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Miércoles, 31 de Agosto de 2005 Va por vd, maestro… y por ti, Rosa Guardado por David en el cibercafé a las 4:57 pm El otro día murió Alfonso Navalón. No podía la necrológica, como género periodístico y producto de esa casta que tenía el poder sobre la puerta de la info, dejar de filtrar la envidia, la mezquindad, el lamentable discurso de quien “no tiene más remedio que reconocer” la brillantez del otro tras largo tiempo de hacer el vacío. El otro día murió Alfonso Navalón. No podía la necrológica, como género periodístico y producto de esa casta que tenía el poder sobre la puerta de la info, dejar de filtrar la envidia, la mezquindad, el lamentable discurso de quien “no tiene más remedio que reconocer” la brillantez del otro tras largo tiempo de hacer el vacío. Escribe El País (y la falta de respeto al muerto se extiende a los lectores que deben pagar por leerlo): Alfonso Navalón Grande (Huelva, 1933) ha muerto en Salamanca, el pasado 27 de agosto, víctima de un cáncer de pulmón. Seguramente se trata del crítico taurino español más discutido. Desde muy joven, apenas adolescente, sintió que escribir era algo que necesitaba apasionadamente y es probable que fuese en La voz de Miróbriga donde apareció su nombre por primera vez al final de un artículo. Textos, los de aquella época primeriza, atiborrados de romanticismo y de trenzas rubias, amores de adolescente y susurros ante una puesta de sol en las murallas de Ciudad Rodrigo (Salamanca). Inició en Salamanca estudios de Derecho, carrera que abandonó en los primeros cursos porque le atraían las clases de Tierno Galván, sí, pero mucho más la pandereta de la tuna, cortejar guapas muchachas y torear en el campo. En la capital, fue en El Adelanto donde publicó por primera vez pero de toros no lo hizo hasta 1964 en El Ruedo debutando, como puede verse, en la primera revista taurina española. Además de en El Ruedo, Alfonso Navalón ha dejado huella de su quehacer como crítico taurino en diferentes diarios, todos de Madrid, como los desaparecidos, Informaciones, Pueblo y Diario 16. Él siempre sintió una especial debilidad por Informaciones aunque “pagaban muy poco”. Periódicos muy azules los que vivió en su trayectoria, cosa que choca un poco porque Navalón aprovechaba cualquier oportunidad para declararse rojo y republicano. Y si no la había, lo hacía igualmente si creía que así iba a provocar el escándalo de alguien. Extraordinario conocedor del toro en el campo, de todas las operaciones camperas que la crianza que el toro de lidia conlleva y dueño de una pluma ágil, brillante y amena, escribió hace más de 20 años un libro titulado Viaje a los toros del sol (ahora reeditado), en torno a diferentes ganaderías, muchas de ellas desaparecidas actualmente. Fue torero práctico y actuó en numerosos festivales alternando con los principales espadas del momento. Su estilo como crítico tuvo el brillo de quien sabe tras lo que se anda y, además, lo sabe contar con estilo. Abusó del sarcasmo y del ataque personal y directo, por lo que pisó más de un juzgado y sufrió la agresión (nunca justificada) de alguna cuadrilla estimulada por el matador. Ello le granjeó una tremenda popularidad a la par que odios furibundos que manejó, aquélla y éstos, engrandeciendo los dos sentimientos. Vivió una larga y triunfal etapa viajando a América, dando coloquios en las principales ferias y en los mejores locales, con llenos a reventar, y fue el crítico mejor pagado, cosa que, en realidad, no es mucho decir considerando que en este oficio nadie se compra una manzana de casas en el centro de Madrid. Aficionado a las antigüedades, fue adquiriendo diferentes e interesantes piezas que más tarde, por avatares de la vida, desaparecieron de la suya. Disfrutó de apasionados entusiastas y, al mismo tiempo y quizá en mayor número, de enemigos acérrimos, con los que decía divertirse porque, aseguraba, todos fueron “tontos”. Salmantino enamorado de su tierra (por encima de su circunstancial nacimiento en Huelva) y lejanos los tiempos de gloria, aunque no su rescoldo, volvió a escribir en los periódicos locales El Adelanto y Tribuna. Inactivo durante los últimos tres años, estaba prevista su reaparición en el periódico centenario de Salamanca. Ha muerto un crítico taurino singular y, desde luego, un personaje público.- Dense cuenta de todo lo que no dice y de todo lo que se escapa sin querer decir: Alfonso Navalón disfrutó de la vida, intelectual y emocionalmente, fue un hombre enamoradizo y correspondido, culto y hedonista, valiente hasta la osadía, que nunca pensó lo que los otros pensaban que tenía que pensar… Y se lo hicieron pagar. Al que escribe se le nota la envidia propia del que no ha gozado de la aceptación de “trenzas rubias” y “muchachas bonitas” (¿eran tan importantes en la necrológica?), el rencor del que no ha tenido la bravura de levantar voz y frente cuando el poder o la malicia miraban de reojo. Rosa, discípula, heredera de carácter y brillantez le escribe la otra necrológica, la de verdad, la merecida. Léanla. También David pone justicia adjetiva donde los otros ponen envidia. Ambos son periodistas, de título y de profesión. Pero antes que nada son buena gente. Algo, fácil de olvidar en un gremio donde la palabra pública se monopoliza con naturalidad y la mezquindad personal ocupa con facilidad el lugar del criterio. Va por vd maestro, y por ti Rosa. “Va por vd, maestro… y por ti, Rosa” inspiró 2 haikus a los nobles samurais ...y en este mismo lugar dejaron escrito Haiku enviado por Sócrates2005 el 31/08/05 a las 5:32 pm Totalmente de acuerdo contigo, David. Los que le queríamos lo hemos sentido tan profundo que nos cuesta hablar, por eso os agradecemos lo que habeis dicho a los que tenéis pluma fácil y capacidad para decir lo que otros pensamos. El artículo de Rosa me ha hecho sentir una emoción pocas veces vivida, (un par de lagrimones corrieno por mis mejillas, lo confieso, ya ves, yo, que alardeo de ser fuerte en las emociones). Yo conparo a Alfonso con Sócrates y su época: los sofistas pululando alrededor de la basura política,con el único fin de medrar y disfrutar de halagos y méritos fátuos, tratando de quitarse de enmedio al tábano que les incordia con la verdad. Sócrates asume su momento final y manda al esclavo que le prepare la cicuta, mientras los doscípulos y amigos lloran la inminente pérdida, él se despide de ellos con la tranquilidad del sabio y la satisfación del deber cumplido.
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