OPINIÓN - En memoria Por: Jorge Arturo Díaz Reyes , Colombia Domingo, Agosto 28, 2005 15:33:00 Hora GMT
--Bilbao, con los muy serios y polifacéticos victorinos, ha proclamando un vez más (por satélite), que la Fiesta existe, y que aun los transformistas no le han cambiado el sexo-- pensaba yo frente a la pantalla viendo penar al Cid con el último, cuando llamó "El Gallego": -Acaba de morir Navalon-
Cali (Col.).- Sorprendido, le perdí la cara al toro, sentí pesar, por muchas cosas, más por el toreo, y mi memoria voló al pasado 23 de mayo en Las Ventas. La última vez que hablé con él. Era "la corrida de las figuras", terminaba la tarde, y para evitar el alud de público, bajamos antes del palco de prensa, con"Loperita". Navalon miraba el final por televisión, en un bar del primer piso -Es un asco- dijo. Lo recuerdo muy bien. Cambiamos un par de frases y, sin sospecharlo, nos despedimos para siempre.
Desde que supe de él, lo escuché y lo leí con deleite, porque sabía decir, porque sabía escribir, porque sabía de toros, porque sabía ser sincero, porque tenía gracia, porque amaba la fiesta, porque la criticaba, porque era independiente y sobre todo porque era valiente.
No fuimos amigos, tampoco enemigos. No creo en que todos los muertos son buenos, ni en que hay que callarse las opiniones ante las tumbas, menos cuando la tumba es la de un hombre público. Por eso ahora quiero ante la suya dar la mía, con la licencia que me concedió él mismo, alguna vez que le pregunté porque no detenía su pluma frente a la vida privada de sus criticados -Porque los hombre públicos, son públicos-- contestó.
Lo primero que se me ocurre decir ahora es que Navalon fue, dentro de la fiesta, un contestatario indispensable, que anduvo siempre pisándole los terrenos al poder, encunado con él, señalándole sus abusos y cantándole sus verdades, aunque para ello tuviese que llegar a la crueldad , la amargura y hasta el cinismo. Raza de Quijote. Raza de torero.
Como era inevitable, repartiendo mandobles en defensa de una concepción canónica de la tauromaquia, se fue quedando solo, o casi solo. Sus razones (muchas), su talento literario y su conocimiento profundo no le libraron del ostracismo periodístico. Al contrario. Tribuna de Salamanca fue la última trinchera que perdió, no mucho antes de su muerte. Todos saben porqué.
Afortunadamente, ya el Internet hace más difícil callar a un hombre. Ahí queda su portal, quedan sus páginas y queda su historia. Él fue quien llevó a Joaquín Vidal a la crónica taurina y eso por sí solo le justificaría. Entre ambos y cada uno por su lado llenaron y le dieron brillo a una era única en el escribir de toros, y al final, cuando "su descubrimiento" moría, él, que tan pocas admiraciones personales concedió, tituló un crónica plena de lealtad: "Después de Vidal ¡el diluvio!".
Es natural que los mismos que se alegraron por la muerte del uno lo hicieran por la muerte del otro, pero la historia les absolverá, como absolverá también a los del siete, a los de la andanada del ocho, a esos que acusaba públicamente como responsables de que la Fiesta no hubiese muerto aun en Madrid (y en el mundo), y como absolverá con ellos a todos los aficionados desperdigados por la geografía y satanizados como fundamentalistas que hoy sufren esta nueva pérdida.
Humano, tuvo defectos y cayó en errores. Luchando contra el poder ajeno, abusó no pocas veces del propio, del que le conferían la imprenta, el micrófono la cámara. Las víctimas de tales extralimitaciones tendrán pleno derecho a su rencor. No lo discuto. Pero creo que al final el periodismo y la Fiesta le deben mucho más de lo que tendrían que cobrarle.
39939 tina, Comenta el 28 Agosto 2005 lo siguiente: "Ha sido tan sincero Navalón, que por eso tenía tantos enemigos. Y como me consideraba amiga de él,agradezco su nota. Es usted un Señor ..Hemos perdido a un hombre que amaba el mundo de los toros y que le preocupaba la podredumbre que la rodea. "
OPINIÓN - Pocos le echarán de menos Por: Mario Juárez , España Domingo, Agosto 28, 2005 07:48:00 Hora GMT
--lNo es ético hacer leña del árbol caído, ni tampoco se pretende. Sin embargo, el corazón y la conciencia se mueven a impulsos, los mismos que a uno le obligan a sentarse delante del ordenador y teclear estas líneas, que seguramente abrirán las carnes de muchos. Las primeras, las de dos grandes amigas mías, a las que quiero, a las que aprecio y que están pasando una noche y un día complicado.
Sin embargo, el ejercicio de esta profesión le exige a uno ser consecuente con su conciencia. Y afortunadamente puede hacerlo, porque trabajar en un medio donde la única línea editorial existente es la de la verdad por bandera y la de la dignidad y el amor a la Fiesta, es un lujo que no todos pueden permitirse. Y hacerlo además en un medio donde la libertad de expresión es un orgullo que lucimos a gala, y donde las corrientes se enfrentan como polos opuestos, le da a uno más moral para ponerse a escribir.
Personalmente, conocí poco a Navalón, por no decir nada. Fueron tres encuentros esporádicos en Madrid, después de los toros, con una caña de por medio. No hubo oportunidad pues de conocer al hombre, así que no hay reproche alguno para con él. Si conocí al profesional, al que he leído y escuchado. Para muchos idolatrado, los mensajes de sus partidarios ya hablan de que ha fallecido "el último crítico taurino" y que "la Fiesta debe sentir su pérdida", Navalón generó numerosos enemigos, especialmente entre los compañeros del gremio.
No seré yo quien defienda a nadie, porque aquí cada uno debe ser suficiente gallo como para velar por su corral. Sin embargo, tampoco podré manifestar admiración hipócrita (hiprocresía: Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan) por alguien que habitualmente y como norma tomó la costumbre de desprestigiar a los periodistas, acusándolos de prácticas nada honradas, cuando no faltando el respeto.
Elevado a la categoría de ídolo por muchos -quizá los que no sean capaces de distinguir entre un crítico o un periodista (aquél que hace periodismo)- para quien escribe Navalón acabó perjudicando a la Fiesta más que ayudándola, por mucho que denunciase -como muchos otros hacen ahora, aunque los tuertos no quieran verlo- sus corruptelas. Éste fue el mismo personaje que en un programa de televisión tiró por tierra el espectáculo que decía amar, el que reconoció públicamente que afeitaba sus toros -bonito ejemplo para denunciar el fraude- y el que ha utilizado el insulto personal para mantenerse profesionalmente.
Poca admiración puede general aquél que empleó el insulto y la mofa como enganche para cientos de seguidores. Aquél que, quizá porque los argumentos taurinos que criticaba y que habían sido su cantinela durante años, quedaron pasados de moda, quizá porque la gente ha evolucionado mucho más que la crítica en muchos años y, quizá, porque ya no hay escarnio público por hablar de homosexuales, aunque algunos sigan anclados en la España de pandereta.
No seré yo quien ponga en duda los conocimientos taurinos de alguien que demostró, con escritos y publicaciones, su sapiencia. Quizá le perdieron más las formas que el fondo, o quizá fue el argumento para mantenerse en la silla que adoraban sus fieles. Sin embargo, uno cree que nada de eso da derecho a un periodista a maltratar la intimidad de nadie, a utilizarla como arma arrojadiza y, lo que es peor, como argumento central de un relato sin punto y final.
Todo los extremos son malos. El contrapunto es bueno en la vida, y más en el periodismo, aunque siempre manteniendo el temple. Malo es tanta la hipocresía como el sesgo. Y por eso uno, que trabaja en un medio libre y plural, donde nadie se casa con nadie, necesitaba desahogarse esta noche, hacer pública una opinión que, no por personal, dejará de ser compartida por muchos. Los mismos que espero que, por respeto y dignidad, no hayan sido capaces de brindar por su desaparición, como a más de uno le habrán entrado ganas.
Respeto para el hombre. Cariño para los amigos que lo han perdido. Pero tranquilidad también con la conciencia de uno. Descanse en Paz.