Vendrá sin Nochebuena
Era un mozo quinceañero, cuando sentí por primera vez la necesidad de escribir algo en un periódico. Ocurrió el día de Nochebuena, cuando al sentarnos a cenar estaba vacío el sitio de mi bisabuelo Francisco Grande, muerto dos meses antes de un atracón de sardinas porque se comió él solito la cena de los cinco gañanes con la ayuda de una jarra de vino de las de a litro. La santa de mi abuela Josefa tuvo que preparar otra comida de urgencia. Era el día de la Virgen de El Pilar y cuando volví del baile a eso de la medianoche me extrañó no verlo recenando, como era su costumbre cuando andaba con sus calzoncillos largos arrebañando todo lo que se encontraba en la alacena. El bisabuelo tenía un saque que sólo lo ha igualado mi hermano Tony, que encerrando la corrida de la fiesta de Nuestra Señora, se adelantó a los demás caballistas y cuando llegaron se había engullido la fuente de filetes que tenían preparada para el almuerzo. El caso es que entré en la alcoba y me encontré al pobre bisabuelo con el patatús de la agonía. Fijaos la encarnadura que tendría aquel hombrón que cuando llegó don Ramón, el médico, y dijo que acabaría en un par de horas, estuvo cuatro días peleando con la muerte como un perro de presa. Mi abuela se empeñó en amortajarlo con el único traje de paño que tenía y que sólo debió ponérselo el día de la boda porque siempre lo conocí con los pantalones de pana lisa y la chambra de dril. Aquella Nochebuena al ver su sitio vacío, me entró una congoja que apenas probé el turrón, ni el melocotón con vino caliente. Me subí al escritorio de mi padre y en la trasera de la hoja de un calendario de La Unión Española de Explosivos escribí el primer artículo de mi vida: «Vendrá sin Nochebuena». Y digo que fue el primero porque al día siguiente mi padre lo pasó a máquina y se lo mandó a Javier de Montillana, que entonces era el redactor-jefe de ‘El Adelanto’ (el periódico más antiguo de la capital y provincia). Imaginaos la sorpresa que me llevaría cuando vi mi nombre por primera vez en un periódico. Poco después llegó una carta del mentado Javier de Montillana animándome a seguir escribiendo... Han pasado casi 50 años desde entonces y en esta Nochebuena nos hemos vuelto a juntar lejos de la chimenea familiar en el piso nuevo de Ciudad Rodrigo, rodeando a la nieta del bisabuelo que ya ronda los noventa y tiene la memoria perdida, pero conserva el mismo saque para comer que el viejo patriarca. Tampoco he podido cenar como otras veces. Pensé que tal vez será la última vez que nuestra madre presida la mesa y que por primera vez estaba vacío el sitio de Borja, mi niño querido que no ha podido venir a llenar con su alegría esta noche de tantos recuerdos tristes. Medio siglo después de llorar por el bisabuelo, he tenido que tragarme las penas y esperar a que llegue el sueño tardío acariciando una foto con la sonrisa traviesa de mi nieto del alma. Ojalá que no sepa nunca lo mala que puede ser una Nochebuena.


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