos dos zapateros. Los ganaderos más elegantes y los aristócratas le encargaban también los zapatos de horma inglesa para vestir de sport. No para ahí la cosa porque Carlines me regaló además algo que tenía muy poquita gente: una sujeta corbatas de oro con el hierro. Los últimos de su vida, cuando todavía acariciaba volver a ser ganadero, me llevó a Terrones para enseñarme orgulloso las paredes de lomo de perro y las porteras de chapa verde con el hierro. Como muestra final del aprecio, cada vez que nos veíamos en la tertulia del Gran Hotel quería que volviéramos a la fina para darme un capote de montar a caballo. Una verdadera joya de las viejas costumbres ganaderas. Hecho de lana de Béjar con el cuello de cordero merino negro y además impermeabilizado para soportar la lluvia en las largas caminatas. Por dejadez nunca fui a recogerlo. Como me pasó con la cabeza del toro "Miramar" que en una memorable corrida acabó con Pedrín Benjumea, después de ¡once volteretas! Cuando fuimos a escoger los toros con el representante de la empresa de Madrid, me impresionó la soberbia majestad de aquel toro.
Como no me hacía la idea que ni Carlines ni don Alipio se iban a morir tampoco fui a recoger la cabeza del toro que todavía luce su historia en el salón de "Matilla".
Me estoy extendiendo mucho en preámbulos y tendré que dejar para otro día el motivo de esta crónica donde se me agolpan los recuerdos de aquella época dorada, donde todavía quedaban toros capaces de destrozar en un rato a toda una figura del toreo y la antigua seriedad de la plaza de Madrid que no perdonaba un fracaso. Ahora José Tomás hace el ridículo dejando un toro vivo y encima lo siguen adorando. A fin de cuentas Benjumea se jugó la vida desesperadamente y logró matarlo de una estocada emocionante, a cambio de la última cogida. Quizá el secreto de que saliera ileso aquella tarde fuera que el toro era excesivamente cornalón, que suelen ser menos certeros al herir que los cornicortos. Ahora los ganaderos no nos atrevemos a criar toros veletos con mucha arboladura porque hace años que las exigencias de los toreros los han rechazado. Otra muestra más de su ignorancia. Cuando Diego Puerta estaba en la cumbre tenía que lidiar una corrida de Lisardo Sánchez y como no podría ir a verla su representante le encargó a don Lisardo que le mandara los seis más corralones. Recuerdo una tarde en Pamplona donde un toro del Conde de la Corte de pitones exagerados lo cogió tres veces para matarlo. Le cortó el rabo y ni siquiera sufrió un rasguño.
Como anticipo de la próxima crónica os diré que he vuelto a "Terrones" cuando menos lo esperaba porque Paloma, heredera de Carlines, me invitó a la inauguración de la plaza nueva y de la casita del vaquero convertida en pabellón de invitados para tomar el almuerzo junto a los corrales. El resultado ha sido un exquisito gusto para combinar lo añejo con la comodidad y hasta el cuarto de baño tiene torería porque la separación del retrete es el famoso burladero del tendido siete de Madrid. Pero como es mucho, ya os contaré mañana todo lo que pasó.


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