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Murió el cronista más odiado: Alfonso Navalón dejó muchos enemigos y malos recuerdos (El Vito) El sábado, en su adoptiva Salamanca, falleció el crítico y escritor taurino español Alfonso Navalón. Natural de Huelva, donde nació el mismo año del estallido de la Guerra Civil, 1933, creció alrededor de la Fiesta como una especie de Torquemada del Toreo. Más por los vicios del censor que por la honestidad de su censura. Abogado que jamás ejerció el Derecho, novillero y ganadero fracasado, terrible como crítico taurino. Navalón deja muchos enemigos, más detractores y dudamos que buenos amigos. Alfonso Navalón aprovechó durante la dictadura de Francisco Franco el escape social que significó la Fiesta para los españoles. Junto a Vicente Zabala se erigió en el gran censor del espectáculo, desde la tribuna de los diarios Informaciones y Pueblo En Pueblo, diario ejercito por el censor del Franquismo, el falangista Romero, ejerció una férrea oposición a la crónica asalariada, impuesta por los grandes empresarios, contra el sobre que repartían las figuras del toreo, a favor de los toreros legionarios y de las ganaderías duras y correosas alegando que en el pronóstico de la muerte estaba, p`recisamente, la emotividad de la Fiesta.. Censuró, en un principio, con acritud y destemplado tremendismo el periodismo promotor de festejos y de toreros, encabezada en aquella época por el periodista republicano Gonzálo Carvajal. Fue líder en Madrid del famoso Tendido Siete, grupo de aficionados que cuestiona cuanto ocurre en la arena de la Plaza de Las Ventas. Este grupo terminó echando al propio Navalón de la plaza. Buena pluma con su castellano llano y exacto, ofensivo de palabra cruel en sus reseñas, conocedor de la técnica del toreo y entendido en materia de ganaderías, Alfonso Navalón sufrió muchas agresiones por parte de toreros, terminó a puñetazos muchas de sus ofensivas reseñas. Vino a Venezuela invitado por el diario Frontera de Mérida, y asistió a una Feria del Sol. En el Hotel Park de la Ciudad de los Caballeros fue agredido por José Mari y Pedro Manzanares, provocando un escándalo mayúsculo en lo que era una naciente feria taurina. Más tarde, en su reseña desde España, se entretuvo en denostar de la ciudad y sus habitantes. Lo mismo hizo en Valencia, donde grupos de hispanófilos le abrieron la calle real para que transitara con su destemplada agresividad a sus anchas. Fue invitado a la Plaza Monumental para que presenciara una corrida de toros. Más tarde, y desde España, escribió horrores de los aficionados del Cabriales, de su plaza y de la ganadería que se ufana de su valencianismo. A Navalón lo conocimos en Bilbao, y junto a él compartimos la Semana Grande o Ezchegangucia. Luego, muchas veces, coincidimos en tertulias públicas en Madrid, Salamanca y Sevilla. Vivimos juntos los últimos días de la grandeza de Antoñete, junto a Navalón y otros taurinos como Pepe Dominguín. Nos consta que gozaba agrediendo, ofendiendo y maltratando a aquellos que creían en él. Su aporte a la fiesta fue un gran libro ganadero, Viaje a los toros del sol, editado a inicios del decenio de los setenta, donde narra en espléndida prosa la vida de los más importantes encastes de la cabaña brava de aquella época. No vacilo en señalar que su estilo fue un mal ejemplo para muchos críticos, que penosamente constataron que segundas partes nunca fueron buenas. Sus restos fueron sepultados ayer en la villa salmantina de Fuentes de Oñoro a las ocho de la noche. Que su espíritu encuentre la paz. www.alostoros.net |