EL MANIFIESTO DE LOS PANCISTAS
Alfonso Navalón

Cuando hace más de treinta años que llevo denunciando los abusos que iban camino de acabar con el espectáculo taurino. Cuando di la voz de alarma sobre las protestas justificadas de un público que se sentía estafado. Cuando dije que la mayoría de las corridas estaban incursas en lo que el código de Comercio vigente califica como defraudación y que casi todas las tardes se incumple la prestación de servicios a que da derecho a una entrada… los pancistas de entonces contestaron a coro que eso era mentira, que desde los tiempos de El Guerra hubo críticos que atacaban los males del toreo y a pesar de todo la fiesta sobrevivía, que quienes señalábamos los fallos y defectos no éramos más que agoreros y “enemigos de la fiesta”.

 

Ahora ha pasado como en el cuento del lobo que nunca llegaba. ¡Qué viene el lobo! Y como el lobo no llegaba se reían todos. Ahora hasta los taurinos más optimistas y los mejor situados en el reparto de millones han reconocido que esto va por muy mal camino y que la gente no acude a las plazas porque ni el toro tiene emoción, ni los toreros practican la verdadera técnica, ni el reglamento se cumple, ni la autoridad pone orden y para remate la mayoría de los cronistas engañan al público, dando por bueno todo lo que sabemos que es malo.

 

Ahora todos se palpan la ropa, dicen que esto no puede seguir así y que entre todos hay que ponerle remedio. Pero en el remedio no entra dejar de afeitar los toros, ni asesinarlos en varas, ni devolverle la casta y el poder. Buscan un cambio pero sin que cambie nada de lo que favorece a quienes abusan del poder.

 

Lo más esperpéntico de todo esto es que cinco semovientes que se hacen pasar por periodistas taurinos, se han juntado para publicar un manifiesto farragoso, olvidando que son ellos los principales responsables de todo lo que está pasando. Los cinco meapilas son lo más representativo del tipo de desinformación que desprecian los verdaderos aficionados. Los cinco están suficientemente desacreditados por sus carreras de servilismo al poder establecido y de dar por bueno todo lo malo que indigna al público.

 

En toda la historia del periodismo taurino es dificilísimo juntar cinco nombres más desprestigiados. Unos por manifiesto desconocimiento de lo que escriben y otros por su escandaloso enriquecimiento. Jamás en la historia de la crítica hubo nadie apaleando millones como estos ni viviendo en mansiones de lujo, ni llevando coches de veinte millones de peseteas. Y lo que es peor. Algunos ganan tanto como cualquier figura del toreo sin llevarse un mal susto. Han montado el circo de tal forma que entre los chanchullos de las corridas televisadas, o los coloquios patrocinados millonariamente, dejan en ridículo a los poquitos toreros que todavía se juegan la vida con las corridas duras y astifinas.

 

Ninguno de los cinco ganapanes que firman el manifiesto (creo que ni lo han escrito ellos a pesar de su prosa zarrapastrosa) merecen figurar como cronistas de toros porque han demostrado sobradamente que no tienen capacidad ni intención de informar dignamente de lo que pasa en el ruedo.

 

Ante un caso como este donde es evidente que se acerca el caos del espectáculo taurino, ellos deberían estarse callados para pasar desapercibidos. Porque ellos son los principales responsables de todo lo que está pasando. Si existiera una prensa libre, independiente y llamando las cosas por su nombre jamás habríamos llegado a esta situación de trampas y corrupciones. Ninguno de ellos ha sido capaz de denunciar los abusos, ni de defender al público ni de exigir a la autoridad para que se cumpla el reglamento. Casi todos han colaborado con el fraude. Todos sabemos que hasta el mojigato de Vicente Zabala colaboró con Manolo Chopera para disolver la molesta andanada del 8, eliminar los sectores contestatarios y promocionar a los triunfalistas del clavel. Zabala padre fue el que implantó la moda de sacar a los picadores por la puerta del 7 para que no diera tiempo a protestar los toros cojos y ahorrarle millones a la empresa.

 

Si Zabala y los que han venido después hubieran ejercido de guardas jurados el huerto del toreo no sería un erial como el que padecemos. Han transigido con todo, no han sido capaces de denunciar ningún abuso y cuando en las corridas televisadas estamos viendo un infame bajonazo, el caradura del Palabrero dice que es “una estocada ligeramente desprendida”.

 

Estos cinco tunantes de la sopa boba, auténticos encubridores de todos los fraudes, se atreven ahora a escribir un manifiesto como si de la Fiesta le importara algo más que los millones tan indignamente ganados. Más gracioso es que los máximos responsables se hacen acompañar de sacristanes o monaguillos. O de cabestros.

 

El Palabrero Fernández y el Prostituto Fenicio se llevan de comparsas a tres pobres diablos: al robameriendas de la Conferencia Episcopal que sobrevive con trapicheos de medio pelo, al botín de Zabalita, que tomó la alternativa sin haber toreado ni una becerra en una radio de pueblo, y de la casa Domecq al que hace de mayoral en Mundotoro y debería invertir en un diccionario de la Lengua Española todo lo que se gasta en gomina. Nos quejamos de lo mal que anda el toreo y de lo aborregados que salen los toros… pero jamás hubo tanta mierda en la crítica como ahora.


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