| El
rey de la noche es ahora misionero en la India
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| Julián
Campos ahora es misionero en la India, un pedazo de mozatón, jaranero
y nocherniego, aficionado impenitente, peregrino juerguista a todas las
ferias de postín. Era el dueño del comercio de modas más
lujoso de Burgos. Fue el primero que llevó aquellos pantalones
rojos que se convirtieron en el uniforme pijo de la derechona juvenil,
sobrinos ideológicos de Onésimo Redondo, nietos espirituales
de Franco, puteros de misa y comunión, discípulos de Fraga,
antes que naciera Aznar. En Burgos lo llamaban ‘Julianín’
como broma a su enorme corpulencia. Era líder lúdico de
aquella tribu selecta formada por jóvenes médicos, abogados
y ejecutivos que mandaban en las alegres noches de las discotecas. Por
aquel entonces daba yo unos coloquios en la feria distintos a todos los
demás porque la sala se llenaba de gente muy joven, ilusionada
por aquel mensaje de rebeldía. Se arracimaban en el suelo al borde
de la tarima. Daba gloria hablar para un auditorio tan fresco y abierto
y me admiraba que pudiendo estar a esas horas en las discotecas fueran
a verme con sus novias. Resulta que todo mi cartel se lo debía
a ‘Julianín’ devoto de Antoñete. A Julián
le emocionó una crónica mía cuando el torero del
mechón andaba en su frágil carrera de triunfos y vacíos
de ausencias, lo llamé ‘El rey del toreo’. Luego supe
que los días de mis charlas Julián había arengado
a sus gentes. Este año no vamos a ir a las charlas de Pedro Javier
Cáceres, ni a las de la maricona de Del Moral. ¡Os vais a
enterar quien es Navalón! Y a poco estuve de cargarme esa fidelidad
porque la primera noche que los vi tomar la sala, levanté la vista
de las notas y sorprendido por tantos pantalones rojos exclamé:
¡Parecéis un bando de perdices! La lógica reacción
de la derechona sin sentido del humor hubiera sido organizar un escándalo
y boicotear mis charlas. Pero Julián era el líder y aguantaron
impávidos. Hasta que un año aquel bestiajo de Alcalde, José
Mari Peña ‘El Algarrobo’, se enfureció porque
su comilona con todos los alcaldes burgaleses cuando los cangrejos estaban
prohibidos y nos tocaba comerlos clandestinamente en un cuarto secreto
de la Venta de la Tuerta. Ya no volví. Pero las huestes de Julianín
estaban siempre en las charlas de Palencia, Valladolid o Salamanca y en
las de San Isidro, me admiraba mucho la fidelidad de este grupo de fascistas
acérrimos sabiéndome republicano y antifranquista. Han pasado
más de veinte años y una tarde encontré en el callejón
de la plaza de Valladolid a un hombre extremadamente delgado, de aspecto
ascético y una barba muy larga, estaba en el burladero de Juan
Vicente Herrera, entre los mandamases de Castilla y León donde
su aspecto franciscano era un pintoresco contraste con la pulcra vestimenta
de los políticos. Me dio un abrazo emocionante y sólo al
cabo del rato me di cuenta que aquel mano de huesos era ‘Julianín’
Campos el rey de las noches burgalesas. Todavía era más
emocionante conocer la nueva vida de aquel niño mimado y millonario,
primo hermano del presidente de la Junta. Un día Julián
sintió el mensaje de los iluminados y decidió dejar su vida
regalona para entregarse al servicio de los pobres, de los apestados y
de los moribundos. Se fue con la Madre Teresa de Calcuta y salvo breves
escapadas a España viven en la India, entre la infinita miseria
de aquellas gentes marginadas, recogiendo muertos y curando leprosos.
Seguramente todos sus amigos serán ahora los más ricos de
Burgos. Y cuando nos despedimos de sus labios de misionero todavía
recitaban párrafos de la última crónica que le hice
a Antoñete en aquella triste despedida de Madrid. ¡Que lección
de humildad nos has dado! |