Más sobre teñirse el pelo
El último día se me quedó corto el artículo sobre esos pobrecitos que tratan de engañar y engañarse embetunando las canas. Lo digo porque mi pobre madre se asustó al verme «tan viejo» cuando el pelo blanco pasó de las sienes a la trasera de las orejas. Siempre me ponía de ejemplo a Julián Farinato, un mozo de su época que dejó el arado para irse a la guerra y luego a la División Azul, de donde volvió con las tres estrellas convertido en el capitán Montero. La gente del pueblo todavía recuerda conmovida, cuando Julián volvió de Rusia y le ofreció a la Virgen de la Soledad la Cruz de Hierro que le impuso el general Muñoz Grandes. Hubo una misa de muchos curas, música, cohetes y procesión. Julián iba detrás de la Virgen impertérrito con su fajín de seda, su uniforme de gala y las botas altas, relucientes, con unas espuelas que tintineaban al compás de su paso marcial. Pasaron bastantes años y el capitán Montero, gran amante de su pueblo, venía ya vestido de paisano, a pasar las fiestas de Nuestra Señora de agosto y se hizo una casa, con huerto y jardín para seguir fiel a sus raíces. Hasta que un día mi madre me llamó al orden desesperadamente: «¡Fíjate lo guapo que está Julián Farinato desde que se tiñe el pelo! ¡Se ha quitado 20 años de encima!». Por aquel entonces, servidor ya andaba por los cuarenta. Lo que no sabía mi madre es que yo estaba en lo más alto de mi autoestima porque ni a soñar que me echara podía creerme que una mujer espléndida, aristócrata y refinada se encaprichara de este pobre cateto no siendo alto, rubio y con los ojos azules. No sé qué vería en mí aquel pedazo de mujer pero en los momentos más dulces siempre me decía lo mismo: «¡Lo que más me gusta de ti son las canas!». Mi madre seguía erre que erre con que me pusiera el pelo al estilo de Julián Farinato y cuanto más me sermoneaba, más me acordaba de la exquisita dama. Hasta que un día ya no me pude aguantar: «Pero mamá, ¿qué cojones sabrás tú de la vida?».


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