|
El padre del Capeíta quería ser Hernán Cortés El apoderado considera prudente que se quede en España Inhabilitada por un año la ganadería desmochada en Guadalajara |
|
|
Alfonso
Navalón
|
|
|
Ell comportamiento de Pedro Gutiérrez Moya (semifigura en los años setenta) ha dejado a la afición mejicana mucho más chingada que cuando llegaron los españoles, degollando indios y llevándose el oro de los tesoros aztecas. El personal hace memoria y resulta que cuando el tal Pedro andaba recorriendo todas las ferias no era tan déspota ni tan tintín. Se le recuerda como un torero listillo y simpático. Jamás tuvo humos de dictador. Tampoco tenía motivos para serlo porque ni en sus años de esplendor mandó en el toreo. No tenía fuerza para imponer carteles ni vetar a nadie. Iba dentro del engranaje comercial de los Chopera y ganaba un jornal decente, pero sin llegar nunca a los dineros de El Viti, Paquirri o El Cordobés. O sea que nadie se explica cómo ahora entra en las ganaderías a saco imponiendo el afeitado para todo lo que matará el desgalichado de su hijo. Si algún ganadero se niega a meter la mercancía en el mueco y cortarle los cuernos por donde él ordene, los insulta y amenaza con echarlos de todas las ferias después de llamarlos mangurrinos y muertos de hambre. ¿Qué le puede haber pasado al Niño de la Capea para pasar de persona cordial a un déspota prepotente? Pues muy sencillo. Como uno se entera de casi todo ya me informaron de las causas del cambio de carácter y la explicación de su descarado comportamiento en la hermana nación mejicana donde tanto lo veneraban cuando iba de normal por la vida. La culpa de todo la tiene la lectura. Los toreros deben leer poco porque no todos están preparados para digerir lo escrito. Pedro Gutiérrez jamás había demostrado su interés por la literatura pero como en los aviones hay tantas horas muertas en los vuelos transoceánicos, las compañías, aparte de películas, llevan libros para distracción de los pasajeros. Y mira por cuando cayó en sus manos una biografía de Hernán Cortés, el sanguinario conquistador de Méjico. Y al Sr. Gutiérrez se le indigestó porque se le metió en la sesera hacer como torero lo que el de Medellín había hecho en nombre de su Católica Majestad. A fin de cuentas se sentía muy identificado con aquel mito guerrero, los dos llevaban el uniforme con adornos metálicos, los dos usaban la espada para matar (El Capea más bien para pinchar) y los dos tenían una sed de poder propio de los que en su infancia no tuvieron nada. Así que llamó a su hijo y le ordenó aprenderse entera la biografía de Cortés. Y el torerín con caderas de ánfora, apoyó su oreja en la hombrera (talmente como si estuviera toreando) hasta que llegó al capítulo donde nombran a Cortés virrey de Méjico. Entonces padre e hijo deliberaron para sacar conclusiones. "Periquín del alma, hagamos lo mismo que Hernán Cortés y será nuestro todo el oro de Méjico". Periquito puso como condición que además del oro quería muchas indias porque su padre no lo deja andar con chicas y tiene que ir de tapadillo a un prostíbulo de la calle María Auxiliadora y pagar tres mil duros por desahogarse. Teniendo muchas indias como Cortés se le quitaría el complejo de sobrero que le entró cuando su novia se marchó con el sobrino de Remigio, el de los camiones Man de Salamanca. "No seas tonto, Periquito, con el oro de Méjico te puedes tirar hasta a Nuria Bermúdez, o a la gitana de la papada que sale en la televisión de tu pueblo". Dicho y hecho. El padre entraba en las ganaderías con el serrucho en la mano para desmochar todos los toros. Desde el primer día se le fue la mano y en la corrida del debut en Guadalajara causóle tales estragos en el mueco que al ganadero lo sancionaron con un año sin volver a lidiar. El resto ya lo saben. El padre del torerín avasallaba como Hernán Cortés. Se hizo el amo de las televisiones, del presidente, de los veterinarios y metió en la Méjico seis gatos como si de seis toros se tratara. Pero los manitos de ahora no se resignaron como los indios ante Cortés y después del atropello y de la estafa se cagaron en el gachupín y dijeron que no querían verlo por allí sin el riesgo de balearlo. Así que Fernando Lozano, el apoderado del chaval, en vista de que sólo tienen una corrida contratada de las quince que pensaban torear decidió que el padre se quedara en Salamanca para que no se enojaran los pobres peladitos que pagan la entrada. Porque el tal Gutiérrez se ha creído que es el padre de El Juli. |