| Mi
amante
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| Mi
bisabuelo Francisco Grande, que se quedó viudo a los veintitrés
y murió viudo a punto de cumplir los noventa, era un sabio rural
aunque no supiera leer ni escribir. Os digo que era un sabio porque al
verme quinceañero y triste por el primer desencanto amoroso exclamó:
«No seas tonto, que el que pierde una buena mujer no sabe lo que
gana». A estas alturas de mi larga vida de pendón verbenero,
todavía no eché la cuenta de las buenas mujeres que perdí,
aunque sí recuerdo a algunas arpías que me amargaron la
vida. Dicen los expertos que los temores eternos no duran más de
pocos años y que todo lo que viene después es rutina o santa
resignación. Ni entro ni salgo en tan discutible sentencia pero
haciendo recuento sentimental declaro que la amante que más me
ha durado se llama TRIBUNA, por haber sobrevivido a una tormentosa relación
de berrinches, broncas y reconciliaciones por culpa de esta puta soberbia
que arrastro desde nacencia por lo que a veces soy de difícil trato.
Cuando conocí a TRIBUNA llevaba el alma dolorida de injusticias
y desencantos y en cuanto recibí la caricia de estas páginas
sentí renacer la ilusión de vivir otra vez la aventura de
este oficio de locos. Era como volver a empezar cuando creía que
ya estaba de vuelta de todos los caminos. Fue como uno de esos amores
tardíos haciéndote brotar una primavera que dabas por perdida.
Nos enamoramos como dos criaturas que descubren la ternura y los celos
cuando ya pensaba que se me había secado el corazón. Otra
vez la ilusión de la firma, que es como la cita de aquellos novios
antiguos que iban juntos a misa en el mes de las flores. Y otra vez la
foto chiquita en una esquina de tu artículo. Esa foto es como el
retrato de la primera novia que guardabas en los libros de clase para
mirarla a todas horas. En los grandes amores tienen que llegar las tremendas
rupturas para gozar luego del paraíso de las reconciliaciones.
Y nos pusimos los cuernos dos veces para volver a empezar la ansiedad
de un amor que vuelve a estrenarse. Primero me traicionó ella por
culpa de una señorita que pidió mi cabeza porque había
escarnecido a un novio terrateniente, y ella soñaba con ser la
señora del apellido compuesto. Luego se quedó para vestir
santos desbravando sus privaciones eróticas con una desaforada
réplica a tiempo perdido. Por culpa de ella me vi en la calle medio
año, pero el tiempo deja las cosas en su sitio y demostró
que no podíamos vivir el uno sin el otro. Me llamó a su
lado. Volvimos a empezar, pasaron varios directores y varios gerentes
y lo nuestro seguía a pesar de las intrigas y de algunos cantamañanas
que querían quitarme el sitio en la cama que ella me ofrecía
generosamente mientras yo derramaba en su cuello frases de ternura. A
algunos miserables les dio envidia tanta felicidad y empezaron a segarme
los pies para robarme el sitio. Una mañana de abril di el portazo
y se quedó sola mientras yo le ponía los cuernos gloriosamente
con un programa de televisión. Cuando se convenció que nadie
iba a quererla tanto como yo me llamó y se acabó mi orgullo
para llenarla otra vez de cuentos de primaveras y dulzuras de otoño,
cuando le escribía con esa entrega abierta del amor correspondido.
Nunca falta algún forastero que quiere llevarnos al desamor. Lo
nuestro es ya una larga historia de intimidades, y cuando salto la frontera
de los setenta siento que la sangre se me vuelve joven al verla por las
mañanas con mi retrato en la tercera o en las largas historias
de los miércoles. Aunque de vez en cuando tengamos nuestros disgustillos,
sus besos me siguen sabiendo a gloria en estos nueve años que llevamos
queriéndonos. |