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CUANDO
SE CIERRA UNA PUERTA
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Dicen que no son tristes las despedidas, ¡Dile a quien te lo dice que
se despida!". Es muy doloroso cerrar una puerta, dejando dentro un trozo
de tu vida. Somos animales de costumbres y dejamos pasar el tiempo como
si no pasara nada. Como si levantarse y acostarse, dejando en medio la
monotonía o los sobresaltos del día, fueran una rutina. Pero de pronto
cambian los aires y tienes que buscar otros horizontes. Aunque salgas
ganando te das cuenta que siempre has perdido algo. Has cerrado un capítulo
de tu vida que no volverá a repetirse. Que en cierto modo acabas de enterrar
una parte del muerto que llevamos dentro. En una tibia mañana de octubre,
entre las prisas de un viaje, caí por el periódico para dejar unos papeles
y vi a Nieves despidiéndose de todos, recogiendo sus breves enseres personales
para dejarle la mesa limpia al sucesor. A todos se nos estranguló una
lágrima y la vimos marchar con esa congoja irremediable de las despedidas.
Hasta sabe Dios cuándo. En mi larga vida me ha tocado ver llegar y ver
marcharse a dieciocho directores de mis diferentes periódicos. Con algunos
sigue una amistad a prueba de ausencias. El que más huella dejó en mis
recuerdos fue el inolvidable Eduardo Delgado, el periodista más completo
y más cabal que he conocido y, cuando lo llamaba para invitarlo al tentadero
del otoño, su mujer me dijo llorando que había muerto hace meses ahogado
en su pequeño paraíso del Mediterráneo. "No me atrevía a llamarte, porque
sabía cuánto lo querías". Con todos me llevé bien y hasta Emilio Romero
soportó estoicamente mis desplantes de soberbia. Sólo tengo una cruz para
el oportunista de Pedro J. Ramírez, que nunca mira de frente y del que
me quedó un recuerdo despreciable de mi paso por 'Diario 16'. De todas
las despedidas me resultó particularmente dolorosa la de Carlos Velasco,
al que lamento haber casi perdido en este vacío del roce profesional.
Con Nieves tengo clavada una espinita que a veces me hace cosquillas en
la conciencia. Una noche salí del periódico deprimido por algún revés
personal, y cuando salió la directora, vio mi coche a la puerta de 'El
Albero' y paró para cenar conmigo creyendo que estaba triste y solo. Ésas
son cosas que no se olvidan. Todo lo demás fue una guerra y andábamos
siempre a la greña, como el perro y el gato. Sus directrices y su forma
de entender el periodismo eran completamente distintas a las mías. Nieves
es una mujer de orden y yo un anárquico. Nieves era inexorable con la
censura y me llevaban los demonios cuando tiraba un artículo entero a
la papelera. Y a los pocos días, ¡otro!: "Eso es 'impublicable', que no
me creas más que problemas". Hasta que este septiembre, entre los nervios
de la crónica de una noche de feria, eché las patas por alto, tiré la
máquina de escribir, hice pedazos las gafas y me puse a darle voces como
un energúmeno, dejando asustada a la Redacción por aquel 'pronto' tan
tormentoso. Ya no volvimos a darnos la cara, en una situación muy tensa
y que los dos pensábamos zanjar en cualquier rato favorable. Por eso,
me emocionó su nobleza al llamar para despedirse anticipándose a mi deseo
de arrancar la espinita de nuestras discordias. Ahora me da una pena mansa
verla marchar cerrando la puerta donde ha dejado enterradas algunas ilusiones
y me figuro que bastantes sinsabores. Perra vida ésta la de servir a un
oficio donde unos medran cuando lo dejan y otros nos entregamos a cambio
de un salario de vanidad y fantasías. El periodismo es un veneno que llevamos
dentro una legión de soñadores donde en sólo unas horas puedes pasar de
la gloria al olvido. Nieves se ha ido de nuestro entorno cotidiano y yo
le deseo un camino de rosas en esta carrera absurda de perseguir la calderilla
de la fama. A veces, tan efímera.
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