|
UN ABRAZO, ALFONSO Me dio mucha pena que en Madrid, el domingo, al terminar el paseíllo, cuadrillas y público no guardaran un minuto de silencio por él. Poco importa, no obstante, puesto que Alfonso Navalón ya estará en el país de los toros del Sol. A este último viaje que ha emprendido por sorpresa -al menos, para quienes esperábamos el próximo mayo una reedición de sus coloquios isidriles, que han resultado ser los postreros- le va un fondo de tangos portugueses o extremeños, y el calor y la luz de una candela prendida en la frontera, en tierra de nadie, que es donde se dirimen los pleitos con uno mismo. La primera vez que le vi -¡ya ha llovido!- fue en unas enconadas tertulias organizadas en un bar de la calle de Joaquín María López. Llegó tarde, de madrugada. Se aflojó el nudo de la corbata, se metió de un trago en el cuerpo un café bien negro, y dio la orden de zarpar: -¡Poned el vídeo! Y empezó el cañoneo. Alfonso Navalón, decíamos, ya estará fumando en el país de los toros del Sol, dioses de los que se crían y lidian a este lado del espejo. Debe ser un gusto poder, allí, ver a Cagancho perfilándose para cobrar una estocada echando a los hocicos de uno de ellos, de la ganadería del Preste Juan, los vuelos de su muleta siempre oliendo a Ganges. Espero que, hasta esa dehesa sin cercar, le llegue el abrazo que le mando. Y quizá, ahora, sea una siguiriya lo que pegue… Joaquín Albaicín Calle de la Princesa, 29 de Agosto de 2005
|